Un amor de invierno - parte 3


Juano Panneta era un cotizado soltero que no creía en eso. Su inseguridad lo llevaba a esforzarse por ser un excelente abogado en asuntos internacionales, y lo había logrado. A Juano le gustaba usar barba candado, comparar los versículos de la biblia con los algoritmos del álgebra de Baldor en su tiempo libre, y fumar puro cuando se sentía estresado. Al contrario le disgustaba el olor del cigarrillo, la ensalada de remolacha y que le coquetearan durante su rutina en el gimnasio.
Santiago era uno de sus amigos más antiguos y cercanos, siempre fue bien recibido en su casa. Tras su muerte, decidió quedarse unos días en su casa, mientras resolvía el tema del testamento.

Al llegar a la casa de Santiago, Julio César se sorprendió de su fastuosa grandeza, comparado quizás con lo que sintió el pobre Martín Lutero al llegar al lujoso estado pontificio. El auto se estacionó a la entrada y todos bajaron del auto.
-      Suponía que Santiago tenía dinero, pero no pensé que tanto.
-      Es de buena familia – dijo Juano – como su pareja. Son una de las familias más lucrativas de la ciudad.

Julio César se detuvo al escuchar “su pareja” y pensó si estaba haciendo lo correcto. Juano continuó caminando hacia la entrada.
-       ¿Va a entrar o se quedará en el porche?
-      Enseguida voy.

Al entrar a la casa, fueron recibidos por un hombre grande, pero de aspecto joven. Se dirigió de inmediato hacia Juano, con modales exactos.
-      Buenos días, señor.
-      Buen día – respondió y luego se dirigió a Julio César – Él es nuestro invitado, viene de muy lejos. Espero que lo haga sentir en casa.
-      Buenos días, señor – repitió de nuevo hacía el invitado – Mi nombre es Luis. En cualquier cosa que necesite servicio, no dude en avisarme.
-      Muchas gracias. Mi nombre, ya se lo dijeron. Julio César, igualmente si necesita algo, me avisa.

Julio César le extendió la mano. Luis la miró y rápidamente miró a Julio César y a Juano. En seguida le respondió. Juano sonrió por el hecho. Entendía que era algo que no sucedía muy a menudo. Le dio otra aspiración a su puro.
-      ¿Está?
-      ¿El señor? No ha llegado.
-      Bien.

Juano continuó su camino hacia una sala. El invitado trató de seguirlo, pero Luis lo detuvo.
-      Señor, me gustaría entregarle su habitación. Por favor sígame – luego  notó que estaba cargando su maleta - ¿Desea que le ayude con el equipaje?
-      No es necesario, gracias.

Subieron a un segundo piso. Julio César notó que varias habitaciones estaban siendo preparadas por varias mucamas.
-      ¿Cuántas personas viven aquí?
-      Tres, es decir, dos. El señor Santiago, alma bendita, con el señor Andy. Y yo. Soy un empleado permanente, el resto viene en la mañana y se va en la tarde.
-      Entonces, ¿por qué hay tantas habitaciones? Parece un hotel.
-      Además de su compañía, el señor Juano se está hospedando por unos días. También vendrá su hija, la señorita Lina.
-      ¿La hija de Juano?
-      No, señor. La hija del señor Santiago y el señor Andy.

Julio César se detuvo por segunda vez. Una hija. A cada paso que daba, se iba enterando que Santiago tenía una vida, por decirlo de algún modo, que había construido sin él. Una enorme casa, una pareja y una hija. Lo que él siempre quiso, lo que ambos habían querido. Los planes que habían hecho durante aquel invierno, Santiago los había cumplido. ¿Qué había hecho él mientras tanto?
-      Esta es su habitación, señor Julio César.
-      Gracias. Una última pregunta por favor.
-      Por supuesto.
-      ¿Qué edad tiene Lina?
-      Está por cumplir veinticinco años.

Julio entró a la habitación, y Luis se retiró cerrando la puerta. Él echó una rápida mirada. Soltó una pequeña carcajada y se dirigió a la cabecera de la cama. Quitó un crucifijo que colgaba allí y lo puso en un estante dentro del armario. Luego se acostó.
-      Creo que podré descansar en paz un poco.

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