El extraño caso del Virrey - parte 10

Al día siguiente, el lunes, pasaron por nosotros varias carretas y automóviles para llevarnos al Palacio. En mi coche iba el señor Muller, quien pidió que tuviera algo interesante para contarle. Le comenté casi todo lo que me enteré en ese fin de semana, excepto que Daiane hablaba español. Le entregué el paquete que ella me dio el día anterior: era una serie de cartas anónimas dirigidas al virrey, en las que le solicitaba dinero a cambio de silencio. No decía nada más que pudiera ser de valor.

Incluí una hipótesis que el señor Muller aceptó con agrado y me dijo que gracias a mí se salvarían muchas más personas de las que pensaba. Por su parte me dijo que había realizado un par de trámites con el fin de ayudar a Lali con la solución del problema de las minas, mientras que Patricia ya estaba a salvo.

Al llegar al juzgado, me senté junto al abogado. Al otro lado estaba el fiscal Felipe Cian, tan arreglado como siempre. Después entró el juez, hizo una breve sinopsis del caso y llamó a declarar a Daiane, con ayuda de la traductora. El señor Muller dijo que ella era quizás la última en verlo con vida, y le pidió que detallara lo que había pasado esa noche. Ella empezó a hablar, junto con la traductora, que lo hizo en primera persona.

-     Estuve esa tarde en la biblioteca junto con el virrey. En ese momento ya me parecía que no estaba bien y él me dijo que se sentía muy presionado por diversos problemas que después me contaría, aunque ya me había dicho la mayoría: el asunto de las minas de hierro, el reconocimiento del título de virreina, y un tema personal que tenía con su ahijada. 
>Después me pidió que le prepara una infusión doble de flores de amapola, pero con mis conocimientos médicos, le dije que era peligroso, y eso lo enojó, así que me obligó a que se lo prepara frente a él. Prohibió que alguien le visitara mientras se bañaba en el río. Mientras bebía, dijo melancólicamente que deseaba marcharse a un lugar que nadie lo alcanzara y salió. Justo entonces llegó la señora Lali, pero los criados también tenían esa misma orden. No le abrieron. 
>Yo estaba angustiada, además de que no llegaba a dormir. Siempre tenía miedo cuando tomaba ese adormecedor y se bañaba solo. Cuando lo fui a buscar, no estaba donde acostumbraba a tomar sus baños, sino donde fue encontrado, un poco más lejos. Fue entonces que entré en pánico, lo que alertó a los criados quienes me auxiliaron, llamaron a la policía y le enviaron el aviso a Melanie.
-     ¿El virrey era adicto al opio?
-     Realmente, estaba dejando el opio a través de las infusiones de amapola. Está comprobado en un estudio médico que se realizó en Europa, y Roger lo demostraba. Los estados de depresión y de enfado son comunes en esas situaciones.
-     ¡Es un escándalo! – dijo Felipe Cian – Se atreve a decir que alguien de la corte sufre de las mismas adicciones que un vulgar esclavo.
-     Por supuesto – dijo el señor Muller – aunque lo que usted dice es un poco extremo, alguien tendría facilidad para extorsionarlo, ya que no es bien visto que alguien de la altura del virrey tenga esa adicción. Señora Daiane, ¿sabe quién le influyó a su adicción?
-     Un hombre que iba constantemente a la mansión.
-     ¿Se encuentra ese hombre en esta habitación?
-     Sí.
-     Por favor, señálelo.

Daiane tomó mucha fuerza, extendió su dedo y señaló al fiscal.
 -     ¡Atrevida! ¡Pagará por tal desatino! ¿Olvida que usted no es virreina? ¡Sólo es una concubina!
-     ¡Señor Cian! Exijo respeto en mi sala.
-     Señor juez, quisiera interrogar al fiscal – dijo el señor Muller – quisiera concluir este caso inmediatamente.

Felipe Cian se sentó. Estaba enojado y empezaba a agitarse. Tenía los ojos desorbitados.
 -     ¿Dónde se encontraba la noche de los hechos?
-     En un bar, recuerdo que bebía whisky. Después me dirigí a mi casa.
-     ¿tiene cómo probarlo?
-     Mi chofer podrá decirlo, el hombre que atiende el bar también.
-     ¿Ayer, dónde se encontraba?
-     ¿Ayer? En mi despacho. En mi casa.
-     Me gustaría que en esta libreta escribiera su nombre.

Así lo hizo, y dejó la nota sobre el escritorio. Luego dijo que mencionaría la primera hipótesis sobre la muerte del Virrey y leyó la mía.

