La herencia de la desgraciada - parte 10


Mao estaba haciendo una ronda por su jardín de frutas, recogiendo algunas moras. De repente escucha unos ruidos. Sabe que está en los extremos de El Edén con la hacienda Laramie y saca su arma que tiene debajo de su delantal de flores, pues los trabajadores de allí atacan a todos los que pasen el límite.

-     Quien quiera que sea, ¡que salga ya!
-     ¡Mao! ¡Soy yo! Baja la maldita arma.
-     Oh, Cristian – de inmediato Mao guarda su arma y corre a abrazar y besar al otro hombre.
-     Espera, pueden vernos.

Cristian era el capataz de Leukardo y, desde hace mucho tiempo, el novio de Mao. Debían mantener su relación en secreto si no querían ser atacados por los empleados de una o de la otra hacienda.
-     Estoy desesperado – dijo Cristian – ya no aguanto más humillaciones de don Leukardo. Él cree que tiene mi vida comprada. Ha enviado a sus hijos para que le abran las puertas.
-     No te preocupes, mientras Esteban esté no lo dejará entrar.
-     No me refiero a eso. Él ya está allá. Entró por la cava…
-     Tengo que volver… Esteban estará en problemas…

De pronto escucharon pasos que detuvo a ambos amantes. Uno de los hombres de Leukardo apuntaba a Mao.
-     ¡Baja esa arma! – le gritó Cristian.
-     Pero, es de El Edén, todos ellos deben morir. ¿Por qué no le has disparado? ¡Eres un traidor!

El hombre apuntó ahora a Cristian y luego se escuchó un disparo. Un hombre cayó al suelo.
-     ¡Dios mío! ¿Qué hiciste Mao? – dijo Cristian.
-     Tuve que hacerlo. Iba a dispararte.
-     Pude haberle disparado yo también.
-     No. Todas sus balas son iguales. Iré a casa cuanto antes, acompáñame.

Samanta se siente aburrida y les propone a las chicas una carrera en el patio y ambas aceptan. Les dice que quien la alcance le dará un premio especial. Empieza una carrera, pero ninguna es rival para el físico de Samanta. Pronto la pierden de vista. Paula ve a una mujer escondida y piensa que es Samanta, pero se encuentra con Adriana. Al principio se sienten incómodas, sobre todo Paula. Caminan juntas un rato, hasta que Adriana acepta que el ambiente está pesado.

-     Entiendo que te gusta Samanta.
-     Supongo que sí. A ti también. Y supongo que ella se ha fijado en ti. ¿Quién se fijaría en mí?
-     Ella. No te preocupes. Me gusta, pero no le propondría nada, no es mi tipo. Samanta tiene mucha energía y se nota que le gusta pasar el tiempo contigo. Ahora hazme un favor e invítala a beber unos tragos por mí.

Paula le tomó la palabra. Adriana sonrió y abrió los brazos. Paula se fue a abrazarla.
-     Gracias – dijo Paula.
-     Dile lo que sientes, así estés borracha. ¡Ahora rueda!

Adriana no la abrazó sino que la empujó y se sintió traicionada por un momento mientras rodaba cuesta abajo, luego cayó encima de Samanta. Ambas quedaron abrazadas en el suelo y Samanta se puso a reír.
-     Bueno, parece que tenemos una ganadora. ¿Qué quieres?
-     Quiero beber un trago contigo.
-     Que tierna. Está bien. Ahora si no te importa levántate para que pueda levantarme.
-     Sí, claro.

Ryan abrió fuertemente la habitación, asustando al abogado y a Jijo, quien estaba firmando.
-     ¿Qué hiciste Jijo?
-     Confía en mí - contestó el jóven - Ayúdame a llamar a todos.

En unos minutos, todos se reúnen alrededor de Jijo y el abogado.
-     Gracias por escucharme. He pasado cinco días en esta casa y he aprendido mucho. En unas horas cumpliré la mayoría de edad y aceptaré la herencia de mi padre.
-     ¡Es inaceptable! – dice Esteban – Ese muchacho rubio nos ha dicho que es su novio y que no es virgen.
-     Debo aclarar que David no es realidad mi novio. Y su declaración es mentira. Él no me ama.
Todos se asombran.
-     Es cierto – dice David - Todo fue plan de Drew. Yo en realidad amo al Gran Ryan.
-     Ag, aléjate niño – le responde Ryan.

De repente entre unos y otros empiezan a discutir.
-     Por favor, calma – dice Jijo – Ahora que tengo el sesenta por ciento de la fortuna, no tengo necesidades. Por lo que he hecho un trato con Neli y he decido repartirlo.

Neli se pone sus lentes y lee un documento.
-     Ryan recibirá un diez por ciento más, al igual que Drew y Esteban. Mao y yo recibiremos cada un cinco por ciento más.
-     Eso te deja con un 20% de herencia – dijo Ryan.
-     Al igual que mis hermanos y la abuela – dijo Jijo – de esta manera equitativa supongo que nadie más tiene por qué pelear.

Algunos se sorprendieron de la propiedad con la que hablaba Jijo. Drew fue el primero en notarlo.
-     Ese discurso, ese tono, esas palabras… habla igual que…
-     Que Eliecer – dijo Esteban – si eres hijo de él.
-     Eso demuestra que si eres un Calderón. Lo llevas en la sangre. – dijo Ryan.

Jijo se sonrojó. Todos estaban calmados y de un momento a otro, alguien empieza a aplaudir.
-     Qué discurso tan bonito – dijo Leukardo.
-    ¡Cuidado! ¡Tiene un arma! – dijo Nelito.

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