El cuerpo de San Martín - parte 4

El carro rosado giró por una esquina según las indicaciones que el capitán daba entre sus anécdotas que ella evitaba escuchar. Ella sabía que no le importaba, pues aunque hacía preguntas sobre lo que decía, usualmente se respondía a sí mismo.

Al entrar en esa calle, las cosas cambiaron un poco: los autos estaban estacionados en cualquier parte, la música salía de todas partes, la calle estaba llena de basura y borrachos dormidos, y las decoraciones adornaban todo el desorden, aunque todavía colgaban banderillas blancas y celestes. La calle era recta y en bajada, y en los días claros se podía ver la ciudad al otro lado del cañón y el Alcázar en todo su esplendor.

Sin embargo, no era un día así, pero en el momento en que Pamela logró estacionarse, ella sí lo vio así y se vio a ella con seis años vestida con su trajecito rojo mientras su madre la tenía de la mano, la que lloraba tratando de salir de allí, de esa calle, de ese barrio.
-       ¿Estás bien? – preguntó el capitán Saverino.
-       Sí, es solo el desorden. Es insoportable.
-       Bueno… ya estamos aquí, Italia 2309, la Calle de los Jubilados. Casi todos aquí son personas mayores, dicen que son originarios de Argentina, incluso hablan mucho más enredado que el resto. No sé si alguna vez has estado aquí, es la calle más problemática del barrio, especialmente cuando hay feriados, como ayer. Ahí está el hotel en el que dijo Mélani que se hospeda el señor Taborda.
-       Quizás haya dejado alguna pista. Preguntemos si la maestra se hospedó con él.

Los policías se acercaron a la recepción y fueron recibidos por un hombre gordo, con una camiseta de tirantas, que bebía mate recostado en una silla de mimbre.
-       Uh, la yuta… yo solo estoy aquí escuchando mi cumbia y comiendo dulce de leche, ¿vitéh?
-       Más respeto, che. Estamos buscando a alguien. Nos informaron que Dajat Taborda se hospedó aquí, queríamos saber si…
-       ¿El profesor de la corte? ¡Sí, sí, sí! Siempre se hospeda aquí cuando viene, ¿vitéh? Ahora está arriba, en el 1230, con una mina.

El capitán y la detective se dirigieron inmediatamente a la habitación señalada y golpearon, anunciándose como la Policía de Tívecre. Efectivamente, una mujer joven les abrió. Ella se quedó mirándolos. Desde el fondo de la habitación, un hombre le pidió que los dejara seguir. Adentro está un hombre bastante entrado en años, delgado, calvo, pero con una trenza gris característica de los aborígenes de Sabernal.
-       Buenos días, soy el Capitán Saverino, ella es la detective Urra – mencionó el policía mientras ambos levantaron sus placas.
-       Señor, señorita, lamento no poder recibirles como merecen, apenas me puedo levantar. Por favor sepan disculparme, pero les pido que se sienten. Ella es Ana, mi asistente cuando vengo a Bonayre. Ana, por favor sé amable y trae esas sillas.

La chica no dijo nada e hizo lo que le pidió Dajat. Los policías se sentaron.
-     Por la cantidad de estrellas en sus placas, entiendo su rango, aunque es curioso que la placa de la detective sea más antigua. Noté algunos símbolos que solo están en la nueva versión de la imprenta.
-     Así es, fui ascendido hace varios meses, pero la detective decidió mantenerse en su cargo.
-     En realidad rechacé el puesto, pero eso no es de su incumbencia.
-     Por supuesto, detective, mil disculpas. Capitán, su apellido es de esta parte de la ciudad, ¿es usted tercera o cuarta generación?
-     Tercera generación, ¡es usted todo un mago!
-     Se sabe mucho con los apellidos. Por ejemplo, apuesto a que usted le puedo ofrecer mate, y a su compañera le gustará más el té.
-     ¡Así es! ¿Qué más me dice de ella? Su apellido es Urra…
-     No es de aquí, Urra suena a un dialecto de Sudamérica, ¿Chile, quizás?
-     ¡Capitán! ¡Señor Taborda! No estamos aquí por ese tema – dijo la detective – Estamos buscando a la señorita Rúa. Mélani, su estudiante, nos dijo que estuvieron reunidos ayer, que usted se marchó y luego que ella, al irse, le comentó que vendría a verlo a usted. La señorita no ha aparecido desde entonces.
-     Lamentablemente no vino, aunque ella siempre sabe que cuando estoy aquí es bienvenida, aun sin aviso, en especial cuando tiene problemas con el señor Luis, que personalmente me parecían evidentes. De todos modos nunca lo hizo, si tenían problemas nunca me lo dijo, tal vez sí era cierto que se complementaban. Pero no descarto que haya venido a esta calle, y en medio del desorden de ayer se haya puesto a beber licor. Eso sí lo temería.
-     ¿Por qué?
-     Consume antibióticos, y mezclar con licor la intoxicaría hasta la muerte.
-     ¿Hay boliches en esta calle?
-     No, eso sería algo novedoso. Los jubilados siguen bebiendo en esos enormes bodegones. ¿Sabe que es costumbre hacer matrimonios y funerales en esos lugares?
-     ¡Sí! Al abuelo de un amigo le pasó, su nombre era Benvenutto. Recuerdo que era julio y veníamos de un asado…

Pamela cruza las piernas, sabe que su visita se va a alargar. Ana se le acerca con el té y le dice en voz baja que ella vio algo que podría interesarle en su caso.

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