El Misterio de Cachemira - parte 3


Según las notas de Ivona, el reporte que daba la policía sobre un asesino en serie era desconcertante. Lo único en que se relacionaban era en el modus operandis: las tres víctimas murieron electrocutadas, y los cadáveres eran dejados frente a un pequeño local en el centro de la ciudad.

Antes de su huida obligada, Ivona dejó todos los datos posibles con Rubenio, y él se los entregó a Miguel. Uno de ellos era el contacto que tenía en la estación de policía, un flaco desgarbado con apellido Salgado. Se dirigió a ese lugar inmediatamente. No fue complicado encontrar al contacto y se le presentó como el amigo de Ivona. Salgado le respondió que le diría la información como lo hacía con Ivona, al igual que si le daba el pago correspondiente.

Agradecidamente para él, todo eso estaba incluido en las notas. Tocaba pagarle con un paquete de cincuenta barras de caramelo rosado que sólo vendían en Ciudad de Tívecre. Al entregarle el paquete, Salgado sonrió.
-     Bien, ¿Qué quieres saber?

Salgado lo hizo seguir hasta su escritorio, de donde sacó una carpeta entre varios papeles que tenía. Le contó que lo más probable era que se trataba de una venganza contra el dueño de Golden Pub, pues el sector donde se encontraba se daba a peleas callejeras y supuestamente el dueño había solicitado a la alcaldía que hicieran una limpieza social o haría que todos los comerciantes se marcharan de la ciudad.

Ese hecho nunca se comprobó, pero todos se molestaron con el dueño del Golden Pub. Salgado le dijo que las investigaciones a las familias de los fallecidos tampoco había sido satisfactoria. Miguel llevó la mano a la hoja donde estaba la información, pero Salgado lo detuvo. Le dijo que le decía el milagro, pero no el santo y cerró la carpeta. Él supuso que eso era todo lo que iba a obtener de él, así que se levantó y se marchó. En un movimiento rápido, aprendido gracias a su jefe, sacó la hoja de la carpeta mientras le daba la mano a Salgado, y se retiró.

La información en la hoja no podía ser más clara: estaban los nombres de las víctimas y las direcciones. Pensando que había algo más que no había visto la policía, fue a visitar la residencia del primer asesinado: Dresan Fortul.

Era una casa familiar, pero de esas que no tienen jardín ni vallado, sino de las que cada pared se comparte con un vecino. Al golpear la puerta, una anciana abrió la ventana de al lado un poco. Le preguntó qué quería y él le explico sus intenciones.

Ella le dijo que ya la policía había investigado y le preguntó por qué él iba a encontrar otra cosa.
-     Porque soy periodista.

Ella hizo un par de gestos y le permitió la entrada. Él hizo una breve observación y le preguntó si ella o Dresan tenían relación con el Golden Pub. La anciana lo negó, y dijo que no había escuchado ese nombre antes. Luego él ingresó a su habitación. Por la forma en que estaba decorada la habitación, se notaba que era una persona joven. De pronto pisó un frasco y lo levantó. Apenas estaba etiquetado.

-     Amoxicilina. – leyó.
-     Era de Dresan. – dijo la anciana – Estaba recetado. Sufría neumonía.
-     ¿Por qué no lo trataban en el hospital?
-     Tratamos, varias veces. Pero los médicos pedían un cobro y como lo notará, no tenemos mucho dinero. Sólo le recetaron esos antibióticos y dijeron que volviera si empeoraba.
-     ¿Su hijo acostumbraba a salir?
-     Mi nieto. Era un cabeza dura. Dijo que prefería vivir ahora, antes de empeorar. No tenía enemigos. Por eso estoy segura de quién lo mató.
-     ¿Quién?
-     El Rayo Humano.

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