El extraño caso del Virrey - parte 3
Al día siguiente, abrí el local, común y corriente, y noté que la gente
se comportaba extraña. Pregunté a uno que otro cliente, hasta que al final me
dieron un diario. El periódico La Realidad, fundado hacia menos de diez años
durante la Gran Guerra por un tal Marco Antonio De la Renta, tenía en su
primera plana un titular lúgubre:
“Muere en extrañas
circunstancias el Virrey de Priana Roger Kalfaian, investigadores dicen que se
trataría de un suicidio”
También mencionaba que Su Majestad enviaría un nuevo virrey en las
próximas semanas. No pensé que la gente se fijara todavía en ese tipo de cosas.
De repente recordé la conversación de Melanie en los camerinos. ¿Hablaban
quizás del virrey? Tonterías, debía ser una cruel casualidad. Continué mi
lectura. Finalmente decía entre otros detalles absurdos que la velación se
realizaría este mismo día y el entierro se realizaría en la mañana siguiente.
El día transcurrió sin mayores problemas, y en la tarde recibí una
sencilla nota de que me irían a recoger en una hora. No tenía firma ni saludo.
Intuí que sólo podía tratarse de Melanie, así que rápidamente me cambié, y
busqué un joven que atendiera el establecimiento mientras no estaba. Él me
pidió que no me demorara. Estaba seguro que regresaría a la hora de cerrar, así
que no le presté atención.
No me equivoqué en cuanto mencioné que se trataba de Melanie. Venía en
un automóvil, esta vez sin escoltas. Pocos usaban automóviles, los que tenían
más dinero en la ciudad, y la mayoría eran iguales. El chofer estacionó frente
a la tienda y me pidió con finos modales que subiera.
Adentro estaba sentada ella, vestida con un atuendo negro, mucho menos
adornado y emperifollado que el del día del teatro. Ella notó enseguida que la
miraba, y lo primero que me dijo fue: “Es lo que se impone en París”.
Tenía planeado llevarla a un café que conocí una vez en la esquina de
la plaza, pero ella tenía otros planes. La conversación fue irrelevante, pues
siempre que le preguntaba sobre su estado a causa de la muerte del virrey, ella
evadía las respuestas o miraba hacia la calle, casi me sentía hablando solo.
Llegamos a un restaurante al que iban los altos funcionarios y las
grandes estrellas de la farándula. Realmente no me sentí incomodo. Algo de todo
esto me atraía. Ella me atraía.
Nos sentamos en una mesa, ella parecía triste. Aún después de que nos
sirvieron el café, continué conversando solo. De repente, como si hubiera
estado en silencio desde que nos vimos, ella murmuró.
- ¿Eres feliz?
- ¿Qué has dicho?
- Que si eres feliz, Felipe.
- Me llamo Federico. Y sí, soy feliz.
- ¿Me dices la verdad? ¿O mientes como cuando me dijiste que eras
comerciante?
No pude responder a aquello.
- Está pasando algo grave. No tengo a quién contarlo. Y eso me mata por
dentro.
- Puedes confiármelo, quizás puedo ayudarte.
Hasta entonces, ella seguía mirando por la ventana, pero me miró a los
ojos.
- Apenas te conozco – y sonrió por segunda vez.
Me pareció que se iba a sincerar. Se acomodó en el asiento, pero el
mozo la detuvo.
- Señorita Kalfaian. Disculpe usted. El señor Muller la espera en la
entrada.
- Me retiro un segundo – me dijo ella – Debe ser algo importante.
Pasaron un par de minutos, y me impacienté. Miraba a la entrada donde
había desaparecido Melanie. Luego entraron tres guardias de la corte. Hablaron
con un mozo y él me señaló. En segundos, los tres estaban frente a mí. Uno de
ellos tenía un mentón profuso y fue quien tomó la palabra.
- ¿Responde al nombre de Federico Javier Tamuristo?
- Ese es mi nombre.
- Bajo la orden real de Su Majestad, está usted bajo arresto por sospecha
del homicidio del virrey Roger Kalfaian. Debe usted acompañarnos.
Esto no me lo esperaba.
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