La Orden Nacional
El capitán Toribio está a punto de salir de su oficina para al fin verse con su querida Susana en un restaurante de comida peruana cuando recibe una llamada a su teléfono privado. Piensa que seguro es uno de sus subalternos reportándole algún informe de cierre de turno.
-Diga.
-Soy Cóquili Rojo. Leni Cuper va a asesinar a la parlamentaria Maye el lunes en un restaurante.
La llamada termina y al capitán solo le toma cinco segundos reaccionar. Llama con un grito al detective Torres, mientras guarda una cajita que tenía en su bolsillo en el cajón de su escritorio. Esa llamada le recuerda amargamente que primero está su deber.
Solo bastan unos minutos y los agentes ya tienen todo contextualizado. De acuerdo a sus archivos, Cóquili Rojo es el alias de un miembro de la Orden Nacional que pasa de vez en cuando información a ciertos miembros de la policía. La Orden es un grupo radical de extrema derecha no reconocido del Partido Tradicionalista, pero que por lo regular es asociado a ese grupo político que conduce el gobierno.
Por otra parte, Leni Cuper es un joven de 22 años, uno de los miembros más populares de la Orden, quien ha sido demandado varias veces por sus agresivos discursos que incitan al odio racial, y la parlamentaria Maye Vocali es una líder progresista que se encuentra encabezando varios proyectos encaminados a la visibilización de derechos para comunidades minoritarias.
El detective Torres, que ha realizado el seguimiento de los casos de Cuper, se comunica con la parlamentaria, que le confirma que, efectivamente, tiene agendado un almuerzo en dos días con algunos animalistas y agrega que esa reunión solo la tiene en su agenda privada, pues ni siquiera se les ha avisado del lugar a los invitados.
Mientras tanto, el capitán encuentra que tras el último arresto a Cuper, por parte del detective, ya ha sido puesto en libertad bajo fianza. Los agentes acuerdan que deben interrogar a Cóquili para que su testimonio pueda ser usado contra Cuper y encerrarlo por un buen tiempo, pero Torres se pone un poco reacio. Aunque ha tenido encuentros con él, prometió no descubrirlo para que su vida no corriera peligro, sin embargo, piensa igual que el capitán y dice de manera serena: “Ha llegado el momento”.
Más tarde, el detective entra a un pequeño bar en el que suena rock a todo volumen, se sienta en la barra y toma una cerveza. Antes de terminarla por completo, le susurra un mensaje a una bella mesera y se va. Al día siguiente, en la tarde, se sienta en una banca del parque. Allí llega un hombre más joven que él, pero mucho más grande. El detective le pide disculpas y un grupo de policías lo arresta y se lo lleva a la comisaría.
El capitán Toribio y el detective le ofrecen protección de testigos y llevarlo a un sitio seguro a cambio de su declaración, por el contrario, si decide no colaborar, enviará una foto de la videograbación conversando con ellos para distribuirla en la Orden Nacional. Ante la presión, Cóquili cede.
El espía les dice que se dejó convencer del descaro y la confianza de la Orden Nacional, además que sus miembros eran más o menos de su edad, mientras que otras organizaciones de la extrema derecha eran solo ancianos que bebían whisky, como el barón Meitrel, exparlamentario, exdirector y asesor del Partido Tradicionalista, supuesto fundador o financiador de la Orden, aunque nunca se ha podido comprobar.
Agrega que a pesar de que las autoridades habían prohibido esa organización, esta seguía funcionando y, amparada por la oscuridad, ahora tenía más libertad de reunirse para planear crímenes más atroces. El día anterior se reunieron en una estación abandonada del metro y Cuper se tomó la palabra como siempre, dijo que la policía seguía fastidiándolo y expuso su violento plan. Estaba determinado a realizar algo políticamente impactante: matar a la parlamentaria Maye, para lo que ya había comprado un machete.
Además, planeaba tomar rehenes en el restaurante, llamar al detective que estaba investigándolo y matarlo, al final se suicidaría lanzándose contra la policía con un falso chaleco explosivo. Cóquili estaba asustado porque no parecía sentir culpabilidad ni ninguna otra cosa.