-     Esa tarde, Melanie había salido al teatro. Roger Kalfaian y su mujer se encontraban al mismo tiempo en la mansión. Sabemos que sufría constantes presiones, además de las mencionadas por la señora Daiane, me atrevo a afirmar que también estaba siendo extorsionado. El virrey quizás se excedió en la infusión de flores de amapola, y quizás seguiría vivo, pues la zona del río donde se baña no es muy profunda para ahogarse. Sin embargo, como sabemos, el virrey no fue encontrado allí, sino unos metros más lejos. Una vez más, el cauce no es lo suficientemente alto para arrastrarlo tanto. Algo debió ver que lo hizo caminar hacía esa zona: el acosador de Melanie. Un hombre que desde hace tiempo sabía entrar a la casa, sabía el lugar exacto donde podía vigilarla, no sólo a ella, sino al virrey también, y sabía cómo huir de aquel lugar. Roger seguramente lo habría descubierto, y en su estado de letargo se tropezó, se golpeó y cayó al río. El acosador provocó su accidente. El mismo acosador que intentó pedir la mano de Melanie, que le propuso al barón de Aranch una suma de dinero a cambio de su prometida, el mismo que incitó al virrey a su adicción al opio para luego extorsionarlo, el mismo: Felipe Cian. Aquí están algunas cartas extorsivas. Estaban escondidas junto al opio, en una caja en la cocina.

Miré a Melanie, tenía una leve sonrisa, casi perceptible.
 -     No tiene ninguna prueba – dijo Felipe – ni siquiera es mi letra.

Tenía razón. La letra de la nota y de las cartas no coincidía. Mientras tanto, el chofer del fiscal entró, con la orden de declarar. Pero no era un hombre, sino una mujer de bellos ojos azules. Aunque pareciera extraño, era una mujer fuerte. Siempre escuché que había mujeres que conducían carruajes, pero era la primera vez que veía una.

Su nombre era Julieta. Dijo que había servido durante bastante tiempo a Felipe. El señor Muller le preguntó cómo era el trato de su patrón. Ella contestó que siempre fue duro trabajar con él. Sus padres eran de descendencia esclavista, que perdieron mucho dinero después de que anularon la esclavitud. Ellos se retiraron al campo, y al frente de la casa quedó Felipe, que continuaba tratando a los empleados como esclavos. Dijo que lo único bueno de vivir allí, era que le había enseñado a escribir y a leer.

El abogado le pidió entonces lo mismo que a su patrón: que escribiera su nombre completo. Después se asombró: la letra coincidía. El juez también se impresionó.

-     Dígame, ¿Por qué su letra se parece a la de estas cartas? ¿usted las escribió?
-     Sí, tenía que hacerlo por orden del patrón, para no perder mi empleo.
-     ¡Falsa! –gritó Felipe – ¡Estoy rodeado de gente falsa! ¡Está usted despedida!
-     ¿Ha visto a su patrón consumir opio?
-     Un par de veces. Usualmente sale al jardín a hacerlo.
-     Usted, debido a su trabajo, ha de conocer muy bien las distancias, ¿Cuánto cree que se demore una persona de buena contextura en ir de la casa de Felipe Cian a la mansión del virrey Kalfaian?
-     A lo sumo, diez minutos. Las casas quedan a una distancia cercana, casi enfrentados por la parte trasera de cada una.
-     ¿Así que si Felipe saliera por el jardín, llegaría en diez minutos a la mansión de los Kalfaian, por la parte del río?
-     Es posible.
-     La noche de la muerte del virrey, ¿Qué hizo su patrón?
-     Estuvo en el bar, después lo llevé a casa. Todas las semanas hacía lo mismo.
-     ¿Alguien vigilaba las acciones de su patrón?
-     En realidad, no era alguien que se hiciera tomar afecto como otros empleadores, creo que nadie lo tomaba en cuenta si no era necesario. Nadie estaba pendiente de lo que hiciera.

El señor Muller asentó y después permitió a la mujer que abandonara la sala.
 -     Señor Felipe, una última cosa. ¿puede quitarse la chaqueta?
-     ¿Qué? ¿para qué? No haré tal cosa. Aún ninguno tiene pruebas de lo que me acusan gravemente. Escribiré cartas, al colegio de abogados, señor Muller, al Ministerio de justicia, señor juez, hasta al propio rey si es necesario. Esta afrenta no quedará así.

Todos se miraron. Si alguien no actuaba, Felipe se saldría con las suyas.
 -     Pues yo lo enfrento – dije, mientras caminaba al estrado – ¿a qué le teme? Si es inocente como dice, no temerá quitarse la chaqueta.

El fiscal me miró con odio. Yo no podía perder nada. Ni escribiéndole al rey, alguien me tomaría en cuenta. Felipe se quitó la chaqueta. Después, el señor Muller le pidió que se arremangara la camisa. Todavía tenía las señales de los arañazos por haberle rasado la camisa. El señor Muller demostró entonces, con la última prueba, la manga de la camisa, que Felipe era el culpable de provocar el accidente del virrey.
 -     Señorita Melanie, ¿puede confirmar quién es la persona que la acosaba?

Ella se levantó y sin miedo detalló la manera en que él lo hacía. Lo había visto varias veces subido al árbol.
 -     Seguramente, si revisan su ropa, encontrarán rastros de la corteza del árbol – dijo ella.

Ante los alegatos del fiscal, el juez dictaminó su captura provisional y una orden para que revisaran su casa y su ropa, señalando que sería condenado a prisión si encontraban pruebas positivas.

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