La herencia de la desgraciada - parte 2


Drew era, a diferencia de su hermano, completamente extravagante. A pesar de que pensaba que era la estrella más brillante del universo, ya era un astro que apenas iluminaba. Lo que le hacía pensar en esto, es que siempre era acosado en varias partes de la ciudad, como en los centros comerciales, el cine o las discotecas. Estaba cansado de firmar autógrafos que siempre le pedían, ya sea en las fotos de su último disco, en el producto que acababa de lanzar o en el espectáculo en el que iba a participar. 

Para todo esto, siempre tenía a la mano a su fiel asistente Paula, a quien él le decía Paulina, pero ella era la única que sabía que era lo que le gustaba que le sirvieran, cómo quería de suave su almohada o cuanta sal quería en los huevos y sabía cómo calmarlo cuando no le seguían a cabo sus instrucciones porque se ponía histérico. Paula era quien terminaba firmando todos los autógrafos que le enviaban por correo, y terminaba por cuidar a Drew después de sus borracheras. A veces actuaba como su mejor amiga, como su administradora o como su madre, a pesar de que él no le demostraba ningún afecto, ella sabía en el fondo que Drew la quería.

Fue una tarde lluviosa cuando entre todo ese correo que Paula acostumbraba a abrir, encontró la carta que inmediatamente le llevó a Drew, pero él le pidió que la abriera y la leyera, pues se encontraba acostado en una camilla con un tratamiento de pimientos de la China en su rostro, para tenerlo inmaculado siempre.
- La envía un tal Neli Tofunico, abogado…
- Ese nombre me suena… abogado, abogado de oficio, abogado del despacho, abogado del diablo. Me suena.

Paula leyó la carta y al terminar, Drew se levantó. Mientras se lavaba dijo que alistara sus cosas. Se irían a la hacienda inmediatamente.

Viajaron en un taxi pagado y llegaron ese mismo día. Al llegar a la magnífica hacienda los recibió un hombre con traje y buenos modales. Drew no dudó en abrazarlo.
-     Mao querido, te extrañé.
-     Niño Drew, yo también. Me alegro que haya llegado. Por favor, sigan.

Mientras Drew iba saltando por toda la entrada de la alegría, Paula iba detrás cargando sus equipajes, y Mao le ayudó y la llevó a su habitación.

Drew recorrió todas las partes de la casa, viendo fotos colgadas en la pared, tocando los muebles como si le trajeran recuerdos y de pronto se detuvo cuando vio a alguien al fondo de la sala.
-     Abuela…
-     ¡No me digas abuela! ¡Muchacho atrevido!

Era realmente un hombre anciano, con más operaciones que años, a quien sus nietos siempre le decían “abuela” de cariño. Estaba dignamente sentado en una silla de ruedas, con un chal de flores. Él simplemente ignoró a Drew, pero su nieto rápidamente se le tiró a abrazarlo, y fríamente le respondió el abrazo.
Luego entró Mao a la sala también.
-     Señor Esteban, niño Drew. El abogado me ha confirmado que llegará para la cena. El resto de los invitados llegarán antes.
-     ¡Como sea! – gritó Esteban - ¡Ingratos!
-     Abuela, sigues siendo tan testarudo.
-     ¡Atrevido! Lávate las manos antes de ir a cenar. 

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