Añade que ninguno de los que estaban alrededor frenaron a Cuper, sino que al contrario le sugirieron que en vez de la parlamentaria, fuera contra la ministra del Interior o que disparara dentro de una sinagoga porque era lo de moda, pero Cuper estaba ya seguro de hacerlo, pues de buena fuente sabía que la encontraría allí.
Por último, el joven dice que no quería implicarse en el asesinato de nadie, ni seguir en un grupo involucrado en matar personas. Hace tiempo estaba desilusionado y pensó en abandonar la organización, pero no podía salir de allí, pues quienes tomaban esa decisión desaparecían en extrañas circunstancias. Al terminar su encuentro, Cuper le dio un abrazo y le dijo que lo más probable es que no se verían de nuevo. Luego se dirigió a un teléfono público y dio el aviso.
Con el testimonio, el detective Torres y el capitán Toribio consiguen una orden de allanamiento. Llegan en un convoy a la casa de Cuper en la que está cenando con sus padres. Al detective le llama la atención algunas fotos de su graduación junto al barón Meitrel. Al cuestionar a los padres, descubre que es su padrino y que financió sus estudios. De repente su infalible intuición le hace pensar que probablemente él pagó su fianza y quizás fue el que le dio la información de la parlamentaria. Minutos después encuentran el machete escondido en un armario. De esta manera, Cuper es arrestado.
En los tribunales, Cuper acepta los cargos con total desvergüenza, pero niega hacer parte de la Orden Nacional, pues es una organización que no existe, así como tener alguna relación con el barón Meitrel, que ocasiona más polémica en los medios por solo decir su nombre.
La noche antes de la sentencia, el capitán Toribio está esperando el postre en el restaurante peruano con su querida Susana, que se encuentra feliz viendo su nuevo anillo en el dedo. Al fondo, divisa al barón Meitrel que bebe un vaso de whisky, luego recibe una llamada en su teléfono personal y tras una muy breve llamada cuelga, justo para encontrar su mirada con la del capitán y sonreír. Unos minutos después, Toribio recibe una llamada del detective Torres: Cuper se ha suicidado en su celda.
-Diga.
-Soy Cóquili Rojo. Leni Cuper va a asesinar a la parlamentaria Maye el lunes en un restaurante.
La llamada termina y al capitán solo le toma cinco segundos reaccionar. Llama con un grito al detective Torres, mientras guarda una cajita que tenía en su bolsillo en el cajón de su escritorio. Esa llamada le recuerda amargamente que primero está su deber.
Solo bastan unos minutos y los agentes ya tienen todo contextualizado. De acuerdo a sus archivos, Cóquili Rojo es el alias de un miembro de la Orden Nacional que pasa de vez en cuando información a ciertos miembros de la policía. La Orden es un grupo radical de extrema derecha no reconocido del Partido Tradicionalista, pero que por lo regular es asociado a ese grupo político que conduce el gobierno.
Por otra parte, Leni Cuper es un joven de 22 años, uno de los miembros más populares de la Orden, quien ha sido demandado varias veces por sus agresivos discursos que incitan al odio racial, y la parlamentaria Maye Vocali es una líder progresista que se encuentra encabezando varios proyectos encaminados a la visibilización de derechos para comunidades minoritarias.
El detective Torres, que ha realizado el seguimiento de los casos de Cuper, se comunica con la parlamentaria, que le confirma que, efectivamente, tiene agendado un almuerzo en dos días con algunos animalistas y agrega que esa reunión solo la tiene en su agenda privada, pues ni siquiera se les ha avisado del lugar a los invitados.
Mientras tanto, el capitán encuentra que tras el último arresto a Cuper, por parte del detective, ya ha sido puesto en libertad bajo fianza. Los agentes acuerdan que deben interrogar a Cóquili para que su testimonio pueda ser usado contra Cuper y encerrarlo por un buen tiempo, pero Torres se pone un poco reacio. Aunque ha tenido encuentros con él, prometió no descubrirlo para que su vida no corriera peligro, sin embargo, piensa igual que el capitán y dice de manera serena: “Ha llegado el momento”.
