El extraño caso del Virrey - parte 8


Con la condesa vino la traductora oficial del Ministerio de Justicia. En cuanto pude, le pedí que me ayudara en una entrevista a solas con Daiane. Al principio dudó, pues tenía órdenes de traducir sólo durante el juicio del lunes. Pero después de un par de chistes y la promesa de beber licor de alta calidad, accedió.

Reuní a ambas mujeres en un estudio. Parecía intranquila, aunque le pedí que no se preocupara, pues trataría de no hacer preguntas acerca del caso. Me senté frente a ella y no dejé de verla.
 -     Quisiera saber más de usted. Nunca he salido del país, ¿qué tal es Francia?
 
La traductora hizo su trabajo.

-     Dice que todo es muy bonito, las personas son muy amables.
-     ¿cuánto tiempo vivió en Francia?
-     Dice que desde que nació.
-     ¿En dónde nació?
-     Ha dicho que en Orleáns.
-     Es extraño, Melanie me ha dicho que usted nació en Lyon – mentí – seguramente se ha equivocado – vi la expresión de Daiane antes que se lo tradujera por completo.
-     Dice que debió haberse equivocado, que nació en Orleáns, que vivió un tiempo en Lyon y después estudió en París con Melanie.

Las siguientes preguntas que le hice fueron sobre lo que estudiaron, y me dijo que ella había estudiado medicina, mientras la señorita Melanie se dedicó al arte. Aproveché para preguntarle sobre el hombre que Melanie dijo que amaba. Yo ya sospechaba que se trataba de uno de los soldados que aparecía en la foto. Ella negó rotundamente saber algo.

- No es posible, usted vivió con ella casi toda su vida, debe saberlo. ¿Frecuentaba a alguien? ¿Quizás un soldado de bajo rango?
- ¡Ah! – Daiane se levantó – ¡Je ne sais pas!

En ese momento le pedí calma y le dije a la traductora que saliera de allí, lo que puso más nerviosa a Daiane. La miré a los ojos.
 -     Señorita, he sido tendero toda mi vida. Tengo un raro don para adivinar las expresiones de las personas cuando esconden algo: un producto que no los satisface, una deuda que no quieren pagar, una mentira para proteger algo. Usted me ha dado esas señales. Sé que me entiende, puedo ayudarla si me lo permite. Sé que sí.

Ella respiró fuerte, se levantó, caminó de lado a lado, mirándome a mí, luego mirando al suelo. Finalmente tomó un trozo de papel y anotó algo. Arrugó el papel y me lo dio en la mano, mientras me miraba a los ojos.
 -     Se lo suplico, que nadie más lo sepa – me soltó y salió de la habitación.

Estaba aturdido, abrí el papel: era una dirección en un pueblito llamado Irion. No quedaba muy lejos. Podía irme esa misma tarde y regresar al día siguiente, y así lo hice. Llegué a media noche y dormí en un hostal. En la mañana fui en búsqueda de la dirección. Irion era tranquilo, y la gente no se preocupaba por nada fuera de su vida cotidiana. Ni siquiera estaban enterados de la muerte del virrey.

Al llegar al lugar de la dirección me encontré con un orfanato. La directora del lugar me permitió el acceso cuando investigaba la muerte de un personaje perteneciente a la corte, pero dudaba, al igual que yo, qué podría serme útil en aquel lugar. Era una mujer mayor, pero muy elegante y amable. Pensé que la dirección estaba mal, o que el lugar había cambiado.
 -     Siempre ha sido un orfanato. Lo único que ha cambiado es que ahora aceptamos varones. Por mucho tiempo, fue exclusivo para mujeres, pero los tiempos han cambiado.

Le pregunté si tuvo alguna huérfana llamada Daiane. Ella lo pensó unos segundos y me dijo que sí, era un nombre poco común, así que habría tenido al menos dos o tres. Sacó algunos libros de registros.
 -     Aquí hay una Diana Mesterlein. En este otro hay una Daian Charú. En este aparece una Daiana Boternisti.

Ese último nombre me llamó la atención. Aunque revisé cada lista, me enfoqué más en aquella, pero no sabía qué buscaba. De pronto, más abajo, apareció otro nombre: Melanie de los Cerezos. Pregunté por ella.

