El Misterio de Cachemira - parte 7
Durante el viaje en tren que Miguel había tenido entre Ciudad de
Tívecre y Ciudad de Refiana, sólo leyó los artículos de Ivona durante los
últimos meses. Los titulares eran cada vez más agresivos: “Asesinado frente al
Golden Pub”, “Crisis en Cachemira: un nuevo asesinato en similares
circunstancias”; “Conflicto intenso: tres asesinatos en dos meses”; “¿Quién
resolverá el misterio de Cachemira? Policía confirma que es un asesino en
serie”. Estas situaciones, lejos de atemorizarlo, le agradaban, porque lo hacían
sentirse el detective que siempre quiso ser. Una de las fotos que mostraban,
era un retrato de un testigo, que mostraba tal cual al legendario Rayo Humano.
Miguel despertó al día siguiente del incidente del hospital. Sin su
medicación se descontrolaba su sueño, y podía dormir bastante. Salió a
desayunar. En la recepción estaba ahora un muchacho más joven, a quien ni
siquiera le había cambiado la voz, y que tenía una actitud tan triste que sólo
la experiencia de Miguel podía reconocer. Miguel se presentó y el muchacho le
dijo que Camilo ya le había hablado de él. Estaba un poco desconcentrado y
distante, así que le preguntó si se encontraba bien.
- No exactamente. Lo siento, no le he dicho
mi nombre, soy Karlos.
- Karlos, avíseme si puedo
ayudarle – dijo sin dar mayor importancia.
- Pues, a menos que sea
detective. Ha desaparecido alguien que quiero mucho, su nombre es Tomasio, mi
querido Tomasio.
Miguel escuchó “mi querido” y recordó momentos felices que lo
entristecieron porque ya no volvería a tenerlos. Regresó a donde estaba Karlos
y le puso una mano en su hombro.
- Vamos a buscarlo.
El periodista le preguntó que dónde fue la última vez que vio a
Tomasio, y Karlos le contó que ayer estuvo todo el día con él, y que como vive
cerca a veces lo seguía, pero no ha regresado.
- Quizás esté cerca. O quizás
esté adentro. A Camilo no le gusta que entre al hotel, pero a veces lo hace.
- ¿Es muy pequeño tu hermano?
¿Qué edad tiene?
- ¿Mi hermano? No, señor
Miguel. Tomasio no es mi hermano, es mi perro.
- ¡Un perro! - Miguel se
asombró.
- Lo siento, ¿no le gustan
los perros?
- Me gustan mucho. Hace un
tiempo, yo tenía uno.
- ¿Y qué pasó?
- No importa.
Miguel y Karlos decidieron empezar la búsqueda adentro del hotel.
Revisaron las cinco habitaciones de hospedaje en el primer piso. El enorme
comedor y sala de la mansión habían sido adecuadas para este propósito hace
mucho tiempo. En el segundo piso había cuatro puertas: dos a cada lado de un
amplio pasillo. Karlos era quien abría las puertas.
- Sólo queda esta habitación.
- Es la habitación de Camilo.
Ninguno parecía seguro del siguiente paso, pero mientras Miguel
pensaba, Karlos ya estaba abriendo la puerta. Adentro, la habitación era la más
grande de la casa: una cama enorme con dosel y las paredes llenas de libros,
muchos de ciencias exactas, un escritorio viejo lleno de papeles, y una pared
cubierta de recortes de periódico. De pronto escucharon unos ladridos y Karlos
dijo que era Tomasio, le pidió a Camilo que cerrara y salió corriendo.
Miguel pensó en cerrar, cuando al fondo vio el disfraz de Rayo Humano y
cambió de idea. Ingresó y tocó el raido gabán, el cual cayó al piso, dejando a
la vista un desfibrilador adecuado para el uso personal, que evidentemente no
era falso, como los disfraces. En el escritorio, frascos de pastillas vacios y
sin etiquetas y un cuaderno con más recortes de periódicos. Lo abrió en las
primeras páginas, donde se mencionaba la muerte de una mujer por negligencia,
quien sufrió un paro cardiorrespiratorio horas después de ruegos de su hijo que
pedía que la atendieran en el hospital, la mujer murió frente a urgencias,
justo a la entrada del Golden Pub. La nota cierra con una amenaza de venganza
al Hospital General por parte del hijo y una foto de la mujer. No hay nombres,
pues están tachados.
Unas hojas más adelante hay una nota sobre el hijo de la mujer muerta
frente al hospital, quien recibe una beca para estudiar enfermería y trabajar
en aquel lugar, como parte del pago de su demanda. También dice que su venganza
fue malinterpretada, ya que él sólo quería decir que deseaba cambiar el sistema
de salud, para que nadie más sufriera como le pasó a su madre. Esta nota
también tiene los nombres tachados.
Miguel escucha un ruido y sale de la habitación, cerrándola. Entra a su
habitación y le marca por teléfono al policía Salgado, a quien le pregunta
sobre la mujer que murió del corazón. Él revisa unos archivos rápidamente y le
dice que a pesar de que eso fue lo que dijeron los medios, los forenses
dedujeron que ella había muerto por asfixia. Miguel le pregunta sobre su hijo,
cuando la línea se corta. En ese momento empieza a escribir una carta.
Sale de su habitación unos minutos después y encuentra a Karlos jugando
con su perro. Miguel le pide que envíe la carta y se la entrega con algo de
dinero, pidiéndole que lo haga antes de que llegue Camilo.
- Pero Camilo ya llegó. No se
preocupe, mi turno ha terminado y ahora me voy. ¿Policía Salgado? – leyó en el
sobre – No debería confiar en la policía de esta ciudad. Dicen que se venden
por dulces.
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