El secreto del señor Montana - parte 1

Esa noche era quizá la más fría de todas las que jamás su cuerpo había sentido. Ella estaba acostada en una cama de hospital, con los ojos cerrados. Sentía que el viento soplaba más fuerte que antes, que la parte del tejado que se había roto aún continuaba sin arreglar, que las ventanas tenían agujeros por donde se filtraba el frío, y las cobijas ya no eran lo suficientemente gruesas como para dar el calor suficiente…

Una hermosa joven de cabello largo y negro está sentada en la sala de estar del Hospital de la Vera Cruz. “Estas serán las 24 horas más largas de mi vida” pensó Natalia mientras veía su reloj de oro, que daban las cuatro y veinte de la tarde. A pesar de su elegante vestido de uso casual, no tuvo problema en sentarse en las sillas plásticas del hospital público, observando de reojo que algunas de las que estaban desocupadas estaban rotas o sucias.

Un poco más cerca, otra mujer parecida caminaba por el pasillo de manera impaciente, mientras atendía una llamada con su moderno teléfono celular. Tenía un vestido más juvenil, con jeans y zapatillas.

-  ¡Sí! Me quedaré unos minutos más. Yo te prometí que iría y allí estaré – se hizo un silencio corto –. Perfecto, confía en mí, ya tengo lo que me pediste.  Iré a casa y luego te veré donde acordamos - Karen colgó y tomó aire. Nadie habría adivinado que conversaba con un amigo suyo.

En otro punto una pareja hablaba con un tono tenso, pero en voz baja tratando de disimularlo en vano. Ella también se parecía a las anteriores chicas, con un vestido más formal, como de oficina, y él, un hombre mucho mayor que ella, vestía un traje que lo identificaba como un gran ejecutivo.

- Esto no saldrá bien, no saldrá bien, siento que lo mejor es esperar un poco más – dijo Alejandra.
- ¿Esperar? ¿Crees que es justo esperar más? Llevamos tres años en esta espera… Realmente yo no aguanto más, y tampoco tengo el aliento para esperar más – le respondió Sebastián Montana.

Las tres mujeres de veintiséis años cada una, presumían de su considerable lazo de sangre inquebrantable. Eran las reconocidas hijas de doña Elena del Rey y Sebastián Montana. El apellido era reconocido en la sociedad y muchos creían que eran de descendencia europea o al menos americana, que habían llegado casualmente al país y que se habían instalado con éxito.

Vivían en una hacienda enorme, con viñedos y muchos empleados. Las tres hermanas fueron educadas en los mejores colegios y ubicadas en las mejores universidades. Tenían en mente que ese lujoso hogar debía ser llevado con gran responsabilidad cuando lo heredaran todo. Eran varios empleados los que se debían comandar, y para seguir recogiendo riqueza había que continuar dirigiendo a todos muy bien, con la cabeza.

Natalia Montana del Rey era una mujer de grandes atributos, cabello largo y negro, tez blanca, casi pálida, de ojos grandes poco expresivos. Se había vuelto toda una profesional el área de los negocios: lo que quisiera para consolidar su fortuna se convertía en toda una realidad, sabía el momento oportuno para invertir, cómo gastar, cuándo ahorrar y hasta dónde llegar si de dinero se trataba.

Karen Montana del Rey era muy parecida físicamente a la primera, sólo que se había hecho algunas modificaciones estéticas que la diferenciaban de Natalia.  Su figura era escultural, parecía casi una princesa, en su cabello siempre lucían unas perfectas extensiones rubias que según ella la hacían ver más agraciada; sus senos redondos y bien puestos, sumados a sus largas piernas y prominente derrier, la hacían el deseo de los hombres. Cultos, estudiosos, callejeros, de color… todos en algún momento habían despertado sus más bajos instintos mundanos, y sexuales también, por la segunda de los Montana.


Alejandra Montana del Rey realmente fue la única que heredó los rasgos de doña Elena del Rey. Siempre calculadora, atenta al comportamiento de sus hermanas, con una fuerte dedicación a sus propósitos y capaz de enfrentarse a quien fuera para defender sus ideales y pensamientos.  No llamaba la atención como su segunda hermana, pero sí tenía las curvas suficientes como para tener a su lado a cualquier hombre.

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