El extraño caso del Virrey - parte 6
Mi padre era zapatero, y mi
madre costurera. Él quería que yo fuera abogado y yo quería ser policía, así
que estudié por un par de meses ambas cosas antes de ingresarme a la facultad
de derecho. Sin embargo, mi padre murió, y tuve que hacerme cargo de la casa
junto con mi madre. Así me volví tendero, y aún tenía algunos conocimientos, me
sentía perfecto en mi nuevo oficio momentáneo.
El juez estaba indeciso por
darle el permiso al señor Muller para asistirlo, pues sabía que hacerlo
desautorizaba a Felipe, y no hacerlo desautorizaría a Melanie. Pero finalmente
se decidió a permitirlo, pues sabía que la influencia de la ahijada del virrey
todavía era poderosa. Me declaró ser oidor, tendría que tomar nota de todo lo
que viera y oyera, y mantener enterado al señor Muller.
Después mi abogado me pidió
sentarme al fondo, me pasó un cuadernillo y un tintero para ir anotando lo que le
pareciera importante para salvar a los demás involucrados.
- ¿Defenderá
más gente? – le pregunté.
- Así lo
quiere Melanie.
La siguiente persona en rendir
indagatoria fue Patricia. No la veía desde la noche del teatro. Nuevamente,
después de las palabras del juez, Felipe inició los argumentos.
- ¿Sabe
usted que hablar en contra de Su Majestad se considera un crimen?
- No es
un crimen. Es libre expresión.
- Eso es
lo que pasa cuando le enseñan a escribir a las mujeres. Escriben incoherencias.
- ¡Atrevido!
– le gritó Patricia, quien se levantó de la silla.
- ¡Señorita!
Tome asiento – ordenó el juez – o debo pedir que la aten mientras se le rinde
indagatoria.
- Lo
cierto aquí, señores, es que es evidente que quien cometió el crimen, se basó
en la obra “Asesinato en el castillo”, en la que casualmente se dan hechos muy
similares a los hechos reales. Pero, ¿qué tal si pensamos que quien planeó el
crimen, después basara su obra en él? Un crimen planeado con anticipación.
Patricia no respondió. Estaba
muy seria, y miraba mal al fiscal. Él definió que su silencio le daba la razón.
Según él, asesinar al virrey le convendría para dar fama a su “ridícula obra”,
pues desde entonces, más gente ha ido a verla al teatro.
Cuando le correspondió el turno
al señor Muller, demostró rápidamente que se equivocaba. Si bien era cierto que
había aumentado la cantidad de gente desde la muerte del virrey, no era una
cantidad significativa. La gente iba porque pensaba que en menos de un día, el teatro
rendiría un homenaje al virrey. De la misma manera, la misma obra ya gozaba de
cifras similares o más altas durante los días que más se vendían boletos en
otras ciudades. También, el abogado le mostró al juez el libreto original,
fechado hace más de dos años, escrito mientras ella vivía en otra ciudad, donde
no tenía conocimiento del virrey.
El juez declaró inocente a
Patricia por falta de pruebas, evadiendo la fría mirada del fiscal, y más
tarde, corrió a abrazar a David, quien se encontraba esperándola en la sala.
La última persona en ser
juzgada era María Laura. Era una mujer madura, y su rostro demostraba las duras
condiciones de su trabajo. Era representante sindical del gremio minero, por lo
que muchos la conocían como la Mujer de Hierro, pues si bien la mayoría de sus
luchas habían fracasado, en las que resultó victoriosa fueron de gran beneficio
para sus compañeros. Sin embargo, ella pedía que la llamaran sencillamente como
Lali.
Felipe Cian dijo que el caso de
Patricia y de Lali era evidente: mujeres que estaban enloqueciendo, influidas
por una idea de modernidad, en las que lo mejor era continuar sirviendo a sus
padres y a sus maridos, diciendo que había sido un error no haber explicado que los derechos del
hombre no se aplicaban para las mujeres. También, continuó, sindicalizar un
trabajo como las minas de hierro, debería considerarse, además de ilícito, un
pecado. Manifestó que por personas como ella, la minería debería volver a ser
un trabajo para esclavos porque “cuando los esclavos trabajaban en las minas,
nunca se quejaron”.
Muller protestó diciendo que
aún no había dicho nada que la implicaba. Felipe le respondió que se había
dejado llevar. Quería dejar en claro que se había visto a Lali protestar frente
al palacio, exigiendo la cabeza del virrey, y que justo la noche en que
apareció muerto, ella estuvo amenazándolo de muerte frente a la mansión.
- ¿Qué
tiene que declarar?
