Un amor de invierno - parte 12 (final)


Julio salió a la sala y tímidamente miró por una ventana confirmando los hechos. Atrás de él estaban Juano, Andy y Lina, preocupados.
-      Hay un helipuerto en la parte de atrás – dijo Andy – Llamaré a un amigo.
-      No, espere. Ya no voy a huir más.  Tengo que aprovechar el momento. Necesito de su ayuda.
-      Por supuesto, lo que necesites – dijo Lina.
-      Por favor, Luis, prepara la sala para recibir a los periodistas; Lina, ¿los contactos en los medios de comunicación de tu padre están afuera?
-      Apenas algunos, la mayoría son de tabloides amarillistas.
-      Por favor contáctalos, que estén aquí en menos de media hora.
-      Está hecho.
-      Juano, quisiera que me representaras legalmente.
-      Después de lo que hiciste por mí, será un honor. ¿Qué quieres que haga?
-      Debes salir a la entrada y decirle a los periodistas que los recibiré en una rueda de prensa.
-      No hay problema.
-      Andy, ¿recuerdas lo que me dijiste en tu habitación?

Andy hace un par de gestos.
-      Absolutamente.
-      Muchas gracias.

Andy regresa a su habitación y Julio va al estudio, donde rápidamente conecta su dispositivo, y descarga los documentos. Los edita añadiendo más información e imprime varias decenas de copias. Al llegar a la sala, Lina está allí con algunos equipos tecnológicos que puedan ayudarle y ya varios periodistas están presentes.

Julio inicia preguntando honestamente cómo fue que lo encontraron y alguien respondió que la llamada que realizó a México había sido rastreada. Luego, como si fuera una actividad lúdica, preguntó si alguno sabía por qué estaba tan lejos de México, la mayoría respondió que era porque estaba huyendo por el caso del acoso sexual. Él empezó a reír y dijo que si alguno tenía una sola prueba o sólo se basaban en lo que el principal canal había rumorado.
-      Colegas, no nos podemos basar en rumores. Sólo en los hechos.

De esta manera, expuso el tema por el que se ocultaba. Repartió el reportaje mostró las fotos, los videos y las grabaciones que probaban tanto su inocencia como la culpabilidad del senador Calles y del señor Parral.

La noticia pronto se hizo viral y llegó a México en 25 minutos, donde los dos hombres fueron arrestados y la reputación de Julio fue restaurada. La policía federal aseguró que el senador al verse acorralado iba a eliminar los giros ilegales de los empresarios, pero su cuenta fue bloqueada por el Banco de México, gracias a la ayuda de un tercero.

En la casa de Andy, los periodistas se han ido satisfechos, y Julio César recuerda que tiene sus maletas en la habitación.
-      Ya no tengo que huir. Regresaré a casa.

Juano se acerca y le recuerda que precisamente el día de hoy han llegado los litigios del testamento y ya tiene todo el papeleo preparado para firmarlos. Julio regresa con él al estudio y se sientan alrededor de una mesa redonda. Juano lee algunos puntos del testamento y le dice a Julio que si está de acuerdo debe firmar. Julio dice que confía en él y firma.

El documento va rotando por la mesa, donde firman Andy, Lina y Luis, como testigo. Después Juano termina de revisar los documentos restantes y dice que todo está en perfecto estado. Coloca los papeles en un maletín y le entrega un sobre cerrado a Julio. También le entrega un cheque de veinticinco mil dólares.
-      ¿Y esto? – pregunta extrañado.
-      Fue lo que firmaste. Un pequeño gesto de Santiago.
-      Me gustaría… me gustaría visitarlo.
-      No es posible – intervino Andy – su último deseo fue ser cremado, y sus cenizas se repartieron en distintos puntos de la ciudad.

Julio respiró hondo, guardó los papeles en el bolsillo y horas más tarde se estaba despidiendo de todos. Abrazó primero a Lina, luego a Juano y por último a Luis Carlos. Después le dio un apretón de manos a Andy, agradeciéndole además por su ayuda con los banqueros mexicanos.

-      Cuando quiera, es usted bienvenido, Julio – dijo sin quebrantar nunca el serio tono de voz.

El mismo hombre que lo recibió en el aeropuerto está listo para llevarlo de regreso. Se monta en el auto y se despide de todos mientras avanza, por última vez. Al subir al avión mete las manos en los bolsillos al sentir un aire frío, y luego saca la carta del bolsillo. Es un sobre viejo, con su nombre y una dirección en Buenos Aires. Al abrirla, está fechada hace 25 años.

“Mi querido Julio César: sé que te he prometido no volver a tener contacto contigo, así que está será la última carta que te escriba, y aún no sé si sea capaz de enviártela.

Dicen por ahí que los amores eternos, son los más breves. De eso ya no tengo duda. Fuiste  un regalo del destino, y como tal no puedo ser egoísta. Por mi lado, seguiré lo que me pediste, elegir a un hombre bueno y que no me lastime.

Muchas gracias por el invierno que me ayudaste a sobrepasar en Buenos Aires y que lo hicieron inolvidable para siempre. Te quiero, no sabes cuánto, y no sabes cuánto te voy a extrañar. Como lo dijo ella: “Me quitarás de quererte Llorona, pero de olvidarte nunca”.

Recuerda nuestro juramento.
Atentamente, Santiago.”

Julio abrazo la carta durante todo el viaje, y no se dio cuenta que se durmió durante el trayecto. Al aterrizar, se dio cuenta que todo estaba humedecido por las lágrimas.

Unos días después, Julio tomó posesión del diario donde estaba como subeditor, y era muy querido, y recuperó la confianza de la Sociedad de Periodistas. Unos meses después, le llegó una carta de Lina, donde le daba buenas noticias: su padre, Andy, era el nuevo presidente del Banco Rivera, y estaba muy orgulloso. Su experiencia cercana a la muerte lo había ablandado un poquito y a veces se le veía sonreír.

Luis renunció al servicio y estaba estudiando medicina. Según el doctor Anderson, era bastante prometedor. Hablando del doctor, se estableció finalmente en la Ciudad de Tívecre y tiene una relación con Juano, quien ya es menos tímido, y ya se deshizo de los ratones que tenía en casa. Por su parte, ella se recupera de su operación y ya ha probado los deliciosos postres mexicanos que Julio le dejó en una caja escondida en su habitación.

Julio no volvió a sentirse mal y nunca más quiso huir. Colocó la carta humedecida e ilegible en un portarretrato y siempre que alguien le preguntaba, él sonreía y contaba la feliz historia que había vivido en aquel invierno en Buenos Aires.

FIN


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