Un amor de invierno - parte 2
Julio César era, hasta el momento que lo llamaron, un reconocido
periodista de oposición, llamados así quienes no estaban de acuerdo con el
gobierno central. Había destapado varios escándalos relacionados con
congresistas y lavado de dinero.
Ahora, mientras bajaba del avión en el Aeropuerto Internacional de
Ciudad de Tívecre, simplemente era un hombre robusto, con mirada calculadora,
que le disgustaba las multitudes y la tala de arboles, mientras que le gustaba
jactarse de ser un descendiente directo de Pancho Villa, de beber hasta seis
botellas de mexcal sin marearse y ponerle picante a todo. Se decía que nunca
viajaba sin una botella de su condimento.
El periodista tuvo maravillosos recuerdos mientras viajaba a Ciudad de
Tívecre, aunque era la primera vez que venía. Observó por la ventana que era
una ciudad muy grande. Al reclamar su equipaje y cuadrar su reloj a la hora
local, no pudo evitar notar que el lugar estaba muy movido y apenas era medio
día.
Vio rostros felices por los reencuentros de los viajeros. Él también se sintió
invadido por un extraño sentimiento de felicidad. De pronto vio entre la
multitud a un hombre que sostenía un aviso con su nombre. Era diferente a
todos, pues era un pequeño tablero electrónico. Los demás eran de papel y
cartulina, algunos hechos de manera calurosa y que provocaban una sensación
familiar, nada que ver con la fría bienvenida que le ofrecía el aviso con su
nombre.
El hombre que sostenía el aviso era un hombre mayor, con un traje
oscuro, con un semblante serio. “Supongo que debe ser aquel Juano” pensó Julio
César, mientras se acercaba a él.
- Buenos días, yo soy Julio César. ¿usted es el señor Juano?
El otro hombre simplemente apagó el aviso y no cambió su seria
expresión. Casi parecía que sentía desprecio por todo.
- Buen día. El señor lo espera. Por favor permítame el equipaje.
Julio comprendió lo que la pasaba: el hombre estaba al servicio de
alguien más. Su traje bien planchado era un uniforme. No podía tolerar algo
así. No soportaba la diferencia de las clases sociales.
- Sólo lléveme con ese tal Juano. Yo me encargo de mi equipaje.
El otro hombre no cambió la expresión y avanzaron hacia los
parqueaderos. Caminaron en dirección a un carro negro y brillante. Julio notó
que una ventana de la parte trasera estaba un poco abierta y de allí salía
humo. Evidentemente de cigarro, y por el olor, era costoso. Los vidrios eran
oscuros. El hombre abrió la puerta trasera, al otro lado de donde salía el humo
y le hizo una señal con venía indicando que ingresara. Así lo hizo.
Adentro estaba un hombre más joven y elegante, que al ver a Julio
entrar apagó el cigarro y cerró la ventana.
- Señor Julio César. Admito que lo imaginaba un poco… diferente.
- ¿Debo suponer que es usted el señor Juano?
- Disculpe mis modales. Así es, Juano Panneta. Como le comenté por
teléfono, soy el abogado y administrador de los bienes del señor Santiago
Roseto.
- ¿Qué pasó con él?
Juano cambió la expresión. El carro empezó a avanzar y el abogado
miraba por la ventana. Parecía que no tenía preparada una respuesta.
- Fue un accidente. Murió de asfixia al tragarse un maní. Se encontraba
solo, así que lo encontraron al día siguiente en su habitación. Tal vez si
hubiera contestado…
- ¿Contestado?
- Estaba peleando con su pareja. Siempre que lo hacían, él se quedaba en
casa, veía una película y a veces me llamaba para que lo acompañara. Era un
buen amigo también, pero inseguro e indeciso. Sin embargo, ese día estuve muy
ocupado y no contesté ninguna llamada. No hubiera pensado que me iba a llamar.
- No se culpe.
- Es una tontería. En fin. Primeramente le agradezco que haya venido. Así
podremos resolver este pleito cuanto antes.
- No le entiendo, ¿un pleito? Pensé que venía por una cuestión del
testamento.
- Exactamente. El señor Santiago tiene una hija y una pareja con la que
ha convivido durante veinticinco años. Sin embargo, el testamento quedó con la
totalidad de los bienes a su nombre, lo que es extraño pues tengo entendido que
sólo se conocieron durante casi dos meses.
- ¿Por qué no lo impugnaron?
- No es tan fácil. El testamento está protegido por leyes internacionales.
- ¿Leyes internacionales?
- Usted es mexicano, Santiago es sabernalense, y se casaron en Buenos
Aires.
- No era algo en serio, éramos estudiantes, era fácil casarse. Esos
casamientos sólo valen allá.
- Señor Julio César. Un matrimonio internacional en Buenos Aires es tan
válido allá como en cualquier parte del mundo. Ha estado casado durante
veinticinco años.
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