El extraño caso del Virrey - parte 7


Me asignaron una habitación en la planta baja. Mi estadía en la mansión fue bastante cómoda. Al cabo de unas horas, ya estaba relajado y empecé a acercarme más a las mujeres. Después de todo, debía desayunar con ellas, almorzar y acompañarlas en la biblioteca. Según las indicaciones de mi jefe, traté de buscar algo extraño o sospechoso, pero no vi nada en un principio. Los criados me abrían las puertas que Melanie les permitía.
 
Fue casualmente que al entrar a la cocina a prepararme un té para esa fría noche, que buscando en uno de los cajones, encontré una extraña caja de madera, bien tallada y de finas terminaciones, que no debería estar ahí. Al abrirla encontré varias hierbas. Sólo el olor era perturbador, y recordé dos datos casi al mismo tiempo: el olor era parecido al de la flor de amapola que vendía en mi comercio a prestigiosos médicos, pero estas estaban ya procesadas: era opio. 

El segundo dato que recordé y que debía tener sentido, era lo que había dicho Melanie durante el juicio: el Virrey estaba abusando de sustancias para calmar los nervios. Debía tratarse de esta. Escuché un ruido y volví a dejar la caja en su lugar. Un criado me pedía que subiera a ver a la señorita Melanie.

Cuando era más joven, recuerdo que era pecado ingresar a la habitación de una mujer estando sola, pero cuando Melanie me llamó, no dudé un segundo. Al acercarme a su puerta, la escuché conversar diciendo algo como “confía en Muller, que él nos sacará de este problema”. Hablaba bajo, pero no sabía con quién. Me acerqué más y salió Daiane de allí, quien al verme se sorprendió.
 -     Je suis désolée.

Por su venia le di el paso y ella continuó. Sospeché que si no hablaba español, por lo menos lo entendería. Toqué la puerta y ella abrió. Era una habitación enorme, mucho más amplia que el departamento donde vivía. Tenía al fondo un dossier, pero también un escritorio con papeles, una cartelera, una pequeña sala y hasta una mesa para tomar café, donde estaba ella esperándome.

-     Creo que no terminamos de beber aquel café – dijo ella, y tomé asiento.
-     Así es, recuerdo que conversábamos acerca de la felicidad.
-     ¡Ah sí! Trato de hacerlo, pero siempre que estoy cerca de lograrlo, pasa algo. Dígame una cosa, ¿se ha enamorado?
-     Es posible, quizás haya sido un encaprichamiento.
-     Es horrible que alguien no se pueda casar con la persona que ama, aunque supongo que lo que me pasó haya sido un simple encaprichamiento.
-     Supongo que no habla de su prometido, el barón Rodrigo Aranch.
-     No. Fue una imposición de mi querido padrino. No lo amo como dice él ni la prensa. Sonará cruel, pero no veo la hora de quitarme el luto y desaparecer para suspender este compromiso.
-     ¿Y después? ¿Irá en busca de su capricho? Apuesto que se trata de alguien distinto de su clase social – confieso que pensaba que se refería a mi persona, pues no había dejado de mirarme a los ojos.
-     Sí, desgraciadamente no podré ir en busca de nadie ahora. Ese capricho... quería casarme con él, hasta pensé yo misma proponerle matrimonio. Se lo conté a mi padrino y se rehusó. Fue cuando tomo esa decisión del compromiso. No pude objetarlo. Él me dio todo esto, pero a veces quisiera volver a...
-     ¿Volver a dónde?
-     No importa – se calló un rato, mientras veía la taza de café – Fel… Federico, sepa que no sólo lo llamé para beber café.

Me sorprendí, porque entendí que no hablaba de mí. Recordé y le dije lo que pensaba acerca de que una mujer sola invitara a un hombre a su habitación.

-     Las costumbres de aquí siguen siendo del medioevo. Hasta sus últimos días, la corte francesa fue mucho más liberal en ese aspecto.
-     ¿Cómo sabe tanto acerca de la corte francesa?
-     Viví allí por mucho tiempo, en París, hasta el inicio de la Gran Guerra. Me recomendaron prudentemente alejarme. En fin, pero lo que quería decirle era que siguiera las instrucciones del señor Muller. Siéntase libre de revisar esta habitación. Responderé lo que sea necesario.

Di una vuelta por el lugar. Me sorprendieron extrañas cosas como una colección de pajaritos de papel, que ella denominaba el arte de la papiroflexia, que la entretenía en el ocio, y algunos látigos enrollados que le recordaban que había sido parte de un movimiento abolicionista.

Al acercarme a su escritorio, vi una fotografía: era un grupo de soldados. La mayoría tenía una cruz azul tachada en la cabeza, cuatro tenían una cruz roja, y sólo dos no tenían ninguna marca. Al preguntarle por la foto, ella me dijo que era un convoy que las protegía, pero que sufrió un atentado a principios de la Gran Guerra. Este hecho fue el definitivo para irse de París. Recordé a Daiane cuando salía y le pregunté si ella entendía nuestro idioma.

-     No, ni una palabra.
-     Me pareció que conversaban en español.
-     Le trataba de enseñar unas palabras, pero es testaruda.

Fue una mala excusa, hasta para ella.
 -     ¿De dónde es Daiane?
-     Es de Orleáns, y se crió, perdón, estudió conmigo en París, donde conoció al Virrey. A veces pienso en francés y confundo algunos verbos.
-     No se preocupe.

Me retiré a mi habitación. No quería pensar mal de Melanie o Daiane, pero cada vez se esforzaban en quedar mal.

Dormí bastante esa noche. Tanto que me despertaron las trompetas de la bienvenida de la hermana del virrey. La condesa Mariafé llegó en la mañana, en un exclusivo vagón del tren. Después llegó a casa en una caravana, en un carruaje tirado por seis caballos blancos. Por lo que supe, siempre había sido un poco extravagante. Decían que los caballos blancos era lo más parecido a tener caballos alados. La condesa estaba casada actualmente con el conde de Lamais, Alberti Barbier, un hombre rico que no dudaba en concederle todo lo que gustara.

Como pude, me cambié rápidamente, me peiné y salí al recibidor, donde Melanie, Daiane y una considerable cantidad de criados estaban esperando. Supuse que la relación entre ellas sería incómoda, pero al ingresar a la mansión, Mariafé miró a su alrededor, vio a Melanie y fue casi corriendo a abrazarla. Ella la recibió de la misma manera. Durante el abrazó ella sonrió con los ojos cerrados.

-     Perdóname por todo lo que te hice pasar. Se ha salido de control. Nunca pensé que te fueran a incriminar.
-     Estás en todo tu derecho. Pero cuento con un excelente abogado. Espero que todo se resuelva rápidamente.

Después puso más atención en quienes estábamos a su lado. Abrazó a Daiane, sin decir más palabras. Se impresionó al verme, pero Melanie le explicó mi función de mantenerlas a su cuidado, además de ser su oidor.

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