El romance de Sara Malagán - parte 7
En la tarima de la Sucesión, Emilio Górgorus le dio entrega oficial del Libro de las Leyes que pronto habría de corregir y juzgar al pueblo. Luego la fiesta continuó en el palacio. En el camino de la plaza al palacio Emilio le dijo a Marín que su Majestad no parecía que necesitara de un médico, pues se veía bien. “Eso es lo que parece”, respondió.
Durante la cena oficial en el Palacio, Ricardo II le susurró a Górgorus.
- Tengo algo que contarte, no puedo con los rodeos: he visto el hada.
Emilio Górgorus llegó a pensar que Ricardo II se estaba volviendo loco.
- No puede ser cierto. Es una leyenda. Nadie la ha visto, sólo los fundadores.
- Me habías dicho que sí… y que enloquecían.
- Tal vez. Supongo que ya habían enloquecido desde antes y nunca la habían visto. Pero tú, ¿estás seguro?
- Estoy muy seguro
- No te puedo creer. Debes probarlo y si en verdad la viste…
- Si la vi, y aún debe estar en ese bosque. Iremos esta misma noche a verla.
Aprovechando la desesperación y el aparente mal juicio de Ricardo II, Górgorus se destapó, le propuso apostar de nuevo, si no encontraban el hada, entonces Ricardo II le entregaría no solo una ciudad, sino todo el reino de Sabernal.
- Está bien, como quieras, pero si la encontramos, tú serás quien me entregue el reino de Férida.
Sin pensarlo, Emilio gritó en medio de la cena: “¡Timoteo, el papel oficial!”, asombrando a todos, pero a ninguno de los reyes le importaba. Como la primera vez el muchacho trajo un cofre, lo abrió y le entregó el papel. Juntos firmaron convencidos de que se ganarían el país del otro.
- ¿Qué he hecho? Hice una apuesta sabiendo que iba a ganar. Debí haber evitado sus comentarios teniendo en cuenta su enfermedad. Él perderá su reino, lo odiarán y luego me odiarán a mí por haberle insistido. Sublevaciones, guerras… ¡Castígame Dios por mis sandeces!
El rey de Férida se arrodilló y puso sus manos sobre su rostro. Al quitarlas y abrir los ojos la vio. No cabía duda, era el Hada del escudo. Con la misma luz verde que irradiaba, ella estaba sonriendo y observándolo. Emilio salió a correr para despertar al otro rey, pero justo antes, viendo el cofre a su lado, recordó la apuesta y temiendo perder a Férida, decidió no despertarlo. En vez de eso regresó al lugar de la aparición. El hada ya no estaba.
- No puedo creerlo.
Górgorus sacó su navaja y escribió con ella en el árbol más cercano una inscripción. Al terminar regresó al campamento y se acostó a dormir. Cuando quedó profundo, sus fuertes ronquidos despertaron a Ricardo II que, alertado por quedarse dormido, y salió a buscar el hada.
Sin embargo, después de buscarla por mucho rato, no la encontró y cansado se sentó en una piedra a llorar.
- ¿Por qué lo hice? Soy tan idiota. He perdido mi reino. No debí haber hecho tal apuesta, me van a odiar cuando deba entregar a mi pueblo por una apuesta que era lógico que perdiera.
A la mañana siguiente, los dos completamente preocupados estaban pensando en romper la apuesta, pero sabían que estaba escrita sobre un papel oficial y no se podía romper tan fácil. Ricardo II tomó la iniciativa.
- ¿Qué tal si olvidamos la apuesta?
- ¿Cómo que olvidarla?
- Sí, inventé una ley en la que se puede olvidar una apuesta sin cancelarla, y abrirla cuando queramos, así no rompemos la ley – Ciertamente Ricardo II había acabado de inventar aquello.
- ¡Grandioso! Es decir… por mí está bien.
- ¿En serio? Bien, excelente, entonces la olvidamos.
