Un amor de invierno - parte 7
Anderson Guti iba a ser, dentro de pocos años, un reconocido doctor
experto en enfermedades raras, además de ser un hombre felizmente casado. Les
diría a sus dos hijos que todo se lo debía a un periodista mexicano, que un día
lo encontró en un hospital por casualidad.
Pero el periodista no sólo le había cambiado la vida a él, sino que
muchas cosas cambiaron ese día. Eso era lo que le gustaba al doctor Anderson:
las casualidades, los amigos, y la medicina. Pero si había algo que le
disgustaba era tener que dar malas noticias a los familiares de los pacientes,
las recetas con champiñones y las corbatas con puntos.
Aproximadamente cuarenta minutos antes del encuentro entre el doctor
Anderson y el periodista mexicano, una situación realmente confusa se vivía en
la casa de Andy Rivera. Juano dijo que iba a llamar una ambulancia, pero Luis
dijo que no había tiempo, que había que llevarlo al hospital más cercano de
manera inmediata, mientras levantaba con un poco de esfuerzo a Andy y lo
colocaba sobre un sillón. Enseguida fue detrás de la mesa. Lina dijo que alistaría
a un conductor, pero Julio le dijo que no había personal. Juano dijo que él
conduciría y salió con Lina.
Luis alistó unas cosas en un paquete, las guardó en el bolsillo y con
ayuda de Julio levantaron a Andy y lo llevaron hacia el carro. En el camino, Julio
le dijo a Luis que confiaba en él. Luis le dijo que podía hacer algo, mientras
llegaban al hospital. Todos entraron al carro. Lina iba adelante y los demás se
acomodaron atrás, tratando que Andy quedara recostado. Juano preguntó por el
hospital más cercano, y Lina le respondió que era el hospital de Tívecre.
Mientras ella lo guiaba por las calles y avenidas, el cuello de Andy se
hacía más grande. Luis sacó del paquete un tubo que usaba para desangrar. Lo
introdujo suavemente por la boca de Andy.
- Si se le cierra la garganta se asfixiará.
Pero Andy respiraba cada vez menos. Luis soplaba a través del tubo, aun
así dijo que no estaba funcionando. Estaban a casi diez minutos del hospital.
Luis parecía nervioso y pensativo. Julio lo notó.
- Si tienes que hacer algo, hazlo – dijo Julio.
Julio asentó decidido y sacó un descorazonador del paquete. Era un tubo
metálico largo y delgado, con un lado afilado terminado en punta de V. Lina lo
vio por el retrovisor.
- ¿Qué vas a hacer?
- Una traqueostomía.
Luis tocó la garganta hinchada y rápidamente enterró el descorazonador.
- No se preocupen – dijo Julio – Sé que se salvará.
Apenas el carro se estacionó, varios enfermeros y médicos trasladaron a
Andy a Urgencias, donde lo examinaron y diagnosticaron. Luego de una hora, una
enfermera se acercó a los demás y les dijo que ya había salido de peligro y lo
llevarían a una habitación en los pisos superiores para que se recuperara.
Julio se alejó un poco y se dirigió al vestíbulo, donde le pidió a la enfermera
si era posible que lo contactara con el doctor Anderson Guti. Ella le dijo que
sí, que haría lo posible por traerlo.
Unos minutos después, se acercó un hombre grande de finos modales. Por
la bata de médico y la ausencia de corbata con puntos, Julio reconoció al
doctor Anderson y él también lo saludó de inmediato. Julio le explicó la
situación al doctor y él dijo que iba a encargarse. Luego le sonó el bíper y se
despidió cortésmente.
Media hora más tarde, una enfermera le avisó a Lina que su padre ya
podía recibir visitas. Los demás subieron con ella. En el pasillo encontraron
al doctor Anderson saliendo de la habitación 811, y al ver a Julio y los demás
les dijo que la cricotiroidotomía, nombre real del procedimiento practicado por
Luis, había sido impecable. Julio le dijo que el encargado había sido Luis
Carlos y lo felicitó una vez más.
Lina prefirió entrar sola a la habitación y el resto estuvo de acuerdo.
Julio le habló al doctor acerca de la
extraña enfermedad de Lina. Le describió los síntomas y la medicina que ella le
había dicho y Anderson escuchaba con atención. Luego le dijo que podía tratarse
del misterioso síndrome de Quigar y que, si era así, no debía preocuparse,
porque el año pasado habían encontrado la cura en un laboratorio de
Massachusetts.
Luego Lina salió y preguntó por qué su padre estaba dormido y el doctor
le dijo que había sido por un calmante, pero que pronto despertaría. Mientras
el doctor y Lina cruzaron unas palabras, Juano y Luis se levantaron para entrar
a la habitación. Julio había notado que Juano miraba cierto tiempo al doctor,
pero no le decía nada.
- Lánzate – le dijo Julio sutilmente – Sé que está soltero.
Juano miró a Julio y sin hacerle caso entró a la habitación. Luego él
entró con el doctor, y Lina se quedó afuera. Luis dijo que parecía que ya no habría
complicaciones, así que regresaría a casa. Juano parecía nervioso e incómodo
por la presencia de Anderson y dijo que acompañaría a Lina en el pasillo.
Julio observó a Andy. Ya no estaba hinchado y tenía un enorme parche en
la garganta. Julio le dijo al doctor que quería disculparse con Andy, pero
mejor esperaría a que despertara.
- ¿Y cómo va tu situación? – preguntó el doctor Anderson – Escuché que te
están buscando por México.
- Por más que busco una solución, no la encuentro. Estoy tratando de
resolver ese… maldito problema. Terminaré con esto, y quizás me vaya a España.
- ¿Huirás el resto de tu vida?
- Si no hay más remedio.
- Siempre lo hay. Hasta las enfermedades más extrañas tienen remedio.
El bíper del doctor sonó y él dijo que debía irse ahora. Justo antes de
salir, Julio le preguntó que qué tal le parecía Juano y él doctor sólo sonrió.
“Picarón” dijo, y se fue. Julio decidió irse también, cuando sorpresivamente
Andy, con voz ronca, le pidió que esperara.
- ¿Por qué te están buscando en México?
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