El Misterio de Cachemira - parte 5


La última víctima era Morman Castan, un extranjero padre de familia. Su esposa fue quien lo recibió. Dijo que agradecidamente su hijo estaba en otra provincia estudiando en la universidad, para evitar darle esa noticia. Ella estaba convencida de que había sido víctima de la xenofobia, pues antes vivían en Ciudad de Priana, y allí nunca les sucedió nada hasta que se enteraron de su origen. Ahora en esta ciudad les pasaba lo mismo.

-     Es bueno que no piense que haya sido el Rayo Humano.
-     Mi religión me prohíbe pensar en ese tipo de cosas, señor.

Miguel hizo las preguntas de rigor: como que cuál era su relación con el Golden Pub o con el dueño del local, y ella respondió que lo desconocía, a menos que fuera el lugar donde moría la gente.

-     Así es – dijo Miguel – Es donde aparecieron las victimas de Rayo Humano.
-     No, antes de eso. Siempre escuché que allá moría la gente antes de llegar al hospital. Tengo entendido que allá venden medicinas, a menor precio que en las farmacias. Morman quiso comprarlas ahí, pero se las negaron.
-     ¿Para qué quería comprar medicinas?
-     Él sufría de insuficiencia renal.
-     Déjeme adivinar, el hospital no le atendió.
-     Sí, pero era demasiado costoso las sesiones de diálisis. Empeñamos muchas cosas para pagarlas, hicimos esfuerzos para la última sesión, pero nunca llegó al hospital.

Miguel ahora estaba seguro de sus suposiciones, pero antes de ir al Hospital General, decidió hacer una parada en el Golden Pub. El taxi lo dejó frente a la puerta, y para su asombro, se ubicaba precisamente a unos metros de la entrada de urgencias del Hospital General. Al entrar, era un local común y corriente: vendían licor, sodas, y bocadillos, pero no vio ninguna expensa de medicinas. Al pensarlo un poco, y sobre todo por el comentario de la esposa de Morman, supuso que las venderían por debajo de cuerda, de manera ilegal.

-     ¿Qué quiere tomar? – dijo un empleado.
Café con leche sin azúcar, y 200 gramos de digoxina.
-     ¿De qué habla?
-     Sé que venden medicinas aquí.
-     Eso fue hace mucho tiempo – respondió en voz baja.

Miguel se enteró que alguien del hospital los surtía y tuvieron problemas cuando el dueño canceló el trato, debido a que recibió amenazas anónimas en cartas con una marca de agua del gremio de farmacéuticos. Después empezaron las muertes. El periodista le preguntó si quizás era la venganza del surtidor. El empleado dijo que estaba hablando demasiado y cerró el puño, y de pronto sonó una sirena de  ambulancia. Eso no era raro, pero muchos se asomaron. Miguel aprovechó esa curiosidad y salió de allí.

Al salir a la calle vio que la ambulancia era seguida por un carro del ejército del parlamento y varios carros de vidrios oscuros. Todos ingresaron a las urgencias del Hospital General, y sin perder tiempo, él también se dirigió hacia el lugar. Las entradas ya estaban custodiadas por la policía y el ejército, y a pesar de mencionar que venía de prensa no le dieron información ni le permitieron la entrada. De pronto, un enfermero le picó la espalda con el dedo.

-     ¿Qué hace aquí, proveedor?
-     Camilo.

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