Más tarde, el detective entra a un pequeño bar en el que suena rock a todo volumen, se sienta en la barra y toma una cerveza. Antes de terminarla por completo, le susurra un mensaje a una bella mesera y se va. Al día siguiente, en la tarde, se sienta en una banca del parque. Allí llega un hombre más joven que él, pero mucho más grande. El detective le pide disculpas y un grupo de policías lo arresta y se lo lleva a la comisaría.
El capitán Toribio y el detective le ofrecen protección de testigos y llevarlo a un sitio seguro a cambio de su declaración, por el contrario, si decide no colaborar, enviará una foto de la videograbación conversando con ellos para distribuirla en la Orden Nacional. Ante la presión, Cóquili cede.
El espía les dice que se dejó convencer del descaro y la confianza de la Orden Nacional, además que sus miembros eran más o menos de su edad, mientras que otras organizaciones de la extrema derecha eran solo ancianos que bebían whisky, como el barón Meitrel, exparlamentario, exdirector y asesor del Partido Tradicionalista, supuesto fundador o financiador de la Orden, aunque nunca se ha podido comprobar.
Agrega que a pesar de que las autoridades habían prohibido esa organización, esta seguía funcionando y, amparada por la oscuridad, ahora tenía más libertad de reunirse para planear crímenes más atroces. El día anterior se reunieron en una estación abandonada del metro y Cuper se tomó la palabra como siempre, dijo que la policía seguía fastidiándolo y expuso su violento plan. Estaba determinado a realizar algo políticamente impactante: matar a la parlamentaria Maye, para lo que ya había comprado un machete.
Además, planeaba tomar rehenes en el restaurante, llamar al detective que estaba investigándolo y matarlo, al final se suicidaría lanzándose contra la policía con un falso chaleco explosivo. Cóquili estaba asustado porque no parecía sentir culpabilidad ni ninguna otra cosa.
Añade que ninguno de los que estaban alrededor frenaron a Cuper, sino que al contrario le sugirieron que en vez de la parlamentaria, fuera contra la ministra del Interior o que disparara dentro de una sinagoga porque era lo de moda, pero Cuper estaba ya seguro de hacerlo, pues de buena fuente sabía que la encontraría allí.
Por último, el joven dice que no quería implicarse en el asesinato de nadie, ni seguir en un grupo involucrado en matar personas. Hace tiempo estaba desilusionado y pensó en abandonar la organización, pero no podía salir de allí, pues quienes tomaban esa decisión desaparecían en extrañas circunstancias. Al terminar su encuentro, Cuper le dio un abrazo y le dijo que lo más probable es que no se verían de nuevo. Luego se dirigió a un teléfono público y dio el aviso.
Con el testimonio, el detective Torres y el capitán Toribio consiguen una orden de allanamiento. Llegan en un convoy a la casa de Cuper en la que está cenando con sus padres. Al detective le llama la atención algunas fotos de su graduación junto al barón Meitrel. Al cuestionar a los padres, descubre que es su padrino y que financió sus estudios. De repente su infalible intuición le hace pensar que probablemente él pagó su fianza y quizás fue el que le dio la información de la parlamentaria. Minutos después encuentran el machete escondido en un armario. De esta manera, Cuper es arrestado.
En los tribunales, Cuper acepta los cargos con total desvergüenza, pero niega hacer parte de la Orden Nacional, pues es una organización que no existe, así como tener alguna relación con el barón Meitrel, que ocasiona más polémica en los medios por solo decir su nombre.
La noche antes de la sentencia, el capitán Toribio está esperando el postre en el restaurante peruano con su querida Susana, que se encuentra feliz viendo su nuevo anillo en el dedo. Al fondo, divisa al barón Meitrel que bebe un vaso de whisky, luego recibe una llamada en su teléfono personal y tras una muy breve llamada cuelga, justo para encontrar su mirada con la del capitán y sonreír. Unos minutos después, Toribio recibe una llamada del detective Torres: Cuper se ha suicidado en su celda.

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