El Misterio de Cachemira - parte 2
Miguel llegó a un hotel de mala muerte en Cachemira. Era supuestamente
el mejor en aquel lugar, pero en cuanto lo vio no dudó que estaba en un
territorio dominado por ladrones y prostitutas. Desde afuera se notaba que era
una casa vieja y grande, era quizás una de las últimas mansiones que quedaban.
- Buenos días, ¿busca hospedaje? – le preguntó un joven al entrar.
- Así es, planeo quedarme un par de días. Noté una arquitectura admirable
de este sitio.
- Gracias. Esta casa ha pertenecido a toda mi familia desde antes que
este sitio se corrompiera. Ahora soy yo el que necesito sobrevivir, cada vez
vienen menos personas a esta ciudad. Llene este formulario, por favor, y lo
llevaré a su habitación.
Miguel llenó el papel mientras Camilo ponía atención. Sin dejar de ser
evidente, a medida que escribía, Camilo leía.
- ¿Entonces su nombre es Miguel? Mi nombre es Camilo.
Miguel soltó el bolígrafo y le dio la mano sin responder. Cuando llegó
a la casilla donde debía colocar su oficio, prefirió colocar algo falso:
proveedor de productos minoristas, para saber si el dueño era curioso, cosa que
funcionó.
- ¿Y qué es lo que provee?
- Golosinas
- ¿Dónde están?
El periodista sacó una barra de caramelo rosa de su bolsillo y la puso
en el escritorio.
- Las encargué. El resto no tardará en llegar a este hotel.
Al parecer Camilo quedó satisfecho y le pidió que lo siguiera a su
habitación. Mientras tanto le comentaba que era temporada baja y no había
muchos huéspedes, apenas dos más, pero uno casi no se la pasaba en el hotel y
el otro salía casi todo el día. Su habitación era la número ocho. Después de un
breve inventario le entregó la llave e iba a salir de la habitación, mas Miguel
lo detuvo. Le pidió que en la mañana le consiguiera el periódico local y Camilo,
luego de asentir, lo dejó solo.
Miguel se recostó en una cama dura y con unas cobijas que ya no olían a
nada. Empezó a recordar cuando salía con su pareja por los hoteles más lujosos
del país, los mejores de la costa este de Estados Unidos y los más apetecidos
en Europa. Y ahora estaba en ese mugriento lugar. Él no quería estar allí. Se
sentía incómodo, pero el sueño le ganaba. Se tocó el pecho y se durmió.
Al día siguiente se despertó temprano. Se cambió la ropa y bajó al
recibidor. Camilo le entregó el periódico solicitado y le mencionó un lugar
donde servían buenos desayunos. Después le dijo que se iría a trabajar: hacia
medio tiempo en el Hospital General de Refiana como enfermero, pues casi
terminaba sus estudios de medicina. En el titular se mencionaba algún evento de
moda, y en un lugar casi oculto hablaban del caso del último asesino. Era la
última nota escrita por Ivona, la periodista que había huido por amenazas y a
quien él sustituía.
En la experiencia de Miguel, sabía que en esos casos lo mejor era pasar
por desapercibido, por eso a diferencia de ella, había escogido el hotel más apartado
y era la razón por la que no le dijo a Camilo cual era su verdadero oficio. Después
del desayuno, pensó un rato y decidió empezar a trabajar.
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