El secreto del señor Montana - parte 6
Eran las seis y diez de la mañana cuando Karen contestó de nuevo
teléfono celular. Mencionó que estaba por salir y colgó. Miró para varios lados
y empezó a caminar hacia la salida. Se subió a su auto y giró la llave, pero el
auto no encendía. Ella pensó que quizás era una señal para quedarse y acompañar
a su familia. Estaba ansiosa, enojada. Quería ver a César por última vez. Esta
vez sí sería la última vez. Tal vez lo vería unos minutos y regresaría al
hospital, nadie lo notaría, o si lo notaban no le iba a importar.
De repente unos golpes en la ventana la sacaron de sus pensamientos.
- ¿A dónde crees que vas?
- ¡Déjame en paz Alejandra! Esto es importante para mí, tú no entiendes
nada.
- Lo único que entiendo es que abandonarás a nuestra madre por irte a
bailar. ¡Maldita egoísta!
- ¿Egoísta yo? ¡¿Egoísta yo?! ¡No te atrevas a decirme egoísta! Olvidas
que eras tú la que salía a cada fiesta que se te presentaba, la que llegaba
borracha a casa, la que le daba disgustos a mamá.
- Ya no lo hago. Además, yo nunca he robado.
- Por supuesto, si tienes a todos los hombres a tu disposición, ¿de qué
te tendrías que preocupar? – Karen giró de nuevo la llave y el auto encendió.
- Haz lo que quieras. Esta vez no te voy a detener. Te va a ir muy mal
con César, pero, ¡si son tal para cual! Si te quedas con él, sería mucho mejor
que no regresaras.
Karen aceleró con tanto enojo que las ruedas chillaron. No podía creer
lo que le pasaba. Ella estaba arrepentida por todo lo que había hecho y cuando
supo que su hermana andaba en los mismos pasos, pensó que como ella,
recapacitaría y lo dejaría, hasta que tres días antes la descubrió en el
estudio sacando dinero de la caja fuerte.
- ¿Qué haces? ¿El dinero no te alcanza?
- Lo devolveré, Natalia, ahora estoy un poco corta.
- Soy Alejandra. ¿Para qué es ese dinero?
- No te interesa.
- Pues bien, le diré a mamá para ver si a ella le interesa.
Karen cerró la caja fuerte y fue tras su hermana, pero se encontraron
con Ana, quien les dijo que su madre las necesitaba justo ahora. Alejandra
aprovecharía, pero al entrar a la sala, vio a Natalia y a su padre también.
Supuso que no venía algo bueno.
Doña Elena había decidido reunir a sus hijas y a su esposo para
contarles la triste noticia de que sufría por un tumor que tenía alojado en su
cabeza, del tamaño de una pelota de golf, y que era algo con lo que vivía desde
antes de que ellas nacieran, pero nunca quiso decirle nada a nadie por vergüenza.
Ahora tenía la oportunidad de extirparlo, con algo de riesgo, realmente
un gravísimo riesgo, pero tenía la cita con uno de los mejores cirujanos del
país, en Lamessa, la mejor clínica privada de la ciudad. La cita la tenía para
dentro de cinco días, a pesar de que el médico le había advertido que lo debía
hacer inmediatamente, pero ella quería conservar su dignidad y dejar terminados
algunos cabos sueltos, así que lo dejaría para ese día y esperaba que la
pudieran acompañar en sus posibles últimos momentos.
- Madre, no digas eso – dijo Natalia, que parecía atónita con sus
palabras - ¿Por qué no hacerlo ahora? ¿Qué tal te pase algo en estos días?
- No me ha pasado nada en todos estos años. Estaré bien por unos días
más.
Alejandra vio a Karen, quien estaba avergonzada, y se retiró a llorar a
su habitación.
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