El secreto del señor Montana - parte 5
A las tres y cincuenta de la mañana, una mujer entró desesperada al
hospital, completamente angustiada. Trataba de preguntar a todas las enfermeras
y médicos por alguien, en vano. Natalia notó el alboroto e inmediatamente se
levantó de su silla, fue hacía ella, la abrazó y pronto se calmó sin decir
ninguna palabra.
Era una mujer mayor, y a diferencia de los demás, con la ropa que
vestía no demostraba ninguna riqueza. De hecho, eran las hermanas y su padre
quienes se diferenciaban entre todas las personas que estaban en aquella sala
de espera.
- Hija, ¿cómo está tu madre? – preguntó la mujer.
- Ya la operaron, tía Rosa. Ahora está en cuidados intensivos, pero aún
no podemos verla.
Rosa se calmó un poco más y se sentó. Vio a lo lejos al señor Sebastián
y lanzó un gesto de desprecio.
- No sé por qué sigue con él – dijo sin pensarlo, pero inmediatamente se
arrepintió al ver a Natalia – perdona, hija, yo…
- No te preocupes, tía. Todos sabemos que no te agrada papá.
Rosa volvió a abrazar a su sobrina. Parecía que abrazaba a su hermana
menor. Fue hace mucho tiempo que la veía peinar su larga melena ondulada con
las manos, un color de tono negro intenso, que la había acompañado desde los 15
años, Elena le contaba a su hermana los nombres que había escogido para sus
hermosas bebitas.
- La que primero nazca se llamará Natalia.
Ella será de suave carácter, gentileza innata y buenas costumbres. La segunda,
a quien pondré Karen, será muy activa, estará siempre atenta y tendrá miles de
amigos. La tercera tendrá como nombre Alejandra. Será ella la que llamará al
orden a sus dos hermanas, siempre analizando lo que pasa y pasará, tendrá un
carácter invulnerable. Aquella mujer será capaz de prever las situaciones y
tomar decisiones para manejarlas.
Pero Rosa no la escuchaba.
- ¿Cuándo vendrá Sebastián? Dijo que arreglaría el tejado. Se nos va a
caer encima. Y además no podemos seguir esperando que cambie las ventanas. Es
temporada de tormentas, el viento sopla muy fuerte y están llenas de agujeros.
- Ya vendrá. Trabaja muy duro, ahora que estoy embarazada…
- Ahora será peor. Las cobijas no serán suficientes para calentarte.
Siempre andas enfermiza, te duele la cabeza, los calambres…
- ¡Basta! Yo creo en él. Has eso por mí, considéralo un poco.
Especialmente ahora que vendrán al seno del hogar tres hermosas niñas.
Rosa se sentía indignada, pues había visto un par de veces cómo Sebastián
malgastaba el dinero que ganaba trabajando de albañil con su joven amigo Mauricio
en la taberna. Eran vecinos en un barrio popular y la casa de Rosa era una de
las más dejadas por falta de presupuesto.
Verlo gastando el dinero con un muchacho que todos decían que era un
ladrón la molestaba, y nunca abandonó ese sentimiento, mucho menos cuando meses
después las tres niñas nacieron en precarias condiciones, con una madre muy
enferma y su padre ausente porque debía ir a trabajar por varios meses a una
ciudad cercana para enviarle a tiempo dinero a su mujer.
Seis años más tarde, la situación no había cambiado.
- Y pensar que hasta lloramos porque no podíamos tener hijos – dijo Sebastián
durante un momento de camaradería.
- Ya lo ves, viejo amigo – le respondió Mauricio – Así son las cosas de
Dios. Cuando han de llegar, nos hacen esperar, nos hacen sufrir, nos hace
anhelar y al final nos han de recompensar. Todavía recuerdo cuando viniste
nervioso a contarme tal noticia, por un momento pensé que era mentira, pero
mira, ya casi cumplirán seis años. Tres
mujercitas, ¡qué alegría!
Con estas palabras Mauricio trataba de apoyar a Sebastián, ya que esa
cara de nervios que contrajo desde que su mujer le dio la noticia de su embarazo
por un teléfono de cabina, nunca desapareció de su rostro.
- Tengo algo que te hará sentir mejor – le dijo Mauricio metiéndose las
manos en los bolsillos. Luego sacó un papel arrugado – Se lo quité a Morris.
Sebastián recibió el billete de lotería.
- Se lo robaste, ¿no es así?
Mauricio rió un rato.
- Es tan borracho que ni se dará cuenta de que le hace falta. Además, ¿de
qué le serviría si lo ganara? Lo gastaría en prostitutas en dos días. Tú lo
necesitas más que él.
- ¿Cómo sabes que es el billete ganador?
- No lo sé. ¡Ten algo de fe! No podías tener niñas, ahora tienes tres. No
crees en los juegos de azar, y quizás mañana te ganes el premio mayor. Así son
las cosas de Dios.
Sebastián abrazó a su mejor amigo en agradecimiento y guardó el billete
sin mayores esperanzas.
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