El secreto del señor Montana - parte 3
El reloj marca ahora las diez y cuarenta y cinco de la noche. Mientras
se hallaban en aquella sala de espera Alejandra indagó a Karen por la
conversación que hacía unos minutos había sostenido por su teléfono celular.
- ¿Tú confías aún en esas personas? ¿Se te olvida acaso lo que le pasó
a Mauricio el verano pasado? – el silencio era tenso.
- Mira Alejandra, ellos son MIS amigos. Lo que le pasó a Mauricio fue
culpa de él. Cada uno es culpable de su destino y por eso terminó en… en eso –
respondió notablemente enojada Karen.
- Creo que no deberías ir a aquella fiesta – dijo Alejandra mientras
veía en el reloj de pared el encuentro imborrable del minutero con el horario –
Cada instante que vives, es invariable.
Alejandra hacía referencia a Mauricio Balmoral, un primo de la familia,
aunque no se sabía de parte de quién. Vivía su vida empedernida de soltero y de
una renta sin saber nadie de dónde salía. A pesar de la diferencia de edad, era
el mejor amigo de Sebastián, y las chicas lo trataban como un hermano mayor.
Mauricio solía presentarse con cierta frecuencia a las fiestas de
ricos, a las que después asistía acompañado de Alejandra. Así conoció muy bien
todo el tema, por eso aconsejaba a Karen de no asistir. Recordaba como Mauricio
trataba de protegerla todo lo posible, pero ahora no estaba, y hacía lo mismo
con su hermana, a quien actualmente invitaban a menudo y ella gustosa asistía.
Ahora que había abandonado ese mundo, ella no estaba orgullosa y
maldecía el día que desobedeció a Mauricio y aceptó salir con César Forero. En
una ocasión, la invitó a uno de esos certámenes que, como era habitual, se
celebraba en una lujosa hacienda en las afueras de la ciudad. En aquellas
alegres romerías los chicos que asistían eran testigos y protagonistas de todo
tipo de prácticas: sexo, drogas, alcohol, lesbianismo, sustancias alucinógenas,
orgías.
- ¡Qué ambiente! - dijo Alejandra expresando sonidos de sorpresa en un
tono elevado, que contenía cierto aire de emoción. A César le gustaba
escucharla mientras aparcaron en el lugar.
– Eso no es nada nena. Espera a que pasen unas horas y verás como nadie
quiere salir de aquí.
Era común que César cada fin de semana se llevaba a la cama a la chica
que más le gustaba o a la que sus amigos le propusieran, sí, se trataba de ese
tipo de apuestas que se hacen más por ratificar su hombría que por dinero. Lo que quería César era demostrarlo ante sus
amigos universitarios que siempre se planteaban esos retos de conquistar
mujeres altas, morenas, rubias o simplemente aquella que llamara la atención de
esa manada.
La víctima en ese momento era Alejandra, que había sido la escogida
mientras ésta pasaba las tardes sentada en el parque, buscando reflexionar sobre
la dura situación de su mamá. La manada la observaba cuando salían del centro
comercial y de inmediato haciendo un círculo casi perfecto rifaban entre César Forero
y Tomás Morelos, cuál de los dos tendría los cojones para conquistar aquella
solitaria dama, que lucía desde lo lejos del parque como una excelente carnada
para llenar de compañía y de amor. A través de un juego de cartas, el ganador
había resultado ser César.
- Veo que la fiesta empezó desde
hace un rato - dijo Alejandra
- ¿Por qué lo dices?
Los dos tenían que hablar muy fuerte para alcanzar a percibir lo que el
uno le quería decir al otro, ya que los altos decibeles de la fiesta no daban
espacio para el murmullo.
– Es que ya hay gente bastante
ebria, se nota, mira como bailan, están más que alegres hoy – dijo
sarcásticamente.
– Sí, así como vez, ya hay
varios que se están gozando la noche y eso que hasta ahora estamos empezando –
dijo César.
Un poco más animada por las risas, los cambios de pistas y las sonrisas
de César, Alejandra se animó a bailar.
– Toma un poco de esto, hace
mucho calor adentro y seguro te aliviará.
Alejandra, sin dudar en la mirada angelical, cejas pobladas y rostro de
porcelana de César, tomó con su mano izquierda la copa que éste le alcanzaba.
– Tomaré sólo un poco porque
no me gusta mucho la bebida.
– No te preocupes. Será lo
único que beberás… eso sí, tómatelo todo porque te garantizo que será la única
forma en la que todo el calor que sientes se vaya de tu cuerpo.
Risas, una mirada coqueta y de una levantada, toda la copa
adentro. En verdad hacía calor en ese
lugar. Alejandra, sin embargo, en medio
de la inocencia que su poca experiencia en hombres le daba, no sospechaba lo
que se avecinaba. César había vertido en su copa un polvillo que hacía
prácticamente volar la cabeza de quien lo tomara. Lo vertía usualmente para
ganar más rápido sus apuestas, ya que no le gustaba llevar chicas borrachas a
la cama, sólo buscaba un leve estado de inconsciencia en ellas para
convertirlas en su presa.
A partir de ese momento Alejandra se convirtió en la reina de la
fiesta: gritos, bailes, risas, movimiento de cabello al ritmo de las pistas y
muchos coqueteos con César Forero fue el tema de su velada.
Entrada la madrugada y poco antes de que amaneciera, César alistó su
envestida: tomó a Alejandra de la mano, la arrastró hasta su carro y allí… como
el más consagrado de los amantes la envolvió entre sus brazos, abrió su broche
de pantalón, lo bajó, y recorrió con besos cada una de sus piernas. No parecía
una apuesta sino todo un rito de amor. Acto seguido tomó su blusa y lentamente
la subió, llegó a su sostén y con su mano derecha lo desató mientras que con la
izquierda en movimientos circulares besaba uno de sus senos.
- ¡Qué haces! - gritó de repente Alejandra, furibunda.
– ¡Eh! ¡Nada! Yo te invité al coche, y tú quisiste que viniéramos acá –
respondió César muy nervioso y también avergonzado.
– ¿Eso es cierto? ¿Qué hora es? ¿Cuánto tiempo llevamos acá? ¡Por Dios!
¡Estoy casi desnuda, César! ¿Qué has hecho?
- Sólo vístete, te llevaré de
regreso a tu casa.
Hecha un mar de dudas y con los ojos ensimismados, Alejandra no
pronunció palabra mientras César conducía hacia su casa. No podía creer que
hubiese tomado tanto como para no recordar lo que había pasado, peor aún, no
podía creer que en la primera salida con aquel hombre estuviera a punto de
tener relaciones con él.
Si bien era joven y apuesto, Alejandra no era de las mujeres que se
acostaba con alguien por mero placer. No
dudaba que algo había pasado durante esa fiesta, pero ¿qué pudo ser? De no
haber reaccionado a tiempo, ¿qué más habría pasado? Esas fueron las preguntas
con las que la chica se bajó del carro de César. Ni siquiera se despidió, le
pareció descortés de su parte que la hubiese dejado exceder en trago cuando
ésta le advirtió en primer lugar lo poco amiga que era de él.
- ¡Qué buena que estuvo tu salida,
Alejandra! Mira que son casi las seis de la mañana y hasta ahora llegas a casa
– dijo con sarcasmo Ana.
Sin embargo, ella la vio a los ojos con una sobria mirada.
- Buenos días – fue lo único que
dijo, y subió a la habitación.
Comentarios
Publicar un comentario