El extraño caso del Virrey - parte 2


Después de que David me eliminó toda esperanza de acercarme a alguien de su alcurnia y convencerme de que ella no me había sonreído, me empezó a hablar de su amada Patricia, la actriz de la obra, que se encargaba de matar al rey envenenándolo y lanzándolo por una ventana para que todos pensaran que se había quitado la vida.
 
Muchos aplaudieron la obra. Me pareció un poco extremo, pero la gente ha cambiado mucho. La realidad era que nuestros mandatarios no pasaban por buen momento. Los sindicatos protestaban. Se denunciaba la corrupción. La familia real se transportaba en tren del Alcázar a su club de campo, mientras las tarifas para los trabajadores aumentaban. Todos querían un cambio. Todos los que aplaudieron.

Al terminar la obra, David me invitó a los camerinos a presentarme a su prometida. Yo busqué con la vista por última vez a la ahijada del virrey, pero ya no estaba en el palco. Pensé que no la volvería a ver de nuevo, pero me equivoqué.

La entrada a los camerinos estaba atestada, todos querían un autógrafo del escritor y de la actriz. Las personas que custodiaban la entrada conocían de antemano a David y gracias a él ambos entramos sin ningún problema, sin embargo, adentro la misma cantidad de gente se movía por todas partes: coreógrafos, actores, escenógrafos, soldados de la guardia real… se me hizo extraño ese caso, pero entendí inmediatamente cuando vi a la hermosa mujer en su vestido rosa ingresar a otro camerino.

Me alejé de mi amigo para poder conversar con ella nuevamente, cosa que no debí hacer. Estando cerca del camerino, la puerta estaba mal ajustada. Pude ver sin que adentro me vieran a los soldados con Melanie, y a otras personas vestidas muy elegantes. Los hombres tenían su sombrero puesto en el pecho.

-     Lo sentimos mucho, señorita Kalfaian.
-     ¿Cómo pasó? – dijo ella.
-     Hay hombres investigando. No descartamos nada. Aunque pudo tratarse de un suicidio.
-     ¿Por qué?
-     Ella nos dijo que estaba deprimido y presionado y que sus últimas palabras fueron que deseaba marcharse a un lugar que nadie lo alcanzara. Si usted desea, podemos iniciar una investigación oficial.
-     Tendríamos que dejar soldados en su casa – interrumpió otro hombre – la prensa querrá entrevistarla y…
-     ¡No! Nada de prensa, nada de investigación. Supongo que ha sido un suicidio como dicen ustedes. Quiero ir a donde está ella.

Infortunadamente alguien golpeó la puerta. Apenas tuve tiempo suficiente para apartarme y ver que uno de los soldados la cerrara por completo. Mi amigo me llamó y fui con él.

-     ¿Dónde te metes, Federico? Quiero presentarte a Patricia, mi prometida.
-     Es un honor conocerla, señorita.

En verdad era hermosa: alta, de cabello largo, una mirada fuerte, pero con una sonrisa un poco fingida.

-     Dígame, ¿qué le pareció la obra?
-     Debo ser sincero. No soy crítico de arte, las actuaciones fueron convincentes, pero la historia me pareció exagerada.
-     ¿En serio?
-     Sí, ¿no cree usted que alguien puede notar que el rey es asesinado? La policía diferencia cada vez más fácilmente entre un asesinato y un accidente, o un suicidio. No podría felicitar al escritor. Además, un regicidio… Dios no lo quiera.
-     Por supuesto, si el asesino es hábil, nadie puede notarlo. Al menos no en los tiempos que transcurre la historia. Es una lástima, señor Federico, la obra fue aclamada en varias partes, jamás me hicieron una crítica tan mala.
-     Lo siento, ¿la señorita es la escritora?
-     Sí, debo usar un seudónimo porque personas como usted prohíben que me exprese como quiera.
-     Querida, no te exaltes.

La intervención de mi amigo evitó que la mujer se lance a golpearme. O eso pensé. Lamentablemente mi honor me prohibía golpear a las mujeres. Me sentí incomodo y le dije a mi David que regresaría solo a casa. Le ofrecí los mejores deseos a la novia y me retiré. Casualmente, a la salida del teatro, también salía Melanie. No lo dudé un segundo. No podía perder nada.

-     Señorita Kalfaian.
-     ¡Usted! El comerciante. Felipe.
-     Federico. Quería invitarla a un café, sé que lo acostumbran en la alta sociedad.
-     Es inusual. Es extraño. Pues bien. Mi chofer le recogerá y nos veremos. Ahora no tengo tiempo que perder. Permiso.

La mujer trató de hacer un ademán, pero lo evitó al último momento. Se subió en un carro moderno y marcharon al tiempo varios automóviles y caballos de la policía. Aun en la capital, ese comportamiento me pareció extraño para tratarse de una comitiva de protección. Luego recordé la conversación. Pensé que una mujer cercana a ella podía haberse suicidado, pero quizás no tanto. No parecía triste o con señales de haber llorado por alguien, aunque suponiendo que era alguien de alcurnia no podía demostrar ese tipo de expresiones en público, y recordé a la novia de David.

Más tarde, cuando me acostaba, pensé, ¿Dónde me iba a recoger el chofer?

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