El cuerpo de San Martín - parte 2
Mientras salen del edificio, Pamela no termina de comprender, hasta que el Capitán Saverino le explica que en la madrugada, recibió la llamada de la asistente de una importante personalidad del barrio, en la que le informaba que su pareja había muerto, porque no había pasado la noche en su casa.
La detective trata de detenerlo, pero ambos son detenidos por un policía en la entrada.
- Capitán, a sus órdenes.
- Descanse joven Leandro, voy a una importante diligencia.
- Capitán, era para informarle la detención de unas personas esta noche, están ebrias.
- Chabón, ahora no te atiendo. En cuanto regrese me ponés al tanto. Y no te preocupés por eso, que ayer fue 8 de mayo.
El capitán alcanzó a Pamela, que ya se subía a su auto, y se disculpó diciéndole que era el primer día del pibe en la comisaría, pero ella no le interesaba.
- ¿En serio vamos a movilizar un cuerpo policial para investigar un crimen basado en un chisme?
- Como te digo, el aviso es de una persona muy importante, pero también es muy extraña. El tipo nunca permitió vigilancia privada, y desde su retiro es muy raro verlo fuera de su casa. Su pareja además ya había recibido amenazas, ya que es presidenta de un reconocido grupo.
- Pues mejor para mí. Vamos a cantarle un par de verdades a ese ricachón, así yo termino cuanto antes y puedo regresar a la ciudad.
- Estamos en la ciudad.
- Capitán, ya sabe a qué me refiero. A la ciudad de verdad.
Ambos se suben al automóvil mientras el capitán admira el color de su auto, diciendo que su padre tenía uno así, y era su color favorito. Ella le pregunta por la dirección del hombre extraño y él le responde que la guiará. Durante el camino, la detective va escuchando miles de anécdotas que ella ya le ha escuchado muchas veces, y solo asienta aburrida.
Antes de llegar se detienen en una cafetería y él pide dos medialunas, un café con leche y agua caliente para él, mientras saca un mate de uno de sus bolsillos y le echa yerba, que ha sacado del otro. Pamela, que ya ha visto eso, no evita asombrarse por ese tipo de cosas.
- Te he pedido café, sé que no te gusta el mate.
- Ni siquiera soporto el olor.
Luego de conversar por otro rato, en el que el Capitán continúa hablando de varias cosas que no vienen al caso, regresan al auto y avanzan hacia una colina, en la que ya no hay casas seguidas una junto a la otra, sino una sola casa enorme, con un aspecto envejecido, imperioso, pero a la vez lúgubre, rodeado de una baja cerca de hierba natural y con un jardín, todo especialmente cuidado. En frente, el capitán pide que se estacione y bajan.
- Manos a la obra – dice él.
Caminan ambos y tocan el timbre. Al rato abre una mujer anciana con su traje de mucama muy impecable, que no dice nada.
- Buen día, estamos buscando a… - dice la detective.
- No, Pame, déjame a mí – toma un poco de aire y saca un papel de otro bolsillo – Estamos buscando al muy noble señor Luis Alfonso Aldemarino Herrera Piamonte Echevarría, duque de Tívecre y Primbel, conde de Lerolía, Berbic, Escar, Aryuna e Hijar, vizconde de Cedros Verdes y Ramedal, marqués de Santa Juana, Castañeda y…
Pamela escucha impaciente cuando siente que la están vigilando y a lo lejos ve un gato negro sobre una cornisa que la observa sin pestañear.
- ¿Está o no está? – preguntó exasperada Pamela, y la mujer respondió permitiéndoles el paso.
La casa, por dentro, tiene todas las paredes cubiertas de libros, y sobre varios muebles tenían otros tantos abiertos. Los policías siguieron a la mucama hasta un par de puertas grandes que sin mucho esfuerzo abrió de par en par, a pesar de lo enormes y pesadas que se veían. En esa habitación sonaba una melodía de piano.
Adentro, la misma situación, aunque el ambiente es mucho más denso, con más libros y una leve sensación de humo de pipa. El instrumento deja de sonar en cuanto la pareja entra, y ellos ponen su dirección al enorme piano negro. Ven una mano que toma un par de gafas que estaban sobre la tapa.
El hombre se levanta bien vestido, con sus gafas puestas de marco plateado, una barba elegantemente recortada y una calva que lleva con orgullo, se dirige hacia ellos. Solo su personalidad es dominante. Pamela ve como el capitán hace una venia y saca el papel, por lo que ella se adelanta.
- Muy noble señor… Luis Alfonso Aldemarino – dijo ella, asombrada por haberlo llamado de esa manera, sin notarlo.
- Pueden llamarme solo señor Luis.