-     ¡Ah! Meli. La recuerdo perfectamente. Muy seria e inteligente. Llegó como se fue. Yo nunca supe, pero decían que era hija de un poderoso hombre. Bueno, muchos huérfanos son hijos de fuera del matrimonio. Era un bebé cuando llegó, con una nota que decía que deseaba que la llamaran Melanie. Como es costumbre de los que no tienen apellido, le dimos el de un árbol. Ella recibía mensualmente una suma de dinero proveniente de un “padrino”, como decimos aquí. Muchos huérfanos les suele suceder que cuentan con esa suerte, sólo que este era por completo anónimo. 

La mujer organizó un poco las hojas.
- También recibía cartas, era entonces cuando se alegraba. Luego, antes de sus quinces, se marchó con él. Pues ella me dijo que era un hombre. Cuando se conocieron, no quise dejarla sola, así que le pedí a una de sus compañeras que la acompañara, ¡ah! Precisamente era Daiana Boternisti, siempre andaban juntas, claro que ella era mayor por dos o tres años, pero no se le notaban. 

Luego ella hizo un extraño gesto, como si hubiera recordado algo raro.
- Ambas se fueron con el hombre anónimo. Fue una suerte para Daiana también, pues a su edad, sin ser adoptada, debía marcharse a la capital a conseguir un empleo, pero era muy tímida. Como le digo, nunca supe quien era, ni qué habrá sido de aquellas chicas. El día que partieron en ese carruaje, esos bellos caballos blancos...
-     ¿Blancos?

Le pedí que me diera una copia de la última lista. Estaba seguro que se trataban de la misma Melanie y Daiane. Sabía cómo confirmarlo. La mujer aceptó con gusto, pues quería estrenar su mimeógrafo.

Al llegar a la mansión, vi a lo lejos a un hombre subido en un árbol, desde cuya altura podía ver la habitación de Melanie y la del virrey. Recordé el juicio: Melanie tenía un acosador.

Inmediatamente corrí para atraparlo, pero el acosador me vio y bajo del árbol con una facilidad impresionante que sólo la explicaba la experiencia. El hombre corrió huyendo de mí, hacía el río. Alcancé a atajarlo, lo lancé al suelo rasgando la manga de su camisa. No podía creer quién era: Felipe Cian, pero no era él mismo, era como si estuviera poseído. Yo ya lo había visto antes: era el estado de éxtasis del opio.

Debido a mi sorpresa, él aprovechó para empujarme y correr. Lo perdí. Pero conservaba su manga. Miré a mi alrededor. Estaba en el lado contrario de la mansión. Frente a mí pasaba el río, y también alcanzaba a ver el árbol donde se encontraba el acosador.

Rápidamente fui a darle la noticia a Melanie, pero no dio ninguna sorpresa. Ella ya sabía que él era el acosador.

- ¿Por qué no lo mencionó en el juicio?
- No hubiera servido de nada. No me habría creído nadie, ni tenía pruebas. Es un hombre con influencias, alguien tendría que ser muy valiente para enfrentarlo de esa manera. Tiene facilidad para salirse con las suyas.
- Habla como si lo conociera.
- Es cierto, de hace tiempo realmente. Recién llegaba aquí, y él visitaba a mi padre, un par de veces a la semana, no sé por cuál razón. Después habló con mi padrino para pretenderme, pero entonces él ya había negociado mi mano con Rodrigo. Parece que le cayó mal, no volvió a casa. Sin embargo, siguió acosándome. Mi padrino estaba enterado, me dijo que no podía hacer nada, y que si esperaba un poco, se le iba a pasar. No me puede decir que no notó qué él también me defendía en el juicio. ¡Ah! Mire – tomó una carta de la mesa – Cuando Rodrigo regresó a la capital, se cruzó con la condesa, y le entregó esta carta para mí. Quisiera que la leyera y me diera su opinión.

Asentí. En ese momento, la condesa Mariafé golpeó a la puerta. Melanie dijo que si quería podía tomar el té con ellas, aunque iban a tratar temas de moda francesa, pues ella, al vivir en la capital, tenía rápido acceso al correo con modistas parisinos.

Yo mismo abrí la puerta.

- En realidad, hay algo que quisiera tratar con ustedes dos.

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