Un amor de invierno - parte 1


Un hombre llega a un departamento enorme en la noche. Enciende las luces y tira un maletín. Muchas cosas están en cajas y el resto forma un enorme desorden. Saca una botella de mezcal que va por la mitad y se sienta frente a la televisión en una silla reclinable. Es un hombre grande y con una barba bien cortada.

La televisión presenta noticias típicas: un asalto en un barrio aislado, un incendio en una ciudad desconocida, un altercado casual de una celebridad. De repente informan del escándalo sobre un periodista llamado Julio César, que ha sido demandado por acoso sexual en el periódico nacional donde trabajaba, por lo cual fue despedido. A esta demanda se le unieron treinta y dos organizaciones en su contra, que iban desde la protección de los derechos laborales hasta organizaciones sindicales por el medio ambiente. Aunque el hecho llevaba un par de días, era la primera vez que se divulgaba.
-      ¡Maldita sea! – grita el hombre, e inmediatamente toma su teléfono y marca – Prometiste no decir nada. Ahora lo acabo de ver en las noticias… - el hombre enojado parece no estar conforme con las respuestas y de un momento a otro lanza el teléfono.

Termina de beber la botella de mezcal y saca una nueva. Bebe hasta dormirse. Sueña entonces que camina por un bosque invernal, y ahora está persiguiendo un venado, pero se cae justo cuando trata de alcanzarlo. Al levantarse alguien pone su mano en el hombro. “Ahora es el momento” le dicen. Trata de reconocerlo, sabe que lo ha visto antes. Luego se despierta repentinamente: el teléfono que ha lanzado a la pared ha sonado varias veces, pero deja de sonar.

Presumiendo lo que puede ser esa llamada, no contesta cuando suena varias veces. Recordaba una vez que había escrito una nota crítica sobre un buen restaurante, y de pronto el correo y el teléfono se habían puesto en su contra para ofenderlo y amenazarlo. El momento ahora era similar o incluso peor.

Se levantó de la silla en la que se había dormido. El televisor se apagaba automáticamente, lo que lo despreocupaba de tener que levantarse después de dormido para hacerlo. Revisó una de las cajas que decía “libros y revistas”. Sobre todas había una edición antigua de National Geographic, que mostraba un venado. Se acordó de su sueño. Recordó a la persona que le tocó el hombro, pero entonces tampoco la reconoció. Abrió la revista en cualquier hoja y vio un aviso de una tienda que decía en grandes letras rojas “Ahora es el momento”.
-      Quizás, ahora es el momento.

Se dirigió a un cajón en el armario de la habitación, y desenfundó un arma personal. La miró por todas partes, como si fuera algo nuevo. La había puesto allí por seguridad, pero ahora simplemente parecía ser el momento. Estaba cargada. Tomó otro trago de mezcal directo de la botella. Se puso la pistola en la sien y disparó. Nada pasó. La pistola se trabó. Seguidamente, el teléfono volvió a sonar.
-      Ridículo.

 Olvidó que estaba ignorando el teléfono y contestó.
-      ¿Hola?
-      Buen día, quisiera hablar con Julio César Arango.
-      Con él habla, yo con quién.
-      Mi nombre es Juano Panneta. Soy el abogado y administrador de los bienes del señor Santiago Roseto.
-      ¿Santiago Roseto? No estoy seguro de conocerlo. Debe haber un error.
-      No hay ninguno. Solicitamos su presencia para la lectura del testamento. ¿Es posible que pueda venir esta semana a Ciudad de Tívecre?
-      ¿Testamento? ¿Tívecre? Cada vez entiendo menos. ¿se está burlando de mí?
-      No, señor. Hemos enviado un correo certificado a su domicilio con todos los datos del lugar donde debe presentarse. Ahora debo terminar, muchas gracias por su cortesía, señor Arango.

El abogado no esperó a que el Julio César se despidiera, sino que colgó inmediatamente. Luego, fue como un rayo, como si el viento lo golpeara, y recordó. Recordó al hombre de su sueño, a Santiago Roseto, recordó su procedencia de Ciudad de Tívecre, cuando ambos se conocieron estudiando en una ciudad austral, en invierno. Santiago Roseto, había sido un amor de invierno.

-      Santiago… - se sienta nuevamente en la silla reclinable y toma la revista que había tirado. Seguía abierta en el anuncio comercial “Ahora es el momento”. Luego lo pensó: - ¿Testamento?

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