Un amor de invierno - parte 6
Andy
Rivera era el predestinado presidente del Banco Rivera que había sido de toda su
familia durante generaciones desde la Primera Guerra Mundial. Le gustaba su
empleo. La fascinación por los números y los cálculos, heredada por la parte
materna, evitó que rompiera con la tradición. Estudió en las mejores
universidades, y entró a sustituir a su padre antes de graduarse. En unos meses
sería el presidente. Le gustaba también las comodidades a las que estaba
acostumbrado, pero odiaba el maní, los movimientos subersivos y que los
clientes de su banco no pudieran adquirir prestamos por falta de requisitos.
Últimamente
la vida se le iba en cada vez más reuniones empresariales. Tenía que viajar a
otras sedes en otras ciudades y a veces no dormía en casa. Esto ocasionó varias
peleas con Santiago, quien en su última pelea le dijo que él salía de casa una
o dos noches, pero él duró más de seis meses por fuera, hizo cosas
irreversibles, y nunca lo había culpado.
-
Dígame, ¿cómo estuvo su viaje? – le preguntó Andy a
Julio, aún en el recibidor.
-
No estuvo nada mal. No me gusta viajar mucho.
-
Jum. Es curioso. Santiago decía lo mismo. Prefería el
trabajo editorial sin tener que moverse mucho. ¿Cuánto tiempo se quedará aquí?
-
Entiendo que debe parecerle incómodo que me encuentre
en su casa. Llegué aquí para resolver el problema e irme cuanto antes. Lamento
las molestias. Buscaré un hotel y me iré.
Andy
no cambió su actitud de seriedad, pero no dejó de mirarlo.
-
Sígame, Julio. Por favor.
Entraron
a la sala. Andy le hizo un ademán para que se sentara en un sillón frente a una
chimenea, mientras él se dirigió hacia ella. Sobre la chimenea habían varias
botellas y copas. Sacó una botella de whisky y sirvió dos tragos.
-
Es muy temprano para beber – dijo Julio.
-
Las dos son para mí - luego se sentó en otro sillón,
también frente a la chimenea – La temperatura está descendiendo – dicho esto,
tomó un control remoto en una mesita que estaba a su lado y encendió la
chimenea.
Julio
ya estaba un poco incómodo y se iba a levantar, cuando Andy volvió a hablar.
-
Me siento incómodo. Es cierto. Pero no, señor Julio, no
es usted quien me incomoda. Tampoco lo odio, ni siquiera me cae mal.
-
Es normal que sienta cualquiera de esos sentimientos
hacía mí.
-
Pero no los siento. Simplemente estoy frustrado. Cuando
Santiago regresó de Buenos Aires estaba raro, más de lo normal, pero nunca me
imaginé por qué. Un mes después era nuestra boda. Lo había hecho cómo él la
quería: una ceremonia en la Catedral, una recepción para 500 personas en el
Club de Yates, una orquesta sinfónica. Incluso el traje blanco que había pedido
a un sastre italiano ya había llegado. Pero de repente él lo canceló todo. Dijo
que aunque quería seguir viviendo conmigo, no quería casarse. Pasaron venticinco
años para enterarme por qué no quería casarse: ya estaba casado. Explíqueme,
por favor, ¿Qué hizo usted, para casarse en tres meses de conocerse?
-
Eramos estudiantes. No tenía idea.
-
¿Acaso nunca le habló del compromiso que tenía aquí?
-
Tal vez lo hizo. Fue mi culpa, le pedí que no me dijera
nada. Que viviera el momento.
-
¿cómo se casaron?
-
Un día caminábamos junto al río, y nos casamos. Había
cerca un lugar para hacerlo oficial. Era fácil. Estabamos enamorados, al menos
yo lo estaba. Santiago regresó y no volví a saber de él.
-
Se lo prohibí. Me confesó que tuvo un amorío y le pedí
que por respeto a nuestra relación no te volviera a contactar. Tal parece que
lo hizo.
-
También yo se lo pedí. Antes de irse, supe que
retomaría su relación. No habría futuro para lo de nosotros, así que le pedí
que me olvidara. Fue dificil los meses siguientes, pero confieso que cuando
Juano me llamó, casi no logro recordarlo.
Andy
lo miraba a los ojos, y luego miró al suelo. Tomó el último sorbo de whisky y
apretó otro botón del control remoto. Julio miró hacia toda la habitación para
ver si algo cambiaba. De pronto entró Luis. Ya estaba vestido. Desde donde
venía lo veía directamente y Luis supuso que fue él quien lo llamaba, así que
su expresión se relajo, pero de pronto vio a Andy y de nuevo se cuadriculó como
un robot.
-
Señor Andy, buenos días. No me di cuenta de su llegada.
-
Buenos días Luis. Prepárame un desayuno, por favor.
-
Por supuesto. El señor Juano y la niña Lina están aquí.
-
Bien, iré a saludarlos.
Andy
se levantó sin más y salió de la habitación. Julio estaba pensativo.
-
Señor Julio, noté que estaba horneando unas galletas.
-
¡Ah sí! ¡Se quemarán!
-
No, señor. Ya las saqué del horno.
Julio
se levantó y Luis apagó la chimenea con el control remoto. De pronto escucharon
un grito de Lina. Venía de la cocina. Julio y Luis corrieron hacia ella. Juano
bajaba por las escaleras por la misma razón: Lina estaba junto a su padre,
quien yacía en el suelo. Al lado de él estaba el mesón con la bandeja de
galletas.
-
¿Qué pasa? – dijo Juano.
Luis
empezó a revisarlo y dijo que estaba respirando, aunque se estaba hinchando.
Luego miró la bandeja.
-
Las galletas, ¿tienen maní? – preguntó Luis.
-
Pues sí, les puse maní y almendras.
-
¡Oh no! – dijo Lina
- Ay no – dijo Juano.
-
¿Qué sucede? – preguntó Julio.
-
Mi padre es gravemente alérgico al maní.
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