Un amor de invierno - parte 4


Luis Antonio Carlos Sander Druon de la Villa despertaba casi todos los días a las cinco de la mañana. Luego de vestirse y peinarse, recibía entre cuatro y siete empleados y empleadas, incluyendo un cocinero y un jardinero. Le gustaba el poder que tenía. Le gustaba asignar una tarea a cada uno como si supiera lo que hacía. Le gustaba tanto como beber jugo de sandía durante el cálido viento de agosto. Al contrario le disgustaba era tener que frustrar su sueño, el cuál guardaba como un secreto y casi nadie conocía.

Lo único que superaba ese disgusto era que su sistema se saliera de control, así como que ignoraran sus órdenes. Había aprendido de Santiago a ser exacto en el tiempo, y nunca había fallado, hasta el día en que llegó Julio César.
Le había entregado un horario en el que establecía la hora de servicio de comidas, la cena, el almuerzo y el desayuno. Le recomendaba ser puntual. Llegar temprano le ocasionaría ansiedad, y no disfrutaría del plato. Llegar tarde enfriaría los alimentos, por lo que la puntualidad era más que necesaria.

Julio César había aceptado, aunque Luis supuso que no parecía escucharlo, pues se encontraba sacando la ropa de la maleta. La sacaba en desorden, la colocaba donde caía, no tenía ningún sentido del organización. Luis no podía inmiscuirse, así que simplemente se retiró.

A pesar de la recomendación, Julio César no llegó a la cena. Se enojó tanto que sólo se relajaba puliendo un juego de té de plata de 256 piezas. Estuvo en esa labor hasta que luego escuchó unos ruidos que parecían proceder de la cocina. Se sintió un poco inseguro, se dirigió al mueble donde se guardaba la vajilla y rápidamente sacó un bate de la parte trasera. Caminó hacía la cocina y se detuvo: era Julio César sacando algunos alimentos de la nevera y calentando lo que quedaba de la cena.

Cuando Julio César cerró la nevera, vio a Luis Carlos con el bate y se asustó tanto que se le cayó una cabeza de lechuga.
-      ¡Me ha metido un susto tremendo!
-      Señor, estas no son horas para estar en la cocina… ni para cocinar. Debió haberme llamado y le habría preparado la cena. Al menos debió avisarme que no se iba a presentar para la cena. Permítame continúo.
-      ¡De ninguna manera! No me gusta que me ayuden en la cocina.

Julio César le explicó que no tenía en cuenta los horarios e ignoraba la mayoría de reglamentos que, a su opinión, carecían de sentido, como el de comer cuando debía hacerlo en vez de comer cuando tenía hambre. Mientras le explicaba le pregunto si por casualidad tendría un pelador de papas. Luis abrió una gaveta, lo sacó y se lo alcanzó. Fue entonces cuando lo felicitó por tener una cocina tan completa, aunque con un tono extraño. Luis lo notó.
-      ¿Por qué me dice eso?
-      Además de lo normal, encontré un estante lleno de recetarios.
-      Eso es muy común.
-      Me refería a un libro azul… ¡Ah! – Julio César estiró la mano. Se había cortado con el pelador de papas por estar conversando.

Luis actuó inmediatamente. Sacó de otra gaveta un par de cosas. Le lavó la mano a Julio César, se la limpió con alcohol y le puso una venda.
-      No fue nada. Mañana estará sano. Ahora me retiro – Luis avanzó un par de pasos y se giró – debo pedirle por favor, que no comente nada acerca de ese libro azul.
-      ¿Acaso es un secreto?
-      Es algo que no voy a poder hacer nunca. No tiene caso hablar más del tema.
-      Dime hijo, ¿qué edad tienes?
-      Cumpliré 26 en enero. ¿Por qué?
-      ¿Sabes lo que siempre digo? Hay que hacer lo que deseamos. Si es para hacer bien mejor. Si te sientes bien al hacerlo, mucho mejor. Si tengo hambre, comeré. Si estoy cansado, dormiré. Si tengo un sueño, lo cumpliré. Aún estás a tiempo de ingresar a la…
-      Ingresaré a la escuela de servicio de mayordomos, y no se diga más. Así lo hizo mi padre, así lo haré yo.
-      Bien, vete a descansar. Pero antes dime algo, ¿por qué tienes ese libro?
-      Antes de que mi padre muriera, él era el mayordomo aquí. Fue mayordomo de Santiago y de su padre. Es un negocio familiar. Ese libro, me lo regaló el señor Santiago. Pero tengo que cumplir con la tradición. Por favor, no se lo diga a nadie.

Luis Carlos pasó por el comedor en dirección a su habitación y vio el juego de té de plata. Lo guardó con cuidado. Ya no estaba enojado con Julio César. Al contrario, pensaba que quizás tenía razón. Cerró la puerta de su habitación, se puso su pijama y se dirigió a la cama, pero se detuvo antes de acostarse. “¿Por qué no?” se dijo. Regresó a su armario y sacó una botella de agua. La abrió y se bebió la mitad. Parecía sorprendido.
-      Y parece que beber cuando se tiene sed funciona.

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