La herencia de la desgraciada - parte 5
Un hombre se levanta de una cama con sabanas de conejitos. Se coloca
una bata, se toma un café y se sienta en una mecedora a leer el diario. De
repente, una noticia le llama la atención y empieza a reír malignamente. Esto
atrae a una joven que entra a la habitación.
- ¿Qué pasa, padre?
- Siéntate, Adrianita. Parece que se han acabado nuestros problemas
financieros nuevamente. Nuestro vecino, el viejo Calderón ha muerto.
- ¿Qué tiene que ver con nosotros?
- Cuando era joven, él y yo… bueno, la verdad es que ahora no importa –
el hombre se levantó y vio por la ventana de su habitación. A lo lejos se veía
la hacienda de su vecino – El Edén será mío. Al igual que lo fue el Teatro
Grande.
El hombre ordenó que fuera con su hermano y el capataz, pues era hora
de hacer una visita. Su hija le pregunta si él irá y el hombre responde que
mientras Esteban viva no puede acercarse a esa hacienda.
Jijo estaba preocupado en su habitación. Mientras veía su maleta sin
abrir, pensaba cómo se había metido en esa situación. Pasó casi toda la vida en
el colegio internado privado de Lourdes como un joven tímido. Debido a su
apellido, tuvo ciertos privilegios, como los tuvieron sus hermanos, su padre y
todos los Calderón antes de él, pero a medida que pasaba el tiempo los fue
perdiendo. Nadie creía que fuera un Calderón, pues todos ellos se destacaban
porque hablaban demasiado y con autoridad en sus discursos, y él apenas
respondía los saludos.
Eso le afectaba sus relaciones. Tras varios noviazgos fallidos, empezó a defender la creencia de la
abstinencia del sexo hasta ser mayores y comprometerse, además de promover que
las relaciones fueran realmente sinceras y se demostraran cariño y amor
verdaderos. Aunque fue seguido por algunos compañeros, muchos llegaron a
burlarse de él, apodándolo “El Virgen”. Eso lo hacía sentir más recluido aún,
pero con su mejor amiga, de unos cursos más mayor, construyeron el Club del
Celibato, siendo Jijo el primer presidente.
Realmente, él se acostumbró a todos estos tratos, y pensaba que en un
mañana todo iba a mejorar y sonreía. Un día, mientras sonreía, notó que uno de
sus compañeros lo observaba. Cuando el otro se dio cuenta, salió huyendo, como
avergonzado. Jijo sabía quién era: David Juan Nicolás Esguerra, el hijo del
director, el capitán del equipo deportivo, el más popular del colegio, el líder
de la pandilla que lo hostigaba, el chico que empezó a llamarlo “El Virgen”,
pero sobre todo esto, era la persona de la cual estaba enamorado Jijo.
A pesar de que sabía muy bien que no podía buscarlo, ni tener nada con
él, lo confundía mucho. A Jijo casi siempre le tocaba quedarse durante sus
vacaciones en el internado, mientras el resto de compañeros se iban a viajar
con sus familias. En una ocasión, David Juan también le tocó quedarse una
temporada en el internado, pues había perdido un par de clases. Sin el resto de
la pandilla, era un hombre completamente diferente y amable, y prácticamente
durante esa temporada se acompañaron mutuamente. No fue hasta una noche de luna
llena cuando por casualidades de la vida, Jijo se dio su primer beso con él.
Sin embargo, iniciadas las clases, David Juan le dijo que nunca mencionara ese
hecho a nadie, ni que lo buscara ni nada, sino le iba a pesar. Como resultado,
Jijo se deprimió un tiempo, y fue su mejor amiga quien lo consoló como siempre.
Ella le dijo que nunca lo iba a volver a dejar solo, a pesar de que el último
año se había graduado y la veía muy pocas veces, pero siempre acudía cuando la
necesitaba.
Mientras tenía estos recuerdos, Jijo sacó su teléfono y llamó a su
mejor amiga, pidiéndole que viniera a acompañarlo, pues tenía miedo.
- ¿Samanta? Gracias a Dios…
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