El gran rojo y el desgraciado
Han atropellado a un desgraciado, pero lo ignoro y caigo en la trampa. Voy de pie pensando que podía descansar hasta mi destino. Supuestamente los buses ahora son más grandes y por lo tanto van más desocupados, pero no es así. No a esta hora.
Agarrado bien duro para no caerme cuando frene, entre dos tubos que van del suelo a la altura de mi cabeza, observo a la pareja frente a mí. Él parece muy grande para ella, y ella muy vulgar para él. Él tiene unas copias en la mano aparentando estudiar los verbos irregulares en inglés mientras conversan trivialidades obscenas y cursis. A la hora de despedirse se besan por casi cinco minutos, como si no se volvieran a ver nunca. Él se baja en la Calle 45, ella lo hará más adelante en la Calle 72.
La voz automática con acento paisa anuncia la hora mientras que el recorrido se hace más denso. Por la ventana se va oscureciendo el panorama y se observa el crecimiento del trancón que para algunos es típico, pero para otros es inusual.
Las noticias en la radio se contradicen. La fuente oficial advierte que es lo normal a esa hora. Los amantes de la tecnología móvil les responden en sus redes que no lo es, como si creyeran que les prestarán atención. La razón se ve decenas de calles más adelante: sirenas de ambulancia, policías de tránsito. “Han atropellado a un desgraciado”, murmuran. Una señora le dice a su compañera de puesto con total seguridad que desde que se murió el zar esmeraldero están matando a todos. Un joven afirma que se iba a colar y varios más susurran cientos de hipótesis sin fundamento. Los demás se pierden en sus sueños, en la música, en las lecturas.
El esplendor del trancón del sistema más rápido de transporte de la última década llega a la Calle 63. Son casi veinte minutos en los que el bus apenas se mueve. La mujer de atrás, como si hablara con el conductor, sólo se pregunta de manera resignada que por qué va tan lento, como si aquello de alguna manera aliviara esa espesa congestión.
Unos minutos después, el cambio es radical. El bus sale del trancón. Las suposiciones mueren como quizás le pasó al atropellado. Dos o tres paradas y el bus se ha vaciado tanto que ya no hay personas de pie. Un par de chicas se han sentado juntas y van burlándose a viva voz de su otro compañero que no ha podido tomar un taxi y que ha tenido que entrar por ellas al sistema, que él no usa porque se pierde. El mismo grupo se baja cerca de la calle 127.
Llego a mi destino con más de cuarenta minutos de diferencia tomando como referencia el mismo viaje a la inversa. No importa, a mí no me afecta ni a nadie, ya nos hemos acostumbrado a este contexto, haciendo parte de nuestra vida dentro del sistema masivo, la que se queja de todos los problemas habidos y por haber, y otra que ignora todo cuando salimos. Exceptuando a la mujer que escuché quejarse, no oí a nadie más. Se ha olvidado el trancón, el evento, las personas de pie, la incomodidad, los vendedores ambulantes, los cantantes malos y los ladrones. Al menos hasta que se vuelva a ingresar.
Agarrado bien duro para no caerme cuando frene, entre dos tubos que van del suelo a la altura de mi cabeza, observo a la pareja frente a mí. Él parece muy grande para ella, y ella muy vulgar para él. Él tiene unas copias en la mano aparentando estudiar los verbos irregulares en inglés mientras conversan trivialidades obscenas y cursis. A la hora de despedirse se besan por casi cinco minutos, como si no se volvieran a ver nunca. Él se baja en la Calle 45, ella lo hará más adelante en la Calle 72.
La voz automática con acento paisa anuncia la hora mientras que el recorrido se hace más denso. Por la ventana se va oscureciendo el panorama y se observa el crecimiento del trancón que para algunos es típico, pero para otros es inusual.
Las noticias en la radio se contradicen. La fuente oficial advierte que es lo normal a esa hora. Los amantes de la tecnología móvil les responden en sus redes que no lo es, como si creyeran que les prestarán atención. La razón se ve decenas de calles más adelante: sirenas de ambulancia, policías de tránsito. “Han atropellado a un desgraciado”, murmuran. Una señora le dice a su compañera de puesto con total seguridad que desde que se murió el zar esmeraldero están matando a todos. Un joven afirma que se iba a colar y varios más susurran cientos de hipótesis sin fundamento. Los demás se pierden en sus sueños, en la música, en las lecturas.
El esplendor del trancón del sistema más rápido de transporte de la última década llega a la Calle 63. Son casi veinte minutos en los que el bus apenas se mueve. La mujer de atrás, como si hablara con el conductor, sólo se pregunta de manera resignada que por qué va tan lento, como si aquello de alguna manera aliviara esa espesa congestión.
Unos minutos después, el cambio es radical. El bus sale del trancón. Las suposiciones mueren como quizás le pasó al atropellado. Dos o tres paradas y el bus se ha vaciado tanto que ya no hay personas de pie. Un par de chicas se han sentado juntas y van burlándose a viva voz de su otro compañero que no ha podido tomar un taxi y que ha tenido que entrar por ellas al sistema, que él no usa porque se pierde. El mismo grupo se baja cerca de la calle 127.
Llego a mi destino con más de cuarenta minutos de diferencia tomando como referencia el mismo viaje a la inversa. No importa, a mí no me afecta ni a nadie, ya nos hemos acostumbrado a este contexto, haciendo parte de nuestra vida dentro del sistema masivo, la que se queja de todos los problemas habidos y por haber, y otra que ignora todo cuando salimos. Exceptuando a la mujer que escuché quejarse, no oí a nadie más. Se ha olvidado el trancón, el evento, las personas de pie, la incomodidad, los vendedores ambulantes, los cantantes malos y los ladrones. Al menos hasta que se vuelva a ingresar.

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