La herencia de la desgraciada - parte 9
Hace muchos años.
- Vamos, enciéndelo – dice un joven uniformado.
- Ya casi, ahora sí – dice otro y pega una bocanada de humo a un
cigarrillo.
- Mi turno – dice un tercero y fuma también.
- Apáguenlo, bótenlo, viene el padre – dice el primero.
- ¡Jóvenes! – dice un sacerdote de gran tamaño - ¿Qué están haciendo aquí?
- Orando, como siempre.
- Ryan. No sé porqué no le creo. Busque a su hermana. Le trajeron un
mensaje de su padre.
- Querrá decir “mi hermano”.
El sacerdote se le acercó y le dijo al oído: “No me equivoqué en lo que
dije”.
- Pueden estar en su último año, pero si se me da la gana de
suspenderlos, lo hago.
El hombre rio y se alejó, mientras Ryan tenía una cara de enojado tan
innegable que provocaba miedo. Uno de ellos le preguntó si estaba bien y no
respondió. El otro preguntó que dónde estaba el cigarro y de pronto escucharon
un alboroto: la sotana del padre estaba ardiendo.
- Estoy bien, y allá está su maldito cigarro. – sus compañeros lo vieron
atónitos – Nadie se mete con mi familia. Bastardos infelices.
El joven Ryan se acercó a Drew, que coqueteaba con un compañero de último año, quien sería el padre de David Juan, lo apartó de un tirón y le preguntó qué era el mensaje. Drew le
contestó que su padre se había ido de viaje, así que la abuela y Mao saldrían
al Teatro Grande. Ryan pensó que daba igual y le pidió otro “gusano” a su
hermano.
- ¿Qué hiciste el que te di?
- Lo gasté haciendo una broma – dijo mientras señalaba al sacerdote que
ya había apagado las llamas, pero se le veía su ropa interior femenina.
El Teatro Grande no sólo era el mejor sitio cultural de la ciudad,
también era el mejor lugar de encuentro para todas las personas adineradas. Sin
embargo, en los últimos días empezaba a decaer por su competencia. Esto no
preocupaba a Esteban, quien toda su vida se había dedicado a ir de fiestas a
este lugar. Era conocido por ser el mejor bailarín del lugar.
Esteban hablaba con sus amigos en una exclusiva sala en el segundo
piso. Desde este había una vista a la gran pista de baile del primer piso,
separado por un balcón, como un estadio. Allí estaba Esteban y su grupo, quienes
decían que pronto se irían a la competencia. Esteban trataba de hacerlos
quedar, y les recordaba lo bien que los había tratado el dueño cuando llegaron.
- ¿No lo sabes? El dueño se casó con un muchacho, luego el viejo se murió
y en su herencia le ha dejado todo a esta persona.
- Dicen que es un vividor. Roba a los que están cerca de la muerte.
- Yo escuché que está saliendo con el viejo Alex o Andrés, el dueño de la
hacienda Laramie.
- Es la hacienda de mi vecino – dijo Esteban.
- Hablando de Roma, ahí viene.
La persona a la que se referían era Leukardo, quien llegó rodeado de algunas personas, sonriendo. Les preguntó si
se sentían cómodos con su estadía y respondieron hipócritamente que sí. Vio a
Esteban y chasqueó los dedos. Un mesero le trajo una bebida. Leukardo tomó el
vaso y se lo pasó a Esteban.
- La casa invita.
Leukardo siguió su camino y Esteban sintió primero revolvérsele el
estómago, y luego una extraña atracción por aquel hombre. Sin que nadie más lo
supiera, habían salido juntos un par de veces, y hasta se besaron. Pero eso
ahora debía quedar en el pasado. Llamó a Mao y le pidió que se bebiera su trago
gratis, sin decirle de donde provenía, y le pidió que golpeara a aquel hombre
llamado Leukardo.
- Vamos amigos, bailemos aquí por última vez.
Los amigos se fueron a una pequeña pista que había allí mismo, en el
segundo piso.
Mao no sabía quién era Leukardo, y salió a buscarlo. Mao siempre tuvo una
contextura grande y fue empleado por la familia en primer lugar para ser
guardia de seguridad, pues él pagaba sus clases de ballet con ese trabajo, pero
después de que nació Ryan, empezó a sentirse mejor cuando le dieron el trabajo
de niñero, cuando descubrió que los niños no comían bien, se hizo cargo de la
cocina y finalmente, toda la casa dependía de él. Pero para Esteban, seguía
siendo su guardaespaldas y su esporádico matón de confianza.
Mientras recorría el Teatro Grande, un hombre se le acercó y vio los
ojos más bonitos que jamás había visto en otra parte. Le preguntó si estaba
solo y le dijo que le tenía una propuesta. Después de escucharla, Mao se negó
completamente, a pesar de la buena suma de dinero ofrecida. El hombre le dijo
que no se preocupara, pues no volvería a escuchar la propuesta.
Esteban fue al baño y al lavarse las manos notó que una de sus manillas
de oro no estaban. Revisó el lugar para ver dónde había caído y siguió su
recorrido en reversa a como entró. El pasillo estaba oscuro, y vio un punto
brillante. Pensando que era su manilla, fue hasta el lugar a recogerlo.
Separado por una red metálica, vio al lado dos hombres conversando de manera
sospechosa.
- No tendrá oportunidad con Esteban, pero su hijo está separado y es el titular de la propiedad. Quizás
puede quedarse con él, esperar que su padre se vaya y tendrá en sus manos una
de las haciendas más grandes de la provincia.
- Gracias por la información. Está hecho entonces. Tome el dinero.
- Ejecutaré el trato enseguida. Nos veremos después, don Leukardo.
Esteban espero un rato más y volvió con sus amigos. Les dijo que debían
irse ya, cuando escuchó gritos en el primer piso. Apagaron la música y
encendieron las luces de emergencia. La gente salía desesperada cuando vieron
que el humo empezaba a expandirse. Después, las llamas. Muchos bajaban de los
pisos superiores en marejadas humanas, y Mao llegó empujando a la gente para
rescatar a Esteban, quien era empujado hacia el balcón. Pronto se vieron y
Esteban le dio la mano, la cornisa se rompió y Mao lo agarró, y ambos cayeron
con muchas más personas al primer piso.
- Señor Esteban, ¿está bien?
- Busca al abogado…
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