El extraño caso del Virrey - parte 11 (final)
Escribí este manuscrito con el fin de grabar todas las cosas útiles
para el juicio, tal como lo pidió el señor Muller. Cuando el juicio terminó, lo
conservaron durante bastante tiempo en los juzgados y luego me lo enviaron por
correo a casa. Luego de pensarlo, decidí darle un final merecido después de
tanto tiempo.
Se deben tener en cuenta dos hechos importantes. El primero fue que las
noticias del día siguiente conmocionaron:
“De los estrados a la cárcel: importante fiscal de la corte provocó
muerte del Virrey Kalfaian”
El segundo fue que los medios mentían o no sabían nada. Durante el
tiempo que Felipe Cian estuvo en captura provisional, usó todos sus contactos
para que lo liberaran en secreto. Las pruebas efectivamente demostraron que era
cierta la hipótesis del abogado. Supe por el señor Muller que había huido a la
capital, que se cambió el nombre, pero nadie más volvió saber de él, mientras
los medios dijeron que había sido arrestado y llevado a prisión en la discreta
privacidad.
El día anterior, el resto de sospechosos habíamos sido declarados
inocentes. Yo pude regresar a mi casa con David. Él estaba feliz, porque su
matrimonio con Patricia se acercaba. También me comentó que un hombre había
venido durante el fin de semana. Dijo que se había dado cuenta de la ubicación
estratégica de mi tienda y los productos que vendía, y quería comprarla, así
que vendría en la tarde para hablar personalmente conmigo.
Fui por última vez a la mansión. Los criados ayudaban a hacer las
maletas a las mujeres. El nuevo virrey había comprado la casa y vendría en unos
días. Un notario y un viejo abogado de la familia repartían la herencia del
virrey. Un cuarenta por ciento para la viuda, un cuarenta por ciento para la
ahijada y un veinte por ciento para la hermana. Daiane y Mariafé ya tenían
planeado el futuro. Mientras tanto, Melanie me encontró vagando por la planta
alta.
- Federico.
- Señorita Melanie. Quería saber si ya sabe a dónde ir. Recuerdo que dijo
que tenía ganas de volver, pero no a Francia a recordar al soldado, ni a Irion,
a recordar el orfanato, sino a la tranquilidad de su juventud, cuando era
desconocida – ella lo pensó, y yo me atreví, tomándole la mano – La amo,
señorita. Casémonos, vámonos a Klausen. Es el lugar donde nací. Fue una ciudad
fundada por alemanes, pero ahora, y después de la Gran Guerra, ya no quedan
muchos.
- ¿Klausen? ¿No es la ciudad de la leyenda del señor Árolsen? – ella me
miró interesada y feliz.
- Sí.
- ¡No puedo creerlo! ¡Entonces sí existe! Usted me ha hecho muy feliz,
Federico. Estoy dispuesta a casarme con usted.
No podía creerlo, sobre todo cuando sonrió y me abrazó.
La historia del señor Árolsen trataba de uno de los fundadores de
Klausen, un hombre acaudalado
y bonachón, dueño de una empresa de globos aerostáticos, que repartía regalos y dulces a
los niños buenos y necesitados cuando están dormidos en navidad. La leyenda lo
vistió de una toga verde, una barba gris muy larga y decía que en la noche
navideña paseaba por todo el país en su enorme globo cuya tela se confundía con
el color oscuro y estrellado del cielo nocturno y que de allí era de dónde sacaba
los regalos. La leyenda era común en los orfanatos, Melanie la escuchó y desde
niña su sueño era conocer Klausen y visitar al señor Árolsen para agradecerle
por sus navidades, los mejores momentos de su vida.
La ayudé a terminar de empacar, me despedí de la condesa Mariafé, de la
señora Daiane y salimos de la mansión. Ella miró hacia atrás.
- Adiós Belgrano, te voy a querer siempre como tú me quisiste a mí: un
poquito.
- ¿Belgrano?
- Es el nombre de la mansión.
Le dije que tenía un negocio por terminar y regresamos a la casa de
David. Allí, el hombre me propuso comprar la tienda, pero quería que yo la
continuara surtiendo, no sólo esta sino otras que ya había comprado. Con mis
ideas podía hacer que crecieran. Acepté, podía manejar el proyecto desde mi
nuevo hogar.
- Ahora eres todo un comerciante – dijo mi querida Melanie.
Después de ese juicio, que fue para mí un bache en el camino, tal como
me dijo el señor Muller, la vida de muchas personas más mejoraron.
Tras resolver cientos de burocracias, el señor Muller le consiguió a
Lali la cita con el nuevo virrey. Posteriormente logró la mejora de las condiciones
de los mineros, se transformó en una resonada política que luchaba por más de
veinte organizaciones que iban desde los ganaderos, hasta los empleados públicos,
no sólo ante el virrey, sino directamente en la capital ante el mismísimo rey.
David y Patricia se casaron y se mudaron a su nueva casa. Hice las
paces con ella, y después de tratarla un par de veces me di cuenta que era una excelente
mujer y amiga. De hecho, fue ella quien leyó el manuscrito y me incitó a
terminarlo, alabando mis dotes de escritor.
Daiane continuó con su vida, muy exitosa por lo que supe en una carta
que le llegó a Melanie, llegando a ser una reconocida jefe de enfermeras. La carta
la traía la condesa Mariafé, que nos traía todas estas noticias del mundo
exterior, pues en realidad Klausen era bastante remoto hasta para los caballos
blancos de la condesa. Pero sus visitas mensuales siempre nos alegraban.
Del señor Muller supe que era el favorito entre una selección de
fiscales en el Ministerio de Justicia y luego que previamente resolviera con
tenacidad los casos que le asignaron, los que había abandonado Felipe. Era en
realidad un hombre que sabía lo que hacía. Era muy raro que perdiera un caso.
Por mi parte, agradezco cada minuto de mi vida por haber conocido a mi
querida Melanie. Al contrario de lo que vivía en Ciudad de Priana, aquí es muy
raro no verla sonreir. Nunca ha negado que es feliz.
Entendí entonces cuando decían los prianotanos que las oportunidades
están para tomarlas con la mano y devolverlas con un gesto noble, porque
Melanie me dijo que fui la oportunidad para enmendar las cosas y el destino a
mí me premió con un gesto noble. Ella. ¿No es adorable?
Fin.
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