El Misterio de Cachemira - parte 1


A Miguel, un nuevo gran amigo.
A Camilo, y a los otros, que me hicieron ver de otra manera al corazón.

Miguel estaba en la sala leyendo un par de libros al mismo tiempo, mientras escuchaba algo de música. A veces tomaba algunas notas, resaltaba cosas importantes y subrayaba apartes interesantes. Esa casi el ocaso cuando recibió una llamada. Su jefe le dijo que sus vacaciones habían terminado y lo citaba inmediatamente en su oficina. Él no vio ningún problema. Vivía en un modesto departamento en una torre en el centro de Ciudad de Tívecre, la capital del reino, y la oficina quedaba sólo a algunas calles de allí. Casi desesperadamente salió de aquella torre.

Entró al edificio normalmente. Los vigilantes y porteros lo saludaron primero, como estaban acostumbrados y él respondió con su famosa sonrisa hipócrita. Al entrar al ascensor, las personas que estaban adentro también lo saludaron y unos se alegraban de su regreso. Él no respondió y los demás tampoco continuaron, ya estaban acostumbrados. En ese trayecto, las personas entraban y salían hasta que Miguel quedó sólo y el ascensor paró en el último piso. Caminó directamente a la oficina de su jefe, ignorando a su fea secretaria, y abrió la puerta que describía: Rubenio de la Renta, jefe de redacción del periódico La Realidad. Ella no dijo nada, ya estaba acostumbrada.

En ese momento algunas personas estaban adentro tomando nota. Rubenio se alegró de ver a Miguel y les pidió a los demás que salieran y cerraran la puerta.
-     Lamento levantarte la incapacidad – dijo Rubenio - ¿Cómo sigues?
-     Mejor. – respondió seriamente – realmente estaba muy aburrido. Quiero empezar de inmediato.
-     Perfecto. Necesito que cubras el conflicto de Cachemira.

Miguel se asustó. Su mayor temor en la vida desde hace un tiempo, era viajar al otro lado del mundo y ser un reportero de guerra. Irónicamente, fue por esa misma razón que estudió periodismo, pero todo cambió cuando su hermano, quien estuvo allí luchando, murió de una manera desagradable y enviaron su cuerpo, o lo que quedaba de él, en un contenedor del tamaño de una caja de zapatos.

Rubenio notó la reacción de Miguel y como el amigo que era de hace tiempo, sabía por qué había actuado así. De inmediato lo tranquilizó.
-     No te preocupes. No debes salir del país.

Él le explicó que el conflicto al que se refería era algo más local, en Ciudad de Refiana, una enorme ciudad industrial al occidente del reino. El barrio más grande de esta ciudad es Cachemira, llamado así por su enorme iglesia gótica en honor a Nuestra Señora de Cachemira, donde según la leyenda, apareció la Virgen Santísima para anunciar el fin del mundo. Pero la leyenda había sido olvidada. Ahora el viejo barrio era un nido de delincuencia, y el único con puertas y ventanas enrejadas.

Miguel aceptó de nuevo. Recibió algunas instrucciones, regresó a casa, empacó y vio por última vez todos los recuerdos de su casa. Tenía esta costumbre siempre que salía, temiendo que nunca iba a regresar. Acariciaba las porcelanas y parecía escuchar a los portarretratos. En uno de ellos se detuvo. Se tocó el pecho como si estuviera saludando a la bandera y susurró:
-     ¿Por qué me rompiste el corazón? Nunca me voy a acostumbrar a esto.

Lo vio por otro par de segundos y lo puso bocabajo.

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