El hombre se sienta en un enorme sillón de cuero y toma la pipa, e invita a los dos a sentarse en un sillón frente a él mientras la enciende.
- Cómo puedo ayudarlos.
Los policías se miraron entre ellos.
La detective trata de detenerlo, pero ambos son detenidos por un policía en la entrada.
- Capitán, a sus órdenes.
- Descanse joven Leandro, voy a una importante diligencia.
- Capitán, era para informarle la detención de unas personas esta noche, están ebrias.
- Chabón, ahora no te atiendo. En cuanto regrese me ponés al tanto. Y no te preocupés por eso, que ayer fue 8 de mayo.
El capitán alcanzó a Pamela, que ya se subía a su auto, y se disculpó diciéndole que era el primer día del pibe en la comisaría, pero ella no le interesaba.
- ¿En serio vamos a movilizar un cuerpo policial para investigar un crimen basado en un chisme?
- Como te digo, el aviso es de una persona muy importante, pero también es muy extraña. El tipo nunca permitió vigilancia privada, y desde su retiro es muy raro verlo fuera de su casa. Su pareja además ya había recibido amenazas, ya que es presidenta de un reconocido grupo.
- Pues mejor para mí. Vamos a cantarle un par de verdades a ese ricachón, así yo termino cuanto antes y puedo regresar a la ciudad.
- Estamos en la ciudad.
- Capitán, ya sabe a qué me refiero. A la ciudad de verdad.
Ambos se suben al automóvil mientras el capitán admira el color de su auto, diciendo que su padre tenía uno así, y era su color favorito. Ella le pregunta por la dirección del hombre extraño y él le responde que la guiará. Durante el camino, la detective va escuchando miles de anécdotas que ella ya le ha escuchado muchas veces, y solo asienta aburrida.
Antes de llegar se detienen en una cafetería y él pide dos medialunas, un café con leche y agua caliente para él, mientras saca un mate de uno de sus bolsillos y le echa yerba, que ha sacado del otro. Pamela, que ya ha visto eso, no evita asombrarse por ese tipo de cosas.
- Te he pedido café, sé que no te gusta el mate.
- Ni siquiera soporto el olor.
Luego de conversar por otro rato, en el que el Capitán continúa hablando de varias cosas que no vienen al caso, regresan al auto y avanzan hacia una colina, en la que ya no hay casas seguidas una junto a la otra, sino una sola casa enorme, con un aspecto envejecido, imperioso, pero a la vez lúgubre, rodeado de una baja cerca de hierba natural y con un jardín, todo especialmente cuidado. En frente, el capitán pide que se estacione y bajan.
- Manos a la obra – dice él.
Caminan ambos y tocan el timbre. Al rato abre una mujer anciana con su traje de mucama muy impecable, que no dice nada.
- Buen día, estamos buscando a… - dice la detective.
- No, Pame, déjame a mí – toma un poco de aire y saca un papel de otro bolsillo – Estamos buscando al muy noble señor Luis Alfonso Aldemarino Herrera Piamonte Echevarría, duque de Tívecre y Primbel, conde de Lerolía, Berbic, Escar, Aryuna e Hijar, vizconde de Cedros Verdes y Ramedal, marqués de Santa Juana, Castañeda y…
Pamela escucha impaciente cuando siente que la están vigilando y a lo lejos ve un gato negro sobre una cornisa que la observa sin pestañear.
- ¿Está o no está? – preguntó exasperada Pamela, y la mujer respondió permitiéndoles el paso.
La casa, por dentro, tiene todas las paredes cubiertas de libros, y sobre varios muebles tenían otros tantos abiertos. Los policías siguieron a la mucama hasta un par de puertas grandes que sin mucho esfuerzo abrió de par en par, a pesar de lo enormes y pesadas que se veían. En esa habitación sonaba una melodía de piano.
Adentro, la misma situación, aunque el ambiente es mucho más denso, con más libros y una leve sensación de humo de pipa. El instrumento deja de sonar en cuanto la pareja entra, y ellos ponen su dirección al enorme piano negro. Ven una mano que toma un par de gafas que estaban sobre la tapa.
El hombre se levanta bien vestido, con sus gafas puestas de marco plateado, una barba elegantemente recortada y una calva que lleva con orgullo, se dirige hacia ellos. Solo su personalidad es dominante. Pamela ve como el capitán hace una venia y saca el papel, por lo que ella se adelanta.
- Muy noble señor… Luis Alfonso Aldemarino – dijo ella, asombrada por haberlo llamado de esa manera, sin notarlo.
- Pueden llamarme solo señor Luis.
El hombre se sienta en un enorme sillón de cuero y toma la pipa, e invita a los dos a sentarse en un sillón frente a él mientras la enciende.
- Cómo puedo ayudarlos.
Los policías se miraron entre ellos.
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