La herencia de la desgraciada - parte 6
Con un sol tremendo de nueve de la mañana, Adriana sale del estanque de
natación con un vestido de baño azul y le tira agua a su hermano, quien está
recostado leyendo filosofía clásica mientras se toma un tinto caliente.
- ¿Qué pasa, cariño? – dice él, seriamente, mientras se quita sus lentes
de diseñador para limpiarlos.
- Hedrit, eres tan, pero tan aburrido – ella se pone su salida de baño -
¿Ya sabes qué ponerte para ir a El Edén?
- No entiendo. Nuestro padre nunca quiso que fuéramos a ese lugar, ahora
de un momento a otro así lo desea. No entiendo sus intenciones.
Hedrit le dice a su hermana que en cuanto termine de leer su libro la
acompañará, es decir, después del almuerzo. Ella le dice que debe ayudarlo a
llevar el postre que está preparando: guanábana con queso.
Paula se levanta como de costumbre a prepararle el desayuno a Drew,
cuando cae en cuenta que allí ya no tiene que hacerlo. Escucha ruidos en la
cocina y piensa que es Mao, pero lo que descubre son las piernas de una mujer
que salen detrás de la puerta de la nevera. Ella queda impresionada y de un
momento a otro Mao sale detrás de ella asustándola.
- Niña Paula, ¿usted también despierta temprano? Las que despiertan
temprano me ayudan a hacer el desayuno.
- Lo siento, yo…
La otra chica cierra la nevera.
- ¿Conoces a Samanta? – dice Mao.
- Hola – dice ella, sonriendo – perdona mis fachas. Tomé lo primero que
vi por ahí. ¡Mao sabe que me ensucio mucho en la cocina!
- Pues yo soy Paula. Les ayudaré, así si te ensucias te limpio… es decir,
limpio lo que ensucies, ¡oh! Qué estoy diciendo.
Mientras Mao alistaba la mesa del comedor con pasos de baile, las
mujeres reían y conversaban. Samanta le da algunos consejos a su compañera para
evitar molestar a Mao, como por ejemplo tapar los contenedores antes de
guardarlos en la nevera. Por su parte, Paula le preguntaba si le gustaba
cocinar.
- Sí, vieras los platillos que hago… - ella rió - la verdad no sé nada de
nada en la cocina.
Después fue un poco más allá, usando su sentido de percepción, y le
preguntó por qué conocía tan bien a Mao y por qué él la conocía a ella. Samanta
le comentó que su padre, capitán de la policía, era amigo de don Eliecer, así
que ella a veces traía a Jijo a casa cuando él lo pedía, pues estudiaban en el
mismo colegio. Finalmente la hacienda le gustó más que su propia casa, por eso
la pasaba más tiempo aquí.
Ryan pasó por la cocina a servirse una taza de tinto oscuro y apenas
saludó a las mujeres. Se devolvió por el pasillo de la puerta principal cuando
vio por el ventanal un motociclista que se acercaba a toda velocidad, dejando
una nube de polvo detrás de él.
El motociclista se parquea y se quita el casco. Es un joven cuya cabellera
rubia brilla ante el sol. Golpea en la puerta y le abre Ryan, interesado. Con
su clásica desconfianza le pregunta quién es.
- Soy David Juan, señor. Vine por Jijo.
- Mucho gusto. Yo soy Ryan. Pase a la sala. Enviaré a alguien que traiga
a su amigo.
David escuchó el nombre y se sintió pensativo. Ryan también se sentó en
la sala, después de pedirle el favor a Mao.
- No puedo creerlo… ¿usted es Ryan Calderón? ¿En verdad es el “Gran Ryan”?
Fue el más famoso de su generación en el colegio. A veces me comparan a mí con
usted, pero sé que no podré llegar a serlo.
- Por supuesto que no. Nadie alcanzará mi grandeza en ese lugar. ¿Cuál es
tu relación con Jijo?
- Bien... verá... señor, ...él... él es mi novio.
Mientras tanto, Drew llega a la cocina y ve a las dos mujeres
molestando con la comida.
- Paulina, divina, santa. Me levanté y no encontré un café, un tinto, un
jugo de naranja, nada…
- ¡Drew! ¡Has crecido! – interrumpió Samanta.
- Ay tú adorada, no lo puedo creer, la niña Samanta, alias la Manta, la
Mantis, la Religiosa, la Devota, se me creció, deténganla, chiquilla horrorosa,
te has convertido en toda una mujer…
- ¡Y tú no vas a cambiar nunca! Tomate este jugo de toronja mientras me
cuentas algunas cosas.
Paula estaba impactada. Ni siquiera ella, aunque lo intentaba podía
detener la palabrería de Drew, ni le había ofrecido otra cosa que él no le
pidiera. Quizás le estaba gustando demasiado Samanta. Quizás podría proponerle
que le aceptara una invitación a tomarse algo. Pero era insegura. Mao la sacó
de sus pensamientos diciéndole que le ayudara a decirles a todos que bajaran a
desayunar.
- Ah, y prepárate para ayudarme a hacer el almuerzo. Es el cumpleaños de
Jijo. Vendrán invitados.
- Sí, claro.
Ella no esperaba que una de las personas que venía, le quitaría esa
indecisión.
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