La herencia de la desgraciada - parte 7


Ryan estaba confuso. Vio cuando Jijo bajó incrédulo a la sala y David se le lanzó a a Jijo para abrazarlo. Observó la expresión de Jijo: al principio no creía que David lo abrazara, pero después lo abrazó también y lo vio feliz por un momento. Ryan sabía que algo raro pasaba allí, así que después del desayuno, en cuanto vio un momento, llamó a Jijo.

-     No sabía que ese joven era tu novio.
-     No lo es, señor Ryan.
-     Sin el señor. Soy tu hermano. Ten cuidado, él me ha dicho que es tu novio. – Jijo pareció entristecerse de nuevo – Conozco a los hombres así. Puede que sólo te quiera por la herencia que vas a recibir.
-     De hecho señor, es decir, Ryan, creo que lo mejor es decirle al abogado que no soy virgen. Así se puede volver a la primera herencia y me dejarían en paz.
-     Dime la verdad. ¿eres virgen o no?
-     Sí, señor. Lo soy, se lo juro.
-     No me jures nada, confío en ti. Ahora, prométeme que mantendrás tu postura de virginal. Yo me encargaré de David Juan.

Jijo no pudo pronunciar palabra, sólo abrazó a su hermano y salió a llorar al jardín.

Hedrit y Adriana llegan a la casa y son recibidos por Mao. Él se queda mirándolos por un rato, diciendo que ha pasado mucho tiempo. Ve a través de los ojos de Hedrit y se le borra la sonrisa, hasta que el joven se siente incomodo y le pregunta si sucede algo.
-     No, nada. Bobadas mías. Sigan.

Nada más entrar, Adriana entra a la cocina a dejar el postre que ha traído y allí ve a Samanta jugando con el agua mientras lava la loza. Samanta se da cuenta y la saluda, pero Adriana tarda en saludar.
-     ¿Y tú quién eres?
-     Soy… soy A… Adriana…
-     ¿Cómo? ¿Has dicho Abril?
-     No, yo…
-     ¿Y cómo estás Abril? Me gusta ese nombre.
-     Sí, es mi nombre… ven, te ayudaré con eso.
Samanta aceptó complacida porque no tenía nada que hacer.

Mientras tanto, Hedrit entra al baño y saca un papel. Sigue unas instrucciones escritas allí, y abre una puerta secreta detrás de un espejo. Sale a unas escaleras hasta un sótano, que está lleno de viejas botellas licor. Al final de este, abre un pasador y regresa por donde vino. Sale al jardín trasero, y observa un jardín que lo llena de satisfacción. Luego ve a alguien sentado al fondo, llorando. De una vez piensa que es el hombre más apuesto de ese lugar y se dirige a consolarlo. Le entrega un pañuelo y le pregunta por su bienestar. Un rato después, gracias a algunas palabras de Hedrit que lo hacen reír, el joven dice que se siente mejor.

-     No te preocupes. Lo siento, no me presenté. Soy Hedrit, vivo al lado.
-     Soy Jijo, y creo que vivo aquí.

Ante la originalidad de Jijo ambos rieron.

Esteban observa a la pareja desde su ventana en el segundo piso. Escucha un ruido de crujir madera y refunfuña que deben ser gatos. Luego empieza a llamar a Mao a gritos.
-     Señor, dígame qué se le ofrece.
-     ¿Quién está en el jardín, con el mocoso aquel?
-     Es el hijo de… de Leukardo.
-     ¿Qué demonios hace aquí? Échalo de la casa.
-     Viene con su hermana. No se preocupe, sólo vienen al almuerzo, usted aprobó que vinieran.
-     ¡Qué más da! Apenas se acabe el almuerzo, que se marchen. Deben ser iguales a su padre.
-     Por lo menos Hedrit, tiene los ojos de su padre. Recordé la noche que…
-     Mao, no quiero hablar de eso. Me alistaré para bajar.

Mao asiente y sale cerrando la puerta. Esteban se ve frente a un espejo y empieza a peinarse, pero se detiene al escuchar otro ruido, similar al anterior, pero mucho más fuerte. Asustado mira hacia atrás y en la esquina ve a alguien que reconoce perfectamente:

-     Leukardo, ¿Qué demonios haces aquí? – le dice en voz baja – Tienes una orden de caución, ¿recuerdas? ¿Cómo entraste?
-     Mis hijos me ayudaron. ¿Por qué te pones así? ¿Olvidaste nuestras noches en el Teatro Grande?
-     ¡Basta! Sé que sólo estás aquí por la herencia. Desgraciado. Vete antes de que empiece a gritar.
-     No te preocupes, ya me voy. Pero regresaré…
-     No regreses nunca, ¡nunca!
-     En ese caso, tendré que revelar cierto secreto. Aprovecharé que la gente está reunida en la sala para decirlo.
Esteban se veía realmente pálido y no pudo mencionar palabra.
-     Ya puedes empezar a gritar – dijo sonriendo Leukardo.

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