Sacaron el papel oficial y rehicieron unos arreglos. Luego volvieron al palacio con solo cinco guardias. Uno de ellos le explicó al rey que aquel había desaparecido en condiciones extrañas y no volvieron a hablar de eso.
Durante la cena oficial en el Palacio, Ricardo II le susurró a Górgorus.
- Tengo algo que contarte, no puedo con los rodeos: he visto el hada.
Emilio Górgorus llegó a pensar que Ricardo II se estaba volviendo loco.
- No puede ser cierto. Es una leyenda. Nadie la ha visto, sólo los fundadores.
- Me habías dicho que sí… y que enloquecían.
- Tal vez. Supongo que ya habían enloquecido desde antes y nunca la habían visto. Pero tú, ¿estás seguro?
- Estoy muy seguro
- No te puedo creer. Debes probarlo y si en verdad la viste…
- Si la vi, y aún debe estar en ese bosque. Iremos esta misma noche a verla.
Aprovechando la desesperación y el aparente mal juicio de Ricardo II, Górgorus se destapó, le propuso apostar de nuevo, si no encontraban el hada, entonces Ricardo II le entregaría no solo una ciudad, sino todo el reino de Sabernal.
- Está bien, como quieras, pero si la encontramos, tú serás quien me entregue el reino de Férida.
Sin pensarlo, Emilio gritó en medio de la cena: “¡Timoteo, el papel oficial!”, asombrando a todos, pero a ninguno de los reyes le importaba. Como la primera vez el muchacho trajo un cofre, lo abrió y le entregó el papel. Juntos firmaron convencidos de que se ganarían el país del otro.
- ¿Qué he hecho? Hice una apuesta sabiendo que iba a ganar. Debí haber evitado sus comentarios teniendo en cuenta su enfermedad. Él perderá su reino, lo odiarán y luego me odiarán a mí por haberle insistido. Sublevaciones, guerras… ¡Castígame Dios por mis sandeces!
El rey de Férida se arrodilló y puso sus manos sobre su rostro. Al quitarlas y abrir los ojos la vio. No cabía duda, era el Hada del escudo. Con la misma luz verde que irradiaba, ella estaba sonriendo y observándolo. Emilio salió a correr para despertar al otro rey, pero justo antes, viendo el cofre a su lado, recordó la apuesta y temiendo perder a Férida, decidió no despertarlo. En vez de eso regresó al lugar de la aparición. El hada ya no estaba.
- No puedo creerlo.
Górgorus sacó su navaja y escribió con ella en el árbol más cercano una inscripción. Al terminar regresó al campamento y se acostó a dormir. Cuando quedó profundo, sus fuertes ronquidos despertaron a Ricardo II que, alertado por quedarse dormido, y salió a buscar el hada.
Sin embargo, después de buscarla por mucho rato, no la encontró y cansado se sentó en una piedra a llorar.
- ¿Por qué lo hice? Soy tan idiota. He perdido mi reino. No debí haber hecho tal apuesta, me van a odiar cuando deba entregar a mi pueblo por una apuesta que era lógico que perdiera.
A la mañana siguiente, los dos completamente preocupados estaban pensando en romper la apuesta, pero sabían que estaba escrita sobre un papel oficial y no se podía romper tan fácil. Ricardo II tomó la iniciativa.
- ¿Qué tal si olvidamos la apuesta?
- ¿Cómo que olvidarla?
- Sí, inventé una ley en la que se puede olvidar una apuesta sin cancelarla, y abrirla cuando queramos, así no rompemos la ley – Ciertamente Ricardo II había acabado de inventar aquello.
- ¡Grandioso! Es decir… por mí está bien.
- ¿En serio? Bien, excelente, entonces la olvidamos.
Sacaron el papel oficial y rehicieron unos arreglos. Luego volvieron al palacio con solo cinco guardias. Uno de ellos le explicó al rey que aquel había desaparecido en condiciones extrañas y no volvieron a hablar de eso.
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