El Misterio de Cachemira - parte 4
Ciudad de Tívecre. 1850. Benjamín Serhu era un brillante científico
adelantado a su tiempo. Realizó un circuito eléctrico, pero nadie lo apoyó por
estar manipulando fuerzas celestiales. Después de un accidente en su
laboratorio, el que después de una explosión estuvo incendiado por varios días,
muchos pensaron que había muerto en la locura. Pronto apareció un hombre con
una gabardina larga y sucia, y un sombrero de copa que oscurecía su rostro. La
gente pensaba que se trataba de un indigente.
Unos días después, las mujeres que salían en la noche aparecían muertas
en la calle, como si les hubiera caído un rayo. Nadie sospechó nada, pues las
mujeres de la noche tenían mala fama y no merecían una investigación, pero
cuando el muerto fue un importante parlamentario, decidieron investigar. El
asesino fue apodado Rayo Humano.
La policía hizo un plan para atrapar al asesino, y durante varias
noches esperaron, hasta que apareció. Se trataba del extraño de la gabardina,
que fue a pedirle monedas a uno de los policías. Cuando éste se negó, abrió su
abrigo y le mostró un extraño artefacto, que le disparó varios voltios de
electricidad hasta matarlo. Casi cuarenta policías lo tenían acorralado, y al
ver el evento lo atraparon con cuerdas, como si se tratara de un toro, y fue
encerrado en la torre más alta de la prisión, donde fue abandonado.
Poco después, la historia se volvió leyenda y ya
nadie estaba seguro si era un hecho real. Las madres usaban a veces a este
personaje como excusa para que sus hijos se tomaran las sopas verdes, y era el
centro de atención en las fiestas de disfraces.
Por la manera en que las tres víctimas aparecieron muertas, con señales
de electrocución en el pecho, muchos empezaron a pensar que Rayo Humano había
regresado y estaba atacándolos. La abuela de Dresan
no era la única que lo pensaba. Cuando Miguel visitó la casa de la segunda
víctima: David Rubio, su padre pensaba lo mismo. Era un carnicero viudo y sabía
cómo mataban a las reses con electricidad. Los síntomas eran los mismos. Él le
pregunto por su relación con el Golden Pub y el padre de David le dijo que el
dueño era conocido suyo, pero que no creía que hubiera solicitado una limpieza
social.
Mientras Miguel tomaba nota, el otro hombre le
ofreció algo de beber y al rato regresó con lo que parecía ser un refresco,
pero estaba completamente agrio. Miguel no pudo disimular.
- Lo siento – dijo el hombre – es la costumbre. Ya no uso azúcar.
- ¿No consume azúcar? ¿A qué se debe?
- La diabetes.
- Lamento su enfermedad.
- Gracias. Una desgracia de enfermedad. Mi hijo la heredó, pero de alguna
manera, la de él era más grave, y empeoró en los últimos días. Fue irónico que
no muriera por eso.
- ¿Estaba enfermo también? ¿Por qué no lo llevó a urgencias?
- Usted no debe ser de aquí. El sistema médico en esta ciudad apesta. Ni
siquiera muriendo uno lo atienden en urgencias. A veces pienso que Rayo Humano
le hizo un favor. No iba a seguir sufriendo.
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