Un Príncipe de Acero - parte 6

Pero Mauro se decide que no morirá esa noche y propina el primer golpe, aunque está un poco oxidado logra defenderse, pero el otro hombre no cede y regresa con el cuchillo. Lo amenaza con el arma y le pega con el otro brazo, lo tumba y le lanza el puñal, y Mauro trata de defenderse aunque está en desventaja.

De pronto se escucha un gemido, un golpe, el puñal cae el suelo y el atacante también. Otro hombre de pie suelta un palo y le ofrece la mano a Mauro.
-     ¡Maldición Juan! ¿Qué haces aquí?
-     Es mi trabajo, tengo que proteger a Su Alteza. Por eso lo llevo siguiendo desde que salió con esa chica. He tratado de no molestarlo – dijo Juan con cierto sentido.
-     Voy camino a Tobina. Por el asunto del hierro. Dormiré un rato.

A las siete de la mañana Mauro despertó y escuchó la ducha. Susi se estaba duchando. Quizás si abría un poco la puerta, él podría culpar al viento. Al tocar el pomo de la puerta golpearon en la puerta principal.
-     ¡Mauro! – dijo Susi desde adentro - ¿Puedes recibir el desayuno? ¡Me estoy duchando!
-     Ya lo sé.
-     ¿Qué dices?
-     ¡Nada! Como sea.

Mauro recibió el desayuno en una bandeja y lo puso sobre una mesita que tenía dos sillas. Al rato salió Susi del baño vestida con la ropa del día anterior y la toalla enrollada en la cabeza. Ella le preguntó si se iba a duchar y él le dijo que mejor lo haría al llegar a Tobina, pues allí tenía familia. Además no le gustaba mucho los baños de los hoteles.

Unos minutos después estaban conduciendo hacia Tobina. Mauro verificaba cada cierto tiempo que Juan los seguía. En el camino ella le dijo que conocía alguien que podía ampliarle la información sobre el tema de las conspiraciones, así podría verificar si posiblemente estaban maquinando contra él.

Llegaron al lugar cerca del mediodía, visualizando los campos, los riachuelos, edificios de ladrillo y piedra, los postes de luz y los semáforos. “Apenas recuerdo las cabañas de madera” decía él. También vieron las grandes máquinas perforadores estacionadas y rodeadas por personas vestidas de blanco, algo que Mauro dijo que era común entre sus habitantes.

Luego él le pidió que le llevara hasta un lugar que recordaba cuando era niño, guiándola con señas, y no se equivocó. Se bajó del auto y golpeó una puerta. Una mujer canosa y vestida de blanco abrió.
-     ¡Nana!
-     Joven Mauro. Gracias a Dios. Recibiste mi mensaje.
-     ¿Mensaje? No, lo siento nana, he estado ocupado.
-     Me avisaron que algo pasaba aquí, traté de avisarte, pero era imposible comunicarme contigo. Así que dejé un mensaje en el buzón y me vine para acá.
-     Es bueno verte, quisiera hablar contigo.

Un buen rato más tarde, Mauro salió de la casa y se vio con Susi, quien esperaba en el auto. Fueron a donde estaban protestando las personas de blanco, frente al campamento de Aceros Limpios. Primero atravesó la multitud anunciando buenas nuevas y muchos empezaron a susurrar y a preguntarse quién era ese hombre. Unos decían que era ingeniero de la siderúrgica, otros decían que era de la realeza, otros no atinaban ni a lo uno ni a lo otro. Luego sacó de su bolsillo una tarjeta, la mostró al vigilante y continuó el camino. Finalmente Mauro se puso un casco y solicitó hablar con el ingeniero a cargo.

Enseguida un hombre bastante serio salió de una de las garitas prefabricadas y se acercó a Mauro y sin decir nada lo abrazó.
-     Colega, cuando renunció no pensé que fuera para volverse el mandamás del reino.

Los hombres ríen y Mauro le dice que sólo es algo que califica como “accidente temporal”. Luego entran al garito, que está lleno de planos y documentos. El ingeniero le dice que después que se marchó, los directivos continuaron el proceso para explotar las minas de Tobina. “Continuamos con este plan tortuga y haciendo tiempo hasta que cuaje tu proyecto, pero el día va a llegar y no podrá hacer nada más que cumplir las órdenes superiores” dice el ingeniero. Ferro le dice que pronto va a terminar, que por ahora continúe con el plan averiando los equipos y culpando a los afectados. Además le gustaría una muestra del hierro que extrajeron en la zona sur hace unos meses.

Un rato después golpean la puerta de la garita.
-     Su Alteza – dice Juan – Tiene una llamada del Alcázar.
-     ¿Cómo entraste hasta acá?
-     La Seguridad del Rey abre todas las puertas.

Mauro toma el teléfono móvil de Juan. Al otro lado está Mauricio, quien le dice que un helicóptero va en camino a recogerlo. Le avisa que encontró el decreto, pero la cuestión es más difícil de lo que creía.


El príncipe recibe un paquete del ingeniero, se despide y va en busca de Susi, quien está entrevistando a los aldeanos. Él le explica la situación justo cuando ve acercarse el helicóptero. Ella lo abraza, diciéndole que regresará a la ciudad y buscará a su amigo, y mientras tanto le pide que se cuide. Después lo besa en la mejilla. Uno de los hombres que viene en el helicóptero regresará en el auto de Juan a Tívecre, mientras Juan se va con Mauro en el helicóptero.

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