El cuerpo de San Martín - parte 3
El capitán es el primero en interrogarlo, llamándole la atención que su acento no pertenece al barrio argentino, a lo que él le dice que no lo ha adquirido porque no conversa con nadie, ni sale hace mucho tiempo de la casa. Pamela le pregunta si no teme por su seguridad, ya que no cuenta con vigilancia privada.
- Si me quieren matar, pueden entrar y hacerlo. Dudo que tenga algo más que aportar. Si quieren entrar y robar, pueden hacerlo. Nada me emocionaría más que se robaran un libro. O el piano. O lo que sea.
- Parece que nada lo emociona – dijo Pamela.
- Parece y no es lo que parece.
- ¡Detective! Señor Luis, venimos porque en la madrugada nos reportaron que su pareja no vino a dormir.
- En realidad debió seguir el procedimiento, esperar un día, llamar a sus familiares, yo que sé, usted no tiene corona.
- ¡Detective, mesura!
- Ella tiene razón, capitán. Sin embargo, debo reconocer que no es natural que Rúa haga eso. Después de que conversó con… con ese caballero, Taborda…
- ¿El Primer Ministro? – dijo la detective.
- Evite interrumpirme. No es él, en todo caso. Es el historiador de la corte. Primero se marchó él, luego la estudiante que trae a casa y luego se fue ella, cerca de las seis. No regresó. Y tengo esta horrible sensación.
- Señor Luis, es una pregunta obvia, pero a dónde cree que pudo ir ido.
- Entre semana solo va a la universidad, los fines de semana visita algún museo o un centro comercial. El resto del tiempo, trabaja en casa y me hace compañía. No sé si tiene amigos.
- ¿A qué se dedica ella?
- Es usted la detective, ¿no es así? Si me permiten, esta conversación me aburre. Iré a tomar algo de té en el jardín. Ya conocen la salida.
Pamela iba a responderle, cuando volvió a sentir que la miraba el gato, esta vez estaba sobre el piano. Ella contestó por el capitán, diciendo que también se iban. Caminaban por la entrada y vieron que de un bus se bajaba una chica, con dirección a la casa. La detective la reconoció de inmediato.
- Mélani del Pilar.
- Detective, no recuerdo su nombre.
- ¿Se conocen? – preguntó el capitán.
- Algo así. ¿Qué hace aquí?
- Trabajo con un proyecto de historia con la señorita Rúa, para la universidad. ¿Capitán Saverino?
- ¿Sí?
- Fui yo quien le llamó en la madrugada. Lamento haber mentido.
- ¿Cómo así? No entiendo.
- Vine en la madrugada a recoger un libro antes de irme a trabajar. La detective sabe que soy guía turística, lo hago para pagar los estudios. En fin. Al recoger el libro, escuché sollozar al señor Luis, no me atreví a preguntarle algo y él solo dijo que ella no estaba, que no había pasado la noche allí, y se marchó a su habitación. Recordé que la señorita Rúa me había dicho que si algo le pasaba podía llamarlo a usted, capitán.
- ¿Y le has dicho que estaba muerta?
- Pensé que así llegarían más rápido, ya saben… por si el profesor le había hecho algo – susurró.
Pamela observa al capitán, y aprovecha para confirmar si es la estudiante de la que había hablado Luis. Ella le dice que sí, que la señorita Rúa es maestra de historia de Sabernal en la universidad Real, es crítica literaria y además preside la Sociedad Histórica Real. Le dice también que por su relación con ella le conoce muchos detalles, pero muy pocos de él, excepto sus 42 títulos reales.
Le comenta que Luis también fue profesor de filosofía de la universidad Real, con vastos conocimientos que lo llevaron pronto a ser jefe de departamento, jefe de facultad y por poco rector, hasta que prescindió y se retiró. Aunque nunca vio clases con él, su hermano sí, y era reconocido porque nunca lo vieron sonreír, y un solo gesto suyo determinaba si uno perdía el año o pasaba apenas.
Sin embargo, la primera vez que ella fue invitada a su casa, y lo vio en la sala seriamente, se asustó. Fue la señorita Rúa la que se acercó a él, le acarició el rostro y le besó la mejilla, y él cerró los ojos y sonrió por un breve instante, fue la única vez que lo vio sonreír, y quizás la única fuera de la señorita en verlo, hasta que se percató de su presencia, se levantó y huyó como un gato.
- Arg, gatos – dijo con desprecio la detective.
- ¿En qué trabajaban ayer? – preguntó el capitán.
- Nada raro. Estábamos con el asesor, el señor DajatTaborda, que antes ocupaba ese cargo y que luego fundó la organización de los Defensores de la Historia, porque dice él que quiere demostrar la verdadera historia. La señorita Rúa quiso ayudarlo, pero él no se lo permite porque la podía meter en problemas con la realeza, así que lo hace a la sombra… ay, yo no debería decirles eso, es traición, lesa majestad.
- No se preocupe, después sí aparece el hecho nos encargaremos. ¿A dónde puso haber ido ayer la señorita Rúa?
