La mujer de los dulces - Ejercicio en clase
En casa vive una mujer delgada, de cabello largo y crespo. Ríe muy alto, aunque muchas veces no sé por qué. Quien la viera de lejos no notaría su edad real. Desde que dejó de trabajar el año pasado en las oficinas del gobierno distrital como asistente, permanece la mayor parte del tiempo se la pasa encerrada en la habitación que alquila y solo sale a hacer aseo, pues es obsesiva por la limpieza.
Todas las noches habla con su madre que vive en el Valle y puede durar bastante tiempo en ese ejercicio. También conversa con su hijo y con su nieta de cuatro años. Es allí que mientras uno está estudiando o viendo la televisión, se escucha su risa. después sale de la habitación al baño vestida con una enorme pijama de algodón, porque a pesar de haber vivido tantos años en Bogotá, nunca le ha gustado el frío citadino.
Los domingos sale a misa de doce hasta una iglesia ubicada a media hora de la casa. Se arregla muy bien para este rito y vuelve tarde en la noche porque después se queda con alguna de sus amigas o va a San Victorino a comprar ropa que vende a través de sus estados de Whatsapp.
Aunque ya no trabaja en las mencionadas oficinas, a veces va a vender dulces típicos del Valle: tarros de cortado y manjar blanco que recibe por encargo en una caja enorme. Siempre nos deja uno o dos a los que vivimos en la casa para que los disfrutemos también. Es una excusa para verse de nuevo con las amistades que dejó allí y adelantarse de chismes.
Todas las noches habla con su madre que vive en el Valle y puede durar bastante tiempo en ese ejercicio. También conversa con su hijo y con su nieta de cuatro años. Es allí que mientras uno está estudiando o viendo la televisión, se escucha su risa. después sale de la habitación al baño vestida con una enorme pijama de algodón, porque a pesar de haber vivido tantos años en Bogotá, nunca le ha gustado el frío citadino.
Los domingos sale a misa de doce hasta una iglesia ubicada a media hora de la casa. Se arregla muy bien para este rito y vuelve tarde en la noche porque después se queda con alguna de sus amigas o va a San Victorino a comprar ropa que vende a través de sus estados de Whatsapp.
Aunque ya no trabaja en las mencionadas oficinas, a veces va a vender dulces típicos del Valle: tarros de cortado y manjar blanco que recibe por encargo en una caja enorme. Siempre nos deja uno o dos a los que vivimos en la casa para que los disfrutemos también. Es una excusa para verse de nuevo con las amistades que dejó allí y adelantarse de chismes.
Curiosamente, otro de los habitantes de la casa también ingresó a trabajar allí hace poco, así que algunas veces, cuando se cruzan en la cocina, es ella quien le comenta qué hizo y qué no hizo uno u otro empleado, o le manifiesta qué ha hecho y qué dejó de hacer algún directivo. Él también le dice que preguntan por ella, por sus dulces y que la esperan para comprarle más, pero también quieren saber por su nieta, por su hijo y su madre, a quienes en algún momento presentó mientras trabajaba allí.
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