El extraño caso del Virrey - parte 1


Llegué a finales de octubre a la “gran ciudad” del reino. Priana era hermosa y sus bellos atardeceres eran famosos. Como mercader, recorrí el país más veces de las que podía contar, y su sobrenombre era inmerecido. Si bien en los últimos años la producción había ascendido, no me parecía aún tan grande como la capital. Todos venían a Priana a trabajar, se decía que las oportunidades estaban para tomarlas con la mano y devolverlas con un gesto noble. Nunca entendí los dichos de los prianotanos. Sólo sabía que eran afamadamente orgullosos.

Me instalé en un pequeño local cerca del centro de la ciudad, tenía planeado vender licor, carne seca, queso y harina, pero en pocos días me vi vendiendo más de mil productos distintos.

Dormía arriba del local junto con mi amigo David, dueño de la pensión y viejo amigo de la infancia. Fue quien me convenció para retirarme de cansados, pero maravillosos viajes, para quedarme en la ciudad. No pasé por demasiadas penurias,  al contrario, él se benefició por mi don de ventas.

-     Estimado amigo Federico, ya que eres como un extranjero, es tradición invitarte algo.
-     Me siento muy bien aquí. No es necesario.- le dije respetuosamente.
-     Demasiado tarde. Tengo boletos para el teatro.
-     ¡Ah! ¡Gracias! – supuse que me conocía bien, que no tenía mucho gusto para el arte. No me equivoqué.
-     Sé que no te gusta el teatro. Pero quisiera que vinieras conmigo. Te presentaré a la mujer con la que pienso casarme. Esta noche, ponte la mejor ropa que tengas.

Acepté gustoso. Sabía que David tenía buen gusto para las mujeres, y su fama de mujeriego, que él mismo se había encargado de alimentar, estaba por terminarse. Ya sabía de antemano sobre la compra de una casa en las afueras de la ciudad y si no fuera porque tenía negocios en el centro, además de vivir solo, perfectamente podía vivir allí.

Esa noche me vestí como me lo pidió David y fuimos a pie al Teatro Planeta, realmente un teatro clandestino que permitía obras contra el rey, la iglesia y en general todo a lo que debíamos ejercer obediencia. Sin embargo, nadie decía nada. Personalidades asistían, a veces miembros de la corte y el clero. Era a veces más popular que el teatro local. Esa noche no fue la excepción. Los nuevos automóviles rugían al acercarse y se colocaban en línea en la acera de enfrente. Aún había carrozas de caballo. El mundo estaba cambiando.

Me senté junto a David cerca de la tarima. Según el panfleto, la obra titulada “Asesinato en el castillo” era más una sátira local de Hamlet, con un final inesperado y típico de su escritor Tricio Pápolus. En ese momento vi a un caballero que me debía algún dinero. Nunca tuve ningún prejuicio para cobrar en cualquier lugar o momento, pues temía que eso me hiciera ver débil.

David conversaba con un camarada al lado de él, así que aproveché para ir hacia el caballero. Tan concentrado estaba que choqué con una bellísima mujer. Su cabello era castaño y sus ojos oscuros, llevaba un traje rosa que le dejaba mostrar sus hombros tercios. Dudé un rato y me di cuenta que ella esperaba que le levantara un guante que por mi culpa hice que se le cayera. Se lo entregué y no dudé en besarle la mano, y ella la retiró de inmediato.

-     Mi nombre es Federico.
-     Así que Federico. ¿A qué te dedicas? – me preguntó. Tenía una expresión seria, y no pensé en lo extraño de la pregunta.
-     Soy comerciante – mentí. Siempre pensé que los mercaderes eran evitados por personas de su evidente clase social, así que les decía lo que querían escuchar. Sin embargo, lo que pasó a continuación, nunca me había pasado antes.
-     Eso no es cierto – dijo ella, sonriendo por primera vez desde que la vi. Luego con su abanico me apartó y continuó su camino.

Yo ya había perdido de vista al caballero, así que regresé a mi asiento. No me concentré en la obra y al girar por un momento la cabeza, alcancé a ver a la chica misteriosa en un palco. Cuando giré, estaba seguro que me estaba observando minutos antes, aunque ella parecía ver la obra.

-     Quisiera verla sonreir nuevamente – dije desprevenidamente.
-     Eso no será posible – me respondió David. No me había dado cuenta que él notó que observaba más tiempo a aquella mujer que la obra.
-     ¿Por qué lo dices? ¿sabes quién es?
-     Todos saben quién es. Es famosa por no sonreir nunca. Ella es Melanie Kalfaian, la ahijada y heredera de Roger Kalfaian. Usualmente viene a visitarlo.
-     No sé quién es ese tal Roger Kalfa… lo que sea.

No esperaba una respuesta demoledora.

-     Roger Kalfaian, el virrey.

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