La herencia de la desgraciada - parte 1
A Jijo, por su cumpleaños.
Ryan estaba sentado en una silla de cuero rojo en el extremo de una
enorme y elegante oficina donde entraba todo el sol de medio día. Él estaba
vestido de la misma manera. Un traje de un sofisticado diseñador, que se notaba
costosísimo para cualquiera que lo viera. Todos decían que sólo usaba una vez
cada traje y que se bañaba en colonias francesas media hora antes de venir a la
oficina.
Además de ser el presidente de Multimercados y compañía, una de las industrias más productivas del país, Ryan tenía una reputación muy definida de hombre soltero, apuesto y poderoso, además de mostrarse generoso en los medios y estricto en los negocios. Ese día su asistente entró a la oficina con algunos sobres en su mano y como era costumbre, se le sentó en sus piernas.
Además de ser el presidente de Multimercados y compañía, una de las industrias más productivas del país, Ryan tenía una reputación muy definida de hombre soltero, apuesto y poderoso, además de mostrarse generoso en los medios y estricto en los negocios. Ese día su asistente entró a la oficina con algunos sobres en su mano y como era costumbre, se le sentó en sus piernas.
- Jefe, su correspondencia.
Ryan sonrió y lo besó. Después revisó las cartas: invitaciones,
eventos, demandas, pero una carta le llamó la atención y se levantó sin pensar
en su asistente, que se cayó al piso.
- Jefe, ¿pasa algo?
- Sal de la oficina, y que nadie entre hasta que te avise.
Su asistente salió de inmediato. Ryan abrió el sobre y leyó la carta,
la cual decía algo así:
“El tiempo ha pasado y el
tiempo no perdona. La brevedad de esta carta es para avisarte que tu padre, el
gran Eliécer Calderón, ha muerto. La herencia será leída mañana en la mañana en
la hacienda y te pido el favor que asistas. Al menos, nos reuniremos por última
vez a la memoria de tu padre.
Atentamente,
Neli Tofunico, Abogado de la familia”
Ryan sintió un dolor de estomago. No veía a ningún miembro de su
familia desde hace mucho tiempo y la verdad es que se había separado de ella en
no muy buenas condiciones. No tenía nada que perder. Solicitó a su asistente
que cancelara sus citas y se despidió. Luego fue a su departamento, empacó y
echó a andar su Mercedes, hacia la hacienda donde nació y creció. Salió de la
ciudad en poco tiempo, atravesó algunos pueblos y luego entró a un camino
destapado y desierto. Acercándose a su destino, vio a un joven que le pareció
interesante: llevaba un uniforme y arrastraba una maleta de rueditas.
- Hola joven, ¿a dónde vas? – preguntó Ryan con algo de malicia.
- Voy a una hacienda. Venía en un bus, pero me dejó en la última
estación. Llevo caminando media hora. Creo que voy a devolverme.
Ryan no le prestó mayor atención, lo estaba detallando a través de sus
lentes oscuros, pero cuando vio que en su mano llevaba una carta muy parecida a
la que tenía él, se impacientó.
- ¿A qué hacienda vas? Sólo hay una por este camino.
- A la hacienda El Edén.
- Vamos para el mismo lado. Sube.
El joven agradeció con una sonrisa y se subió.
- Muchas gracias, señor. Ya me dolían los pies.
- ¿Cómo te llamas?
- Mi nombre es Jijo, señor. Mucho gusto.
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