El secreto del señor Montana - parte 7
Natalia no tenía idea de la hora, hasta que recibió un mensaje de texto
en el que le confirmaban las bebidas para la reunión con un CEO de Madrid. La
reunión estaba programa a las diez de la mañana, en veinte minutos, y ella no
había dormido nada.
Se estiró un poco, tomó un poco de café de una taza plástica, y
respondió que cancelaran y pospusieran sus reuniones del día. No mencionó que
se quedaría acompañando a su madre, y ella no estaba muy segura tampoco, pues
aprovecharía un momento para aliviar el estrés de su trabajo.
La tía Rosa se había alejado y su padre había tomado su lugar.
- Me impresiona que tomes café en una taza de esas.
- Se llama “humildad”, papá.
- No me refiero a eso. Aunque reconozco que ni Karen ni yo beberíamos de
algo así. Quizás es mi culpa por malcriarlas.
- No todas somos como Karen – respondió como si le hubieran ofendido –
Has hecho un buen trabajo. Quería disculparme por lo que te dije, cuando
llegué. Estaba enojada.
- Hija, sé que no he sido un padre modelo. Pero tu madre y ustedes tres…
son todo para mí. Daría lo que fuera. Si tan sólo pudiera trasladarla a
Lamessa…
- No lo harán – dijo Alejandra – Hablé con el doctor Monroe.
- ¿El neurocirujano de mamá? ¿cómo hablaste con él?
- Aquí está – dijo señalando a un hombre alto y maduro, mayor que el
señor Sebastián, pero mucho más activo y dinámico.
El doctor Monroe se acercó y saludó a la familia. El señor Sebastián
estaba impresionado y antes de que alguno dijera algo, él les comentó lo que le
había dicho a Alejandra: no podían trasladarla por su situación. La operación
había salido bien, y ahora estaba en cuidados intensivos. Pero sería igual si
estuvieran en Lamessa.
Después el señor Sebastián le preguntó qué hacía trabajando en un hospital
público, si siempre le había visto en la clínica privada. La respuesta del
médico fue rápida.
- La situación laboral. Siempre he trabajado aquí. Lamessa es mi
residencia. Pagan igual en ambos lugares. ¿No le he atendido aquí alguna vez?
- No, siempre me ha atendido en Lamessa.
- Lo sé, sin embargo la primera vez que lo atendí, sentí como si ya lo
hubiera examinado, y ahora en este contexto estoy casi seguro que fue aquí.
- No, doctor. Nunca he estado aquí, este no es mi ambiente – el señor Sebastián
se retiró a sentarse.
Natalia escuchó la conversación y se enojó con su padre, odiaba siempre
que renegaba su pasado. De pronto pensó si tal vez ella misma habría dicho algo
así, si el dinero la había cambiado. Por supuesto que sí.
Ese mismo día había firmado un contrato en el que compraba una empresa
a bastante dinero, pero debía despedir más de dos tercios de los empleados.
Ella no lo dudó, pues sabía que esa oportunidad no se presentaría de nuevo. Sin
embargo, unos minutos después recibió un mensaje de su padre en el que decía
fríamente que su madre se había accidentado y la esperaba en el Hospital de la Vera Cruz.
- ¿Por qué está en un hospital público? – se preguntó.
Salió de su oficina y se subió a su carro. Se dirigió al hospital
siguiendo la dirección, y se dio cuenta que era como ir a la casa de la tía Rosa.
Recordó que siempre que iba a ese sector de la ciudad, llevaba un carro común,
pero ahora iba en el auto de la empresa, que era de lo más lujoso. Al llegar a
un semáforo antes del hospital se detuvo ante el color rojo. No tuvo tiempo de
reaccionar cuando un hombre le apuntó con su arma y le pidió que se bajara
rápidamente del carro.
Natalia obedeció y salió del carro, orgullosa igual que su madre, y le entregó
las llaves como si se las entregara a un valet pardel Rey. No hubo ningún
escándalo y quienes estaban alrededor fueron indiferentes.
Mientras caminaba hacia el hospital, pensó que lo de su madre y el arma
en su cabeza era una especie de señal de venganza universal por haber firmado aquel contrato. Quizás debía
cambiar algunas metas de su vida.
Ahora estaba sentada en una silla de plástico llena de grafitis de
marcador, tomando café de una taza de plástico. Luego cayó en cuenta.
- ¿Por qué está en un hospital público? – se preguntó de nuevo.
Natalia encuentra al doctor Monroe y le pide
que le hable acerca de su padre, cuando lo vio en el hospital, pues aunque él
lo quiera negar recuerda que hace mucho tiempo vivieron cerca y su padre debió
estar presente en más de una oportunidad.
- Aún así, no logro recordar. Recuerdos borrosos,
quizás Sebastián y alguien más joven que él…
- ¡Sí! Mi padre y Mauricio eran inseparables.
- ¿Mauricio Tribuca?
- No, su nombre era Mauricio Balmoral.
- No conozco a nadie con ese apellido.
Natalia se sintió confundida, pero el doctor
continúa hablando acerca de Mauricio Tribuca. Él le dice que era un paciente
que conocía desde muy joven. Un huérfano trabajador con mala fama, pero que
estaba pendiente de su salud, sobre todo porque después de cada cita recibía un
refrigerio gratuito. Pero después venía a todas sus citas mejor vestido y
arreglado. Mauricio le contó al doctor que su mejor amigo lo mantenía, pues se
había ganado la lotería gracias a él. Cada mes le pasaba cierta cantidad de
dinero, sin que nadie más lo supiera, y él se sentía feliz viviendo así. Sólo
quería estar bien para seguir gastando el dinero y aún así se llevaba el
refrigerio gratuito. El doctor sospechó que se tratara de Sebastián, pero él
nunca se lo confirmó.
La conversación es interrumpida por un llamado
con su nombre y él se retira, pero Natalia quiere saber más. Sabe que su padre
se enoja cada vez que tocan el tema de Mauricio. Siempre culpaba la muerte de
su amigo por su esnobismo y su ebriedad a las fiestas que asistía.
Natalia encontró entonces a su tía, y mencionó
que si conocía a alguien que se había cambiado los apellidos. Rosa no esperó
una pregunta directa, sino que le dijo que todo cambió cuando tenían seis años y
se ganaron la lotería, cosa que ellas saben, pero lo que no saben es que sus
padres se cambiaron los apellidos para que no reconocieran que eran pobres. El
de su padre era Sebastián Arlen y el de su madre varió de Delisa a Del Rey.
- ¿Recuerdas el apellido de Mauricio, el mejor
amigo de papá?
- Claro que sí, Mauricio Tribuca. ¿Acaso él
también se lo cambió?
Natalia no contestó y Rosa
continuó contándole que a diferencia de su padre, Elena no había perdido la
humildad del todo, y siempre la visitaba a escondidas de la familia. Las
últimas visitas eran más seguidas y sentía que ella quería contarle algo, pero
no podía, así que le dejó escrita una carta. Rosa la leyó justo cuando salió de
allí, enterándose que tenía el tumor y la operarían, pero que le tenía miedo a
los hospitales y quería que su familia estuviera con ella. Fue en ese momento
que salió a buscarla, pero ya era demasiado tarde. La llamó a su teléfono, y
quien contestó fue Sebastián, contándole lo que estaba pasando.
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