- Ayer conversaron sobre la historia de este barrio, y aunque no quiso decirlo, me pareció que estaba melancólica. Dijeron que el mejor lugar para saber de historia, era la Calle de los Jubilados.
- Ya escuchaste, Pamela. Nuestra siguiente parada.
- Si me quieren matar, pueden entrar y hacerlo. Dudo que tenga algo más que aportar. Si quieren entrar y robar, pueden hacerlo. Nada me emocionaría más que se robaran un libro. O el piano. O lo que sea.
- Parece que nada lo emociona – dijo Pamela.
- Parece y no es lo que parece.
- ¡Detective! Señor Luis, venimos porque en la madrugada nos reportaron que su pareja no vino a dormir.
- En realidad debió seguir el procedimiento, esperar un día, llamar a sus familiares, yo que sé, usted no tiene corona.
- ¡Detective, mesura!
- Ella tiene razón, capitán. Sin embargo, debo reconocer que no es natural que Rúa haga eso. Después de que conversó con… con ese caballero, Taborda…
- ¿El Primer Ministro? – dijo la detective.
- Evite interrumpirme. No es él, en todo caso. Es el historiador de la corte. Primero se marchó él, luego la estudiante que trae a casa y luego se fue ella, cerca de las seis. No regresó. Y tengo esta horrible sensación.
- Señor Luis, es una pregunta obvia, pero a dónde cree que pudo ir ido.
- Entre semana solo va a la universidad, los fines de semana visita algún museo o un centro comercial. El resto del tiempo, trabaja en casa y me hace compañía. No sé si tiene amigos.
- ¿A qué se dedica ella?
- Es usted la detective, ¿no es así? Si me permiten, esta conversación me aburre. Iré a tomar algo de té en el jardín. Ya conocen la salida.
Pamela iba a responderle, cuando volvió a sentir que la miraba el gato, esta vez estaba sobre el piano. Ella contestó por el capitán, diciendo que también se iban. Caminaban por la entrada y vieron que de un bus se bajaba una chica, con dirección a la casa. La detective la reconoció de inmediato.
- Mélani del Pilar.
- Detective, no recuerdo su nombre.
- ¿Se conocen? – preguntó el capitán.
- Algo así. ¿Qué hace aquí?
- Trabajo con un proyecto de historia con la señorita Rúa, para la universidad. ¿Capitán Saverino?
- ¿Sí?
- Fui yo quien le llamó en la madrugada. Lamento haber mentido.
- ¿Cómo así? No entiendo.
- Vine en la madrugada a recoger un libro antes de irme a trabajar. La detective sabe que soy guía turística, lo hago para pagar los estudios. En fin. Al recoger el libro, escuché sollozar al señor Luis, no me atreví a preguntarle algo y él solo dijo que ella no estaba, que no había pasado la noche allí, y se marchó a su habitación. Recordé que la señorita Rúa me había dicho que si algo le pasaba podía llamarlo a usted, capitán.
- ¿Y le has dicho que estaba muerta?
- Pensé que así llegarían más rápido, ya saben… por si el profesor le había hecho algo – susurró.
Pamela observa al capitán, y aprovecha para confirmar si es la estudiante de la que había hablado Luis. Ella le dice que sí, que la señorita Rúa es maestra de historia de Sabernal en la universidad Real, es crítica literaria y además preside la Sociedad Histórica Real. Le dice también que por su relación con ella le conoce muchos detalles, pero muy pocos de él, excepto sus 42 títulos reales.
Le comenta que Luis también fue profesor de filosofía de la universidad Real, con vastos conocimientos que lo llevaron pronto a ser jefe de departamento, jefe de facultad y por poco rector, hasta que prescindió y se retiró. Aunque nunca vio clases con él, su hermano sí, y era reconocido porque nunca lo vieron sonreír, y un solo gesto suyo determinaba si uno perdía el año o pasaba apenas.
Sin embargo, la primera vez que ella fue invitada a su casa, y lo vio en la sala seriamente, se asustó. Fue la señorita Rúa la que se acercó a él, le acarició el rostro y le besó la mejilla, y él cerró los ojos y sonrió por un breve instante, fue la única vez que lo vio sonreír, y quizás la única fuera de la señorita en verlo, hasta que se percató de su presencia, se levantó y huyó como un gato.
- Arg, gatos – dijo con desprecio la detective.
- ¿En qué trabajaban ayer? – preguntó el capitán.
- Nada raro. Estábamos con el asesor, el señor DajatTaborda, que antes ocupaba ese cargo y que luego fundó la organización de los Defensores de la Historia, porque dice él que quiere demostrar la verdadera historia. La señorita Rúa quiso ayudarlo, pero él no se lo permite porque la podía meter en problemas con la realeza, así que lo hace a la sombra… ay, yo no debería decirles eso, es traición, lesa majestad.
- No se preocupe, después sí aparece el hecho nos encargaremos. ¿A dónde puso haber ido ayer la señorita Rúa?
- Ayer conversaron sobre la historia de este barrio, y aunque no quiso decirlo, me pareció que estaba melancólica. Dijeron que el mejor lugar para saber de historia, era la Calle de los Jubilados.
- Ya escuchaste, Pamela. Nuestra siguiente parada.
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