El cuerpo de San Martín - parte 5

Pamela se levantó de golpe mientras la conversación ya se había convertido en la anécdota del capitán sobre los tres perros que tuvo en su infancia, los que había recogido porque simplemente le fascinaban. Los dos hombres se detuvieron también.
-       En vista de que el señor Dajat no puede ayudarnos mucho más, es hora de entrevistar a su empleada para irnos ya.
-       No sabía que Ana supiera algo, pero estoy seguro que con gusto les dirá algo con paciencia. Es un poco tímida – respondió Dajat.

El capitán Saverino le pidió que se sentara en el sillón en el que estuvo antes, mientras Pamela caminaba de lado a lado.
-       Señorita, por favor nos puede decir qué sabe.
-       Eh, anoche vi… por esa ventana… luego de apagar la luz de esta habitación.

Pamela se situó en la ventana señalada, afuera se veía la calle de los jubilados en su desorden festivo. También los distintos negocios con borrachos aún bebiendo sentados en las sillas, unos cantando, otros tocando el bandoneón, algunas parejas bailando donde querían.

Todo era muy parecido a ese día en el que su madre la tenía de la mano mientras lloraba, y le decía muy ofendida que lo peor eran los argentinos, que no sabía cómo se había metido en ese barrio, a esa calle, pero que le prometiera que no lo volviera a hacer, y que no cometiera los mismos errores que ella cometió.
-       ¡Eso es impresionante! – dijo el Capitán, sacándola de sus recuerdos.
-       ¿Qué dijo? Lo siento, me pareció ver algo.
-       Que anoche hubo duelo en el bodegón del Cacho San Martín – le respondió – Eso solo sucede cuando muere un remanyao escabiador.
-       ¿Eso qué significa? – preguntó la detective.
-       Murió un conocido bebedor, seguramente – respondió Dajat.
-       Vi que… en el mistongo convoy… donde el pobre era velado… había varios curdas jubilados… trajeron enseguida un  cajón… lo acariciaban y lagrimeaban apenados…
-       …mientras tanto empinaban el semillón – terminó el Capitán.
-       ¿Qué quieres decir, Saverino?
-       Es una tradición – respondió Dajat – Cuando muere un bebedor de esa categoría, de inmediato es velado en el lugar que sucede, tiene algo que ver con la suerte del lugar y con el alma de las personas. Tiempo atrás incluso se les amortajaba, pero hoy naturalmente está prohibido, sin embargo, aún hoy los bebedores lo mantienen en secreto y llaman a la policía hasta la mañana.
-       Tal cual, profesor. Pero no me han comunicado reportes de ese tipo de incidentes hoy.
-       Capitán, el cuerpo de quien sea puede estar en ese lugar. Vamos inmediatamente.
-       La yuta apareció… a las siete menos cuarto… – intervino Ana.
-       Seguro en una operación rutinaria de visita – dijo Saverino – Detective, nosotros nos vimos a eso de las siete y treinta, probablemente no encontraremos nada.
-       Tengo una sensación.
-       Pues entonces vamos.

La detective apenas hizo un gesto para despedirse, mientras el capitán le estrechó las manos a Dajat y le prometió visitarlo próximamente para continuar conversando al calor de un fernet, y de la misma manera se despidió de Ana.

Caminaron hasta el mencionado bodegón, en el que al igual que los otros, continuaban algunas personas celebrando las fiestas de la Virgen de Luján. Adentro seguía el cajón, pero estaba destrozado, con varias botellas vacías alrededor.
-       La cana de nuevo, ¿Qué sucede oficial? – dijo una mujer grande y presumida, pero igualmente bella y llena de curvas.
-       Investigamos una desaparición – dijo el capitán, mostrando su placa – ¿Cómo es su nombre?
-       Soy Vanesa Carmenarez, dueña de este bodegón.
-       Queremos confirmar si hubo un muerto esta noche – dijo la detective.
-       Lamentablemente, era una de nuestras clientes más habituales – respondió Vanesa sin ningún sentimentalismo.
-       ¿Era una mujer? – preguntó Pamela.
-       ¿Habitual? – cuestionó Saverino.
-       Sí, venía cada fin de semana a la misma hora, y se iba a la misma hora, antes de salir el sol. De eso hace casi dos años.
-       Es increíble. No creo que hable de la esposa de Aldemarino, la señorita Rúa – dijo Pamela.
-       Sí, ese era su nombre. No sabía que era casada, eso explica mucho. Siempre vino sola. Inicialmente venía de visita, pues tiene muchos amigos por aquí, pero luego empezó a quedarse a beber. Siempre sorprendió su habilidad para aguantar el licor, luego aprendió a tocar el bandoneón y finalmente acompañaba en versos de tango a los taitas mamertos.
-       Pero, ¿Dónde está… el cadáver?
-       No lo sé. Recuerdo que seguía aquí antes de irme a dormir.

Pamela y el capitán se miraron aún más sorprendidos, mientras Vanesa le daba un sorbo muy tranquila al mate.

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