Las Crónicas de la Línea del Cielo - parte 3
Un
hombre explica una gráfica, anunciando que son graves las pérdidas para la
empresa, que han bajado en casi un 30% las ganancias. El grupo de doce hombres
y mujeres se escandalizan en silencio y voltean a ver al jefe de la mesa, quien
parece más preocupado por otra cosa mientras mira por la ventana.
- ¡Señor Ryan! – dice uno de ellos, y el hombre sale de su
ensimismamiento – Necesitamos una respuesta.
- Ah, sí. Que se encarguen los asesores. Que hagan lo que tengan que
hacer. Si hemos terminado, me retiro.
En
el momento que se levantó, todos hicieron lo mismo. La puerta de la oficina se
abrió, y al salir Ryan, apareció su asistente detrás de él y entraron juntos a
la oficina.
- Tiene veinte llamadas, y llegaron estos documentos que requieren su
firma.
- Gracias Cristian. Por favor tráeme…
- Un vaso de agua de manzanilla y medio whisky doble.
- Excelente. Gracias.
- Se ve más estresado que siempre, ¿Qué sucede?
- Cristian, no sólo eres un buen empleado, sino también te has convertido
en mi amigo más íntimo. Te diré que no me he podido concentrar, ya estoy muy
cansado. No puedo ocuparme de todo…
- Es por su pareja, ¿no es así?
- Sí, cada vez está más insoportable.
- ¿Por qué no lo termina de una vez?
- Ojalá fuera tan fácil… pero basta del tema. ¿Qué has averiguado sobre
Jijo?
- Aún nada, los investigadores quieren un aumento de sueldo, dicen que
averiguar la amenaza hacia su abuelo aumentó el precio.
- ¡Buenos para nada! Págales lo que piden. Temo que lo mejor es estar con
él en este momento. Ven conmigo, trabajaremos desde allá.
Era
una orden que Cristian no podía cuestionar. No quería ir, pero tenía que
hacerlo. Sabía que se encontraría con ciertas personas que no quería ver.
Al
día siguiente partieron en la Grand Cherokee. Cristian estaba preparado en el
puesto del copiloto. Atravesaron el portón del club, cuyas letras doradas
decían: “Bienvenido, a partir de ahora ingresará al lugar más pacífico del
mundo, y este portón es la Línea del Cielo”. Cuánto habría querido Cristian que
fuera así. Ryan le puso una mano en la pierna, lo que por un segundo le levantó
el ánimo.
- No te preocupes. Mientras estés conmigo no te va a pasar nada.
Al
salir del auto, Esteban, con su flameante cabello cenizo sentado en una silla
de ruedas de oro, miraba desde la puerta principal mientras fumaba un puro que
apagó al ver a Ryan.
- Abue, te he extrañado tanto.
- Jum. Eso dicen todos ustedes. Últimamente mi casa parece un hotel, y
han llegado un montón de personas inútiles como tú.
- ¿Quiénes están aquí?
- Nando ya llegó con su dama de servicio y un guardaespaldas, y hace poco
llegó ese muchacho rubio con su padre. Ahora llegas tú con más visita. Menos
mal tengo una casa grande, y puedo esperar a más gente.
- ¿Un muchacho rubio? ¿Ya llegó David? Y no se pudo despegar de su padre…
Cristian
escuchó el nombre de David y se asustó, soltando las maletas. Ryan le recordó
nuevamente que no se preocupara mientras le ayudaba. Desde el segundo piso
estaba el muchacho rubio viendo de manera seria la situación. Estaba vestido
muy fresco, con lentes a la moda. No podía ocultar su malestar. Otro hombre más
grande se acercó por detrás.
- ¿Ha llegado?
- Sí, papá. Llegó con Cristian.
- No me agrada que pase tiempo con él. No debes descuidarte.
- Lo sé, bajaré ahora mismo.
- Demuéstrale quien eres.
Ryan
entraba las maletas mientras entraba con Esteban a la casa, decorada
exquisitamente.
- Dime abue, ¿te pasas todo el día aquí solo?
- No, me divierto con… con el vecino. Y últimamente ha venido un joven a
jugar cartas conmigo. Parece muy agradable. Me ayuda a olvidar esa tonta
amenaza.
- Resolveremos el tema pronto. Me alegra que le hayas asignado un
guardaespaldas a Nando también.
- Yo no fui. Pensé que habías sido tú.
Ryan
se asombró cuando llegó David a abrazarlo.
- ¡Amor de mi vida! Has llegado. Te he extrañado tanto – David lo abrazó
de tal forma que quedó viendo a Cristian, quien estaba detrás de él, de una
manera humillante.
Cristian
se sintió mal y continuó su camino, pasando al lado de Nando, quien había visto
todo.
- Hola David – respondió Ryan, apartándolo – No es manera de recibirme.
No estamos para esto.
- Estaré contigo siempre. Mi padre ha venido a acompañarnos.
El padre
de David lo había seguido. Era un hombre grande, vestido de manera
extravagante, y extendió su mano llena de joyas para que Ryan se la besara,
pero él simplemente lo saludó.
- Buen día, señor Luis Carlos. Seguramente mi abuelo no los habrá
recibido cortésmente…
- ¡Bah! – respondió mientras quitó la mano y le daba la espalda.
- …así que espero que mientras estén aquí, pasen un rato agradable.
Cristian
se sentó en un banquito en el pasillo, con una actitud desconsolada. Una mano
se puso sobre su hombro.
- He visto como lo miras…
- Es sólo un error. Está casado por decirlo así.
- Voy a ayudarte. Cuenta conmigo. Te quedarás con él.
- Muchas gracias, señor Nando.
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