El secreto del señor Montana - parte 4

Es la una de la mañana. El señor Sebastián nunca había tenido miedo sobre esa intervención que debía realizarse doña Elena, con quien compartía sus días desde hace más de 40 años. Sin embargo, un aire entre frío y caliente, entre seco y húmedo, entre temeroso y alegre, hizo que esa “despedida” lo hiciera pensar que quizá sería para siempre. Estaba frustrado. Quería despedirse de su esposa antes de la intervención. En verdad, no era una despedida para él, era un “ya nos vemos”, pero ahora ya no era nada.

El señor Sebastián recordaba que hace unas horas, mientras dejaba las firmas listas en su empresa, recibió una llamada en la que le informaban que su esposa había ingresado inconsciente al hospital y debían iniciar la cirugía inmediatamente. Era una voz conocida, de un médico, pero no recordaba cual.
Él le decía que doña Elena estaba conduciendo su carro en las cercanías y de pronto le vino el derrame. Gracias a Dios no fue un accidente grave, pues se estrelló a baja velocidad contra un barril de agua en el separador de la avenida. La policía de tránsito guardo el auto y una ambulancia trajo a la mujer al Hospital de  la Vera Cruz.

El señor Sebastián no perdió un minuto y entró al hospital cerca de las cuatro de la tarde. Ese aire todavía recorría su cuerpo y le producía  un cosquilleo inexplicable que iba y volvía por las piernas, el estómago, los brazos, su cabeza. Ingresó a la habitación donde una enfermera preparaba el material médico en una esquina.

– Elena, ya estoy aquí – dijo el señor Sebastián – Elena, disculpa si me demoré un poco ¿Elena?... ¡Elena! ¡Elena!

Los latidos del corazón del señor Sebastián se aceleraron mientras su cosquilleo le enfrío los pies, las manos, los labios…

- Hace unos 10 minutos la sedamos – trataba de tranquilizarlo la enfermera, mientras terminaba su labor – Ni usted ni nadie de su familia la alcanzó a animar para la cirugía
- Pero no ha pasado nada ¿verdad?
- ¿”Nada” como qué?
- Pues Elena… ¿se encuentra bien?
- Sí.  Por ahora solo duerme. Por favor retírese porque la sacaremos del cuarto y ahora mismo entrará a cirugía.

El señor Sebastián salió de la habitación y permitió que el grupo de enfermeros y enfermeras sacara en esa camilla inerte y lúgubre el cuerpo de su esposa, mientras su corazón empezaba a latir con más calma y ansioso se preparaba para verla con los ojos abiertos nuevamente.

- ¡Papá! ¿Dónde está mi madre? - dijo con voz agitada Natalia, la mayor de las hermanas, mientras apresurada movía los ojos, como buscando a su mamá por alguna parte.
- ¿Que dónde está tu madre? Esa no es una pregunta para hacer a esta hora - respondió enfurecido Sebastián.  No se perdonaba no haberse despedido de su esposa.
- ¿Acaso desde hace tres días no sabías a qué hora entraría a cirugía? ¿Acaso tu memoria sólo sirve para recordar marcas de carros y de ropa?
- ¡Natalia! ¡No lo puedo creer de ti! No sabemos si tu mamá volverá a salir de ese quirófano y ¡mírate! Acá, con total descaro preguntándome que si todavía está “por ahí”.
- Espero que la hayas disfrutado mucho en todos estos años porque si no sale de ahí… ¡jamás te lo perdonaré!

Natalia estaba perpleja ante la actitud de su padre que daba ya a su mamá por muerta.  Sus palabras reflejaban la poca fe que tenía el señor Sebastián del éxito de aquella riesgosa cirugía. Después de su regaño solo hubo silencio.

Acto seguido entraron corriendo sus hermanas Karen y Alejandra, por el mismo pasillo que usó Natalia, también agitadas y con los ojos nerviosos, pretendiendo encontrar a su madre por alguna parte de ese blanco y frío hospital.

–     Papá, ¿qué ha pasado? ¿Ya entró mi madre? - dijo Karen.
- ¡Y te atreves a preguntarme! - dijo Sebastián.


Natalia tomó a sus hermanas de las manos y las sacó pronto del lugar.

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