Un amor de invierno - parte 5
Luis Carlos soñaba que conducía hacia un abismo justo antes de
despertar, debido a unos sonidos que escuchó al otro lado de la sala. Al
levantarse, notó que su reloj despertador estaba desconectado. Verificó con su
reloj de bolsillo y notó que eran casi las nueve.
- ¡La niña Lina!
Se puso una bata rápidamente para salir a recibirla, pero ella ya había
entrado. Julio César había abierto la puerta y ya estaba charlando con ella en
la cocina, mientras le servía una taza de café sin azúcar.
- ¡Luisqui querido! – dijo la mujer – Pensé equivocarme de casa. Menos
mal este caballero me abrió.
- Discúlpeme niña Lina. No sé qué pasó, mi despertador estaba
desconectado.
- ¡Ah! Fui yo – dijo Julio – no quería que te levantaras tan temprano
hoy.
- ¡Usted! Pero… ¡oh! Y los empleados, ¿los ha recibido?
- Pues, un grupo vino temprano, y los despaché.
- ¡No! Hoy será un día largo.
- No se preocupe, yo puedo ocuparme de este lugar.
Luis Carlos no estaba seguro de lo que estaba pasando.
- Señorita Lina, permítame subo su equipaje.
- Qué lindo Luisqui. Me gusta tu aspecto más liberal. ¿Y mi padre está
aquí?
- Parece que no ha llegado. Si llegó en la madrugada no me he enterado.
Lina y Julio continuaron conversando. Julio preparaba masa para
galletas. Ella era bastante locuaz y alegre, lo cual atribuía a su educación, y
en pocas preguntas se enteró que era traductora oficial de las Naciones Unidas,
que le gustaba bailar hasta no sentir las piernas, le gustaba la historia y la
diplomacia, las novelas de romance, y como Mafalda, soñaba con la paz mundial a
través de las traducciones positivas entre los mandatarios mundiales.
Odiaba las peleas, los ratones que el tío Juano criaba y con los que la
asustaba desde que era niña y que la molestaran porque no podía comer dulces ni
chocolates. Lina le dijo a su interlocutor que sabía la historia, que su padre
se lo había contado y que no lo culpaba de nada. Al contrario le caía muy bien
y por eso le contaba todo.
- ¿Con cuál padre hablaste?
- Con papá Andy. Me lo dijo después de que muriera papá Santiago.
Julio notó la expresión de pesar de Lina y prefirió cambiar de tema.
- Y dime, ¿Por qué no comes chocolates? ¿no te gustan? Es una lástima,
traje chocolates mexicanos. Son los mejores.
Lina sonrió y volvió la alegría a su rostro.
- No es por eso, señor Julio. Verá, como es evidente, fui adoptada recién
nacida. Mis padres biológicos habrán tenido sus motivos. No los culpo. Sin
embargo, cuando probé mi primer chocolate, no tendría más de cuatro años,
apenas recuerdo su delicioso sabor, pero después vino el dolor. El caso, es que
los médicos descubrieron que sufro de una extraña enfermedad – Lina sacó un
frasco de pastillas de su bolso – Estoy medicada de por vida. Ya estoy acostumbrada.
Tolero un poco de azúcar, pero no puedo comer dulces o chocolates. El dolor es
espantoso.
- No puede ser. ¿No hay cura?
- Los médicos fueron convincentes. No la hay. Pero no hay que
preocuparse. Siempre ha sido así. Pero basta de mí. Hábleme de usted, señor
Julio. Todavía hay cosas que no entiendo.
- Deja el “señor”. ¿Qué quieres saber? ¿Qué quieres que te aclare?
- Bueno, papá Santiago era políticamente de derecha. En esta casa todos
lo somos. Toda su familia lo es. Tiene primos en altas posiciones de las Fuerzas
Militares, y creo que el obispo es primo de la familia. Y eso que no te digo de
papá Andy. Pero tú eres de izquierda, creo. ¿Por qué terminaron casados?
- Pues bien – dijo Julio después de tomar un poco de aire – soy liberal.
Pero la cosa no es tan simple. Creo en el comunismo como corriente y filosofía.
- Perdona, pero yo opino que hoy en día creer en el
comunismo, ya sea a favor o en contra es como creer en el Señor Arolsen[1]:
infantil e ingenuo. Quienes presumen de ser comunistas son en realidad regímenes
militares capitalistas con banderas pintadas de rojo. Simplemente unos pocos
miembros del gobierno se adueñan de todo en lugar de unos particulares, pero en
sí es lo mismo.
- Es una ideología que se opone a los intereses de la otra política, la
cual va en busca de otros intereses o beneficios. Por lo general, la izquierda
está con el pueblo, su interés es el bienestar social y la igualdad en la
sociedad.
- No puedo estar de acuerdo con aquellos que para pedir educación
gratuita deben destruir una universidad. Todo es un desorden. Las personas de bien
terminamos pagando todo.
- Eso es un error. Hace mucho, la desobediencia civil era un acto de
último recurso. Después fueron jóvenes impulsivos, que cambiaron la protesta
sana y mezclaron todas las cosas. Quizás lo hacían de buena fe, quizás los
malinterpretaron, quizás los sabotearon los encapuchados. Hay muchas maneras.
Julio continuaba
amasando.
- Aquellos olvidaron que no hay nada más fácil que ponerse de acuerdo,
generar un reclamo más homogéneo, buscar un líder que genere oposición y
presentar propuestas. Con todo eso, se vuelven a llenar todas las plazas de
cualquier país. Después de todo estamos en democracia.
Julio hacía unas bolitas con la masa.
- Además, el desorden es el estado natural de todas las cosas,
incluyendo la vida misma. Por supuesto la mía. Y por último, yo siempre he
pensado que los hombres y mujeres de "bien" sólo siguen
instrucciones, nosotros nos divertimos – Julio miró a Lina y la vio sonriendo
interesada en la conversación – ¿Quieres masita?
- ¡Por supuesto!
Lina sonrió y comió un poco de la masa para galletas. Su conversación
era alimentadora, aprendiendo uno del otro, y divirtiéndose con el diálogo. De
pronto, sonó un teléfono celular, era el de Lina, quien tuvo que disculparse y
se retiró a su habitación.
Luego
Julio César, como si recordara algo, se dirigió al teléfono en el recibidor y
preguntó a Luis si podía hacer una llamada internacional. Él le indicó los
indicativos para marcar y se retiró. Julio levantó el teléfono y llamó.
-
Hola amigo, ¿Cómo va todo? Lo sé. Estoy tratando de
resolver el problema, aún no te diré donde me encuentro. Quería saber si
recordabas a aquel muchacho que conocimos en ese seminario médico. Ese, apellido
Guti. ¿En serio? ¿Estás seguro? No, no, por nada. Me sorprendí. Debo colgar, no
sabes lo costoso que me salen estas llamadas. Adiós.
Julio
colgó mientras anotaba en una libreta. Sintió a alguien detrás de él. Pensó que
era Luis y no volteó inmediatamente.
-
Luis, puedes por favor decirme el teléfono del Hospital
de Tívecre… - al voltear vio a un hombre serio, muy bien vestido, con una
expresión intimidante y asombrada.
-
¿Quién es usted? – dijo el hombre, mientras cerraba la
puerta y dejaba el paraguas en su sitio, aunque de manera prevenida, sin dejar
de mirar a Julio.
-
Discúlpeme, soy Julio César Arango – dijo estirando la
mano.
-
¡Ah! Entonces es usted – dijo sin cambiar la actitud y
recibiendo la mano – Yo soy Andy Rivera.
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