El extraño caso del Virrey - parte 5
Mi abogado se marchó cerca del medio día, diciéndome que tenía mi
audiencia hacia las tres de la tarde. Me pidió seguir sus consejos de que no
hablara sin su aprobación ni su compañía. No tenían ninguna prueba para
arrestarme, todo tendría que salir bien.
Antes de la audiencia, me trajeron una palangana y un balde con agua
para arreglarme. Tendría que estar prolijo, después de todo, no era un juicio
cualquiera: se trataba del virrey.
Después un guardia me pidió que lo acompañara. Unos segundos después
pasamos de la penitenciaria a los juzgados. En aquellos concurridos pasillos,
el señor Muller se encontró con nosotros y continuamos hasta una sala de
juzgado con muy poca gente. Sentada al fondo se encontraba Melanie, seria como
siempre, y a su lado otra mujer de su misma edad que parecía cansada y
deprimida. No cabía duda que se trataba de Daiana Boterfly.
Otras dos personas se encontraban allí, un hombre alto, bien parecido,
como si estuviera enojado fumaba y conversaba con uno que tenía unos ojos
grandes, y muy bien vestido. Al entrar, ambos me vieron. El hombre de ojos
grandes se acercó amenazante hacía mí.
- Usted pagará por todo el daño que…
- No admitiré amenazas hacía mi cliente.
- No hablo con traidores – dijo el hombre, lanzando su cigarrillo al
suelo y se sentó en una de las sillas para la audiencia pública, en donde sólo
un par de reporteros y dos o tres personas tenían la entrada permitida.
Muller me pidió que me sentara, traté de hacer contacto con Melanie,
pero fue evidente como me ignoró, mirando al suelo. Luego se abrió la puerta
del despacho y todos nos pusimos de pie ante la orden del alguacil. Entró un
juez con una actitud severa, se sentó, se puso un par de lentes y analizó los
documentos. Leyó el caso, mencionó mi nombre y mis antecedentes.
- Es usted sospechoso de asesinar al virrey Kalfaian. ¿Cómo se declara?
- Completamente inocente.
- ¡Es mentira! – gritó el hombre de ojos grandes desde el fondo.
- ¡Barón Aranch! – intervino el hombre alto – Le suplico que haga
silencio. Si está mintiendo será descubierto.
- ¡Silencio en mi sala! – sentenció el juez – presenten sus alegatos
iniciales. El fiscal Cian tendrá el honor de iniciar.
No sabía mucho de juicios, pero sentía que nada bueno iba a pasar. Lo
que pasó a continuación fue que el fiscal relató los hechos basado en el examen
correcto del forense y de los investigadores de la escena. Según el escrutinio
forense, el virrey había consumido alguna sustancia relajante, y la cicatriz en
su frente indicaba un fuerte golpe que le produjo la muerte. El cuerpo del
virrey había sido encontrado por su esposa varias horas después, justo donde el
río termina de pasar por la propiedad. Ella dio aviso a los criados, que la
auxiliaron y trajeron a la policía. Tiempo después, le darían el aviso a su
ahijada.
El fiscal teorizó que yo había estado acosando a Melanie, pues tenían
pruebas de un hombre que los criados mencionaron haber visto a sus alrededores,
desde hace varios meses. Debido a su abolengo, ella sería incapaz de tener
contacto conmigo, así que, por mi evidente personalidad psicótica, había
decidido matarla. Los investigadores relacionaron la sustancia en el cuerpo del
virrey con especias que vendía en la tienda, así que la hipótesis era envenenar
a Melanie, pero que de alguna manera fue el virrey quien lo consumió, y que
finalmente aproveché la oscuridad de la tarde y la inconsciencia del virrey
para golpearlo y lanzarlo al río.
Lo demás se explicaba fácilmente: una Melanie aterrorizada y quizás
intimidada por mi persona la habría obligado a que desde su posición influyera
para hacer mentir al forense y al fiscal que firmó la aprobación de suicidio y
suspensión de las investigaciones. Me vieron reunirme con ella varias veces en
el teatro y en el restaurante. “Un hombre como él no es alguien que vaya a una
obra de teatro o que se le permita la entrada a un sitio como aquel
restaurante. En sus antecedentes jamás pisó lugares similares” concluyó el
fiscal Cian.
Me sentía impotente. Mi abogado me había pedido silencio y control,
pero tenía demasiadas ganas de saltar y golpearlo. Cuando de repente me detuvo
el sonido de un golpe a la mesa.
- Es la historia más absurda del mundo conocido – dijo Melanie – déjelo
ir, Felipe. Es inocente, por Dios Santo.
El juez llamó de nuevo al orden. Melanie estaba muy enojada. Roja.
Después fue el turno de mi abogado. Explicó mi historia, cómo había
llegado a la ciudad, la imposibilidad de acosar a Melanie desde hacía meses.
Demostró que lo que vendía en la tienda no tenía nada de raro que no comprara
cualquier persona, que no habría tenido el tiempo suficiente para ir del teatro
Planeta a la mansión y regresar.
Llamó a mi amigo David como testigo, quien con sus libros mostró el día
en el que llegué, las facturas de la compra de los boletos del teatro, su
insistencia por conocer a su prometida. Después se marchó y me deseó suerte con
un gesto.
Melanie también figuró como testigo. Ella dijo que sólo se había tomado
un café conmigo, por caridad a mi persona. Que aunque era apenas un
desconocido, se dio cuenta que no podía hacerle daño, pues siempre se encontraba
acompañada de sus escoltas. Aclaró que la sustancia encontrada en el cuerpo
podría explicarse, pues el virrey en los últimos días abusaba de sustancias
para calmar los nervios, sobre todo de las infusiones de flores de amapola. De
la misma manera, tenía la costumbre de bañarse en el río y recientemente había
tomado el hábito de bañarse solo.
- S'il te plaît, dis la vérité – dijo Daiane.
Todos quedamos sorprendidos.
-
Ce
n'est pas le moment – le respondió.
- ¿Qué dijo? – preguntó el juez.
- Dice que es algo trágico, y yo le pedí que no me interrumpiera.
Hasta entonces, nadie lo había notado. Las investigaciones de Daiane
Boterfly estaban interrumpidas, pues sólo Melanie, al igual que el virrey,
hablaban francés, y no sabía una palabra en español. Como Melanie estaba
inhabilitada para traducirla, solicitaron un traductor desde el Ministerio de
Justicia, que venía en camino desde la capital.
Después de horas, el juez dio su veredicto: ante la falta de pruebas,
tendría que declararme inocente, pero para satisfacer al fiscal Cian, me impuso
como castigo cierto tiempo de labores sociales. El señor Muller no lo dudó un
segundo:
- Será mi asistente.
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