Un amor de invierno - parte 11
Luis lo cuestiona por saber qué está pasando y por qué está tan
preocupado. Julio le responde que podría no ser nada, pero ya está exhausto.
- ¿Un tequila?
- Está bien – dijo Julio, luego de vacilar unos segundos.
Se sientan en la barra de la cocina y Luis sirve dos tragos. Luego
Julio le dice que era de noche. Como subeditor, estaba trabajando en un reportaje
en la que mencionaba que el senador Calles, el cuál había sido elegido por la
izquierda popular, había apoyado una ley para rebajar los pagos del sindicato y
otorgárselos a los empresarios. Un apoyo que ofreció a cambio de una buena
comisión. No importaba que fuera de izquierda. No importaba que lo hubiera
apoyado alguna vez. Si estaba cometiendo corrupción, debía informarlo, como un
buen periodista ético.
La investigación le había tomado bastante tiempo y esta le había
mostrado cosas de las que no le hubiera gustado enterarse. Al terminar el
reportaje, no quiso enviarlo por correo a su jefe, quien debía leerlo para
pasarlo al periódico. Nunca le había negado ninguna redacción y usualmente
confiaba de buena en Julio.
Guardó una copia en un pequeño dispositivo personal, donde también
estaba el resto de las pruebas incriminatorias. Esa noche imprimió el
documento, fue a su oficina y no se detuvo a golpear. Entró directamente. A esa
hora, no había mucha gente, y ellos eran los únicos en esa pequeña oficina.
- Esto es lo que será noticia mañana – dijo Julio, y puso el documento en
el escritorio.
Su jefe no se detuvo a leer siquiera el titular, y lo puso encima de
una pila de papeles que eran noticias que no se publicarían.
- Sé lo que has estado investigando. Lamentablemente no podemos
publicarlo. No hay suficientes pruebas para destapar algo así. Y como es un
escándalo falso, nos afectará negativamente.
- Tengo suficientes pruebas, señor Parral. Sé exactamente por qué usted
no quiere publicarlo. Pero la gente debe enterarse, si no es por una forma,
será por otra.
- Gracias a tu amigo el senador, es que pudimos levantar este periódico.
Gracias a su apoyo, tenemos tinta en las impresoras.
- ¡Gracias a tu amigo disfrutas de langosta con champaña francesa!
El señor Parral se levantó de su silla. Dio varias vueltas por la
oficina.
- ¿Cuánto quieres?
- ¿Qué dices?
- Te daré quinientos mil dólares si olvidas todo esto.
- No estás hablando en serio. Prefiero renunciar.
- Entonces está decidido. No vengas mañana. Ya no trabajas para mí.
- Gracias a Dios – dijo con sarcasmo. Luego se fue.
Regresó a su oficina a recoger sus cosas y al rato llegó un hombre de
seguridad y un técnico de sistemas, quien venía a formatear su computador. El
hombre de seguridad se encargó de requisarlo y retenerle sus dispositivos
informáticos. Luego se fue a su casa.
- Me quitó casi todo – dijo Julio a Luis – pero no vio lo más evidente –
Julio levantó la mano derecha, mostrando la única manilla que tenía en el
brazo. Tenía los colores de la bandera de Ciudad de Tívecre, y de este salían
figuras distintivas de la ciudad. Se notaba que ya era un poco viejo.
- Esa manilla, ¡era la de Santiago! Ahora la recuerdo.
- Y uno de sus regalos – luego haló una de las figuras: el edificio de
Clermont. Era también un dispositivo informático – aquí guardo siempre lo más
importante.
- Es una de esas herramientas de los periodistas, muy costosa. Creo que
también trae un micrófono secreto. Santiago me lo mostró hace tiempo.
Julio vuelve a poner la figura en la manilla. Le terminó de contar que
desde entonces, empezó a recibir llamadas amenazantes exigiéndole que huyera
antes de una fecha, o terminarían por incriminarlo en el falso acoso sexual. No
podía ir a la policía. Había escrito contra su incapacidad. No podía ir a la
Sociedad de Periodistas, pues ya habían sido contaminados por el señor Parral.
No tenía a donde ir, incluso pensó en lo peor, pero fue cuando recibió la
llamada de Juano.
- Debe haber algo que se pueda hacer – dijo Luis – quizás el señor Andy
pueda ayudarlo.
- No hay nada que hacer. Ahora me retiro. Alistaré las maletas y me
marcharé en la mañana.
Julio se levantó terminando el tercer trago de tequila, y mientras iba
a su habitación, Luis le dijo que después de su discurso de las trabas
mentales, era increíble que fuera a huir. Julio se detuvo, pero no respondió y
se fue a su habitación.
Esa noche soñó que estaba en la cálida sierra de Ciudad Victoria, su
ciudad natal. De pronto apareció un venado y trató de alcanzarlo, pero el
venado corría de maneras imposibles y en un momento logró atraparlo quedando
encima del animal. El venado lo miró con algo de tristeza y alguien se puso a
su lado y le puso la mano en el hombro. “Ahora es el momento”. Julio lo
reconoció esta vez: era Santiago.
- ¿Ahora es el momento de qué?
- De dejar de huir. No eres un venado.
Repentinamente Luis estaba a su lado moviéndolo, con la mano en su
hombro. No estaba acostado encima de un venado en la sierra, sino en su
cama. Luego reaccionó.
- ¿Qué pasa?
- Llegó más prensa, están afuera de la casa. Seguridad no ha permitido el
paso.
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