Un amor de invierno - parte 10


Más tarde regresan a casa Lina, Juano y Andy, quien sube a su habitación, no sin antes decirle a Julio que quiere hablar con él. Lina se acerca a Julio y huele su plato favorito. Le dice que su padre Santiago siempre lo preparaba cuando cumplía años, pero que ahora extrañamente huele mejor.
-      Por supuesto, yo le enseñé esta receta a tu padre, pero con los años le he aplicado algunas mejoras. Vamos, pruébalo.
Ella lo prueba y sonríe diciendo que está buenísimo. Después le agradece por lo que él ha hecho, pero no habla del almuerzo, sino del hospital. Le dice que conversó con el doctor Anderson quien la examinó y concluyó que efectivamente padecía el extraño síndrome de Quigar, que sufrían uno de cada mil quinientos en el mundo. Además le ha dicho que la puede curar remplazándole la glándula Tilli, y si consigue un donador con riñones sanos puede hacerle el trasplante inmediatamente.

Como Juano estaba presente durante la conversación, él se ha ofrecido para la donación. Julio parece interesarse más por la actuación de Juano, pero por lo que supo por Lina, no hizo nada más.

Julio sube a la habitación de Andy y se cruza con Luis, quien tiene instrucciones para prepararle un almuerzo con alimentación blanda. Luego entra y Andy le pide que cierre la puerta. También le dice sin mayor introducción que ha hablado con Juano y Lina sobre lo que él le dijo y los tres están dispuestos a ayudarlo a resolver su problema, en pago por haberle salvado la vida.
-      No es necesario.
-      Lo es. Después de todo lo que has hecho, no puedes estar huyendo.

Unos golpes en la puerta interrumpen la conversación y Andy con sus voz ronca permite que pasen. Son Juano y Lina.
-      Es mejor así – dice Julio.

Les agradece con un gesto y sale de la habitación en silencio. En el pasillo ve a Luis que va hacia la habitación de Andy para avisarles que en veinte minutos servirá el almuerzo. Julio le dice que estará en su habitación y le pide el favor de prestarle un teléfono.

En la tarde, el almuerzo sucede alegremente. A falta de pastel, Luis ha hecho una excelente decoración con las enchiladas. Le cantan el cumpleaños a Lina. Tampoco faltan algunas lagrimas recordando a Santiago, quien casi cumplirá tres meses de fallecido.

El resto del día transcurre sin mayores alteraciones y después de la cena, Juano se retira a la sala a leer algo, cuando se acercan Julio y Luis. El primero le pregunta si tiene planes y Juano responde que no. Luego suena el timbre.
-      Muy bien – dice Julio, quien sonríe y se dirige a la puerta.
-      ¿Qué pretende ahora? – pregunta Juano.
-      No lo sé. Con él nunca se sabe, yo me iré a descansar, pero antes por favor, sígame.

El doctor Anderson llega a casa, Julio lo recibe y le dice que pase al comedor, donde con la ayuda de Lina lo ha decorado de manera romántica. Después llega Luis con Juano y al ver al doctor, se asusta.
- ¿Qué hace él aquí?
- Relájate. Lo invité a tomar un café y él ha dicho que sería genial. Te doy una mano para su primera cita.
-   ¡Claro! Me la pagarás algún día, Julio.
-   Recuerda que el truco principal es mantener una agradable conversación. Simplemente pregunta la parte favorita de su trabajo. La pregunta hace que desarrolle una respuesta. Eso es flirtear. Flirtea con él. Recuerda, eres un hombre increíble, ¿o no?
- Sí, ahora sí lo creo. Aunque no pase nada en esta cita, no me voy a sentir decepcionado.
-   Ve por tu hombre

Julio se ríe y entra a la cocina, y junto con Lina, lo espían por una cortinilla que da al comedor.
- Rara vez vi al tío Juano en una cita – dice Lina – y cuando lo veía, parecía muy nervioso. Ahora está distinto, tiene todo bajo control. Me encanta.
En el comedor, Juano sirvió las dos copas de vino.
-   Doctor Anderson, te ves fantástico.
-   Y tú luces fabuloso. Pero no me digas doctor. Eso lo reservo para los pacientes.
-   Estoy impactado, nunca te vi tan elegante.
-   Es una buena ocasión.

Los dos rieron nerviosamente.
-   Y bien, ¿te ha gustado estar en Tívecre?
-   Claro. Debí haber venido antes. Es precioso. Pero ya sabes cómo es esto cuando eres soltero: recibes una llamada un lunes y terminas en otro continente. Sin embargo, a veces, uno se lleva una agradable sorpresa.
-   ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
-   Desde el jueves

Ambos continuaron conversando plácidamente.
-   Bien – dice Julio en voz baja – Juano le hace preguntas. Las clases de flirteo dan resultado. Excelente, mira la sonrisa de su rostro. Está devolviendo el flirteo.
- ¿Qué hiciste esta semana? – preguntó Juano.
- Me quedé sentado esperando, nervioso.
- ¿Nervioso?
- En especial los últimos cinco minutos
- Está sonriendo – dice Julio, emocionado – no puede quitarle los ojos de encima ni un segundo.
- Debo admitir que nunca imaginé estar en una cita hoy contigo – dijo el doctor Anderson.
- Que puedo decir…
- No me malinterpretes, es lindo verte aquí y es lindo estar contigo, ¿sabes? ya te había visto hace rato y ya me habías gustado. Pero siempre parecías evasivo, por eso nunca te dije nada.
-   Bueno, eres un chico agradable y con clase, eso me gusta, creo que eres una buena persona, y a veces se me dificulta hablarle a alguien que me gusta. Me alegro que estés aquí esta noche
-   Yo también me alegro.

Después de una agradable velada, el doctor Anderson sirvió lo que quedaba de la botella en una de las copas.
-   Bien, la primera cita fue un éxito. ¿Qué lugar elegirías para una segunda cita?
- Francia estaría bien – rieron ambos - Así que dices que una segunda cita.
- Si tú quieres sería maravilloso. Sería genial si pudieras ir.
- Eso estaría bien, genial, me parece.

Luego de un abrazo, Juano acompañó al doctor a la puerta y lo despidió. Al cerrarla, Lina y Julio lo abrazaron.
-   Has progresado mucho – dijo Lina – Eres un hombre inteligente y atractivo.
- Ahora una segunda cita y serás brillante.

Juano les agradeció y les dijo que iría a descansar, aunque no creía lo que acababa de pasar, diciendo que era uno de los mejores días de su vida.

Media hora más tarde, Julio regresó a la cocina por algo de comer cuando vio a Luis colgando el teléfono.
-      ¡Ah! Señor Julio, era el doctor Anderson.
-      Seguro quería hablar con Juano.
-      No, quería hablarle a usted, pero pensé que ya estaba durmiendo.
-      No hay problema, pero ¿de qué querrá hablarme?
-      Dice que vio carros de periodistas, quizás se dirigían hacía aquí.

Julio se asustó y se asomó por una ventana de la sala.
-      ¡Demonios!

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