- El
señor Cian no sabe lo que dice. Desde que tenía dieciséis años, me casé con un
hombre maravilloso. Tuvimos varias hijas. Le servía y lo atendía, pero no
porque era mi obligación por ser mujer o por ser su esposa, era porque lo
amaba. Después él murió en las minas, y lo reemplacé porque quiero que mis
hijas tengan mejores oportunidades. Sin embargo, me di cuenta que las
condiciones de trabajo eran mínimas, por lo que decidí levantarme. No quiero
que le vuelva a pasar a alguien lo que le pasó a mi marido, y si quiero que sus
hijos y sus hijas tengan las mejores oportunidades. Ya no somos esclavos, señor
Cian, somos obreros, y mantenemos este país en crecimiento. Pero
desafortunadamente las personas como usted o como el virrey no ven eso. Sólo
quería conversar, hacer propuestas, nunca lo amenacé de muerte ni pedí su
cabeza, pero seguro sí le habría dado su merecido.
- ¡Señores!
– dijo Felipe – Ahí tienen a su asesina confesa.
Lali se enojó y empezó a protestar por el comentario de Felipe. Después
de que Muller logró que se calmara, empezó a defenderla, pero nuevamente Daiane
tomó la palabra:
-
Elle est innocente, alors Roger ne lui permettait pas d'entrer.
El juez le pidió silencio, y Melanie simplemente la miró y se puso el
dedo en la boca. Muller sacó un paquete de más de cincuenta cartas dirigidas al virrey
en el que solicitaba amablemente una audiencia para tratar los temas de la
minería. Ninguna tenía palabras ofensivas o amenazantes. En muchas de ellas
escribía las propuestas, que a pesar de todo eran lógicas.
Lali no demostraba
un patrón psicótico, y sus expresiones verbales eran naturales de los hombres
de la región, que seguramente había aprendido al estar con ellos tanto tiempo.
Le pidió al juez que lo tuviera en cuenta, ya que él mismo era natal de ese
lugar, y sabía que amenazar de muerte no pasaba de un comentario frustrante.
El juez le dio la razón y le concedió libertad limitada a Lali,
exigiéndole que no continuara haciendo arengas frente a la mansión del virrey,
frente al palacio, ni doscientos metros de una autoridad. Muller le pidió que
aceptara, pues era lo más conveniente. Ella lo pensó un rato, miró al suelo y
tomó aire.
- ¡Ah! Señor Muller, lo mataré.
- Escuche, señor juez, que es una mera expresión – Muller se dirigió a
Lali - No me matará en realidad, ¿o sí? Recuerde que está bajo juramento.
- Por supuesto que no, señor Muller. No mataría a nadie. Lucho para
que nadie más muera.
Lali aceptó su castigo, y después se reunió a solas con el abogado.
Mientras tanto el juez dio por suspendido el juicio, y como era viernes en la
tarde, la sesión sería retomada el lunes en la mañana. Declaró que mientras
continuara el misterioso caso, Melanie y Daiane continuarían internadas en la
mansión, y yo sería el encargado de cuidarlas, siempre que aportara datos para
resolverlo.
El señor Muller me dijo que no debía hablar con nadie, ni con la
prensa, ni con Felipe Cian, y que todo de lo que me enterara de las dos mujeres
se lo informara a él inmediatamente.
Comencé de inmediato, pues afuera nos esperaban los medios, aunque
tenía privilegio el periodista del diario La Realidad. Ninguno dijo nada, sino
que fuimos directo a los automóviles y carruajes que nos esperaban afuera. Pude
ver que el único que atendió a los medios fue el fiscal Cian, pero no respondió
ninguna pregunta, sino que hizo una sola declaración:
"Hay interesados en obstaculizar esta investigación, en impedir
que se conozca la verdad. Se está investigando si existe una labor de deformar
pruebas e intimidar testigos. Existen elementos muy serios para sostener que la
muerte del Virrey no fue un accidente. Todo apunta a un homicidio, y a una
actividad muy bien calculada para ocultarlo. Estamos muy cerca de los
responsables, el extraño caso del Virrey será resuelto cuanto antes”.
Noté que Rodrigo trató de hablar con Melanie, ella le dijo que le
agradecía su preocupación, pero no era necesario que se quedara, pues
seguramente tendría mejores cosas que hacer en la capital. El barón se enojó,
encendió un cigarro y me miró con odio. Después continuó y no lo volví a ver.
Durante el camino pensé qué tenía que hacer. ¿Actuar como un detective?
¿Probar que Melanie era inocente? Pero, ¿Qué pasaría si no lo era? Tuve muchas
preguntas. Iba en un automóvil. Melanie y Daiane iban en el carruaje, más
adelante. Al llegar a la mansión entramos todos juntos. Vi que uno de los
criados le dio una nota a Melanie. Ella la leyó y me miró.
- La condesa Mariafé viene hacia acá. Seguro llegará mañana.
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