La noche más larga del mundo - parte 8

Después de unos minutos de camino, Karlos propuso contar algunos chistes. Jimena al principio parecía inmune a las bromas, pero luego empezó a reír suavemente, excusándose que podrían oírla. Después lo detuvo. Él sabía por qué: sentían que alguien estaba tras ellos. Karlos apretó la mano de Jimena, y al instante ya no la tenía, como cuando le arrebatan un objeto a alguien. Karlos empezó a dar vueltas, manoteando, pero no conseguía ver nada, sólo escuchaba los gemidos de Jimena arriba suyo, tratando de gritar y defenderse. Karlos siguió ese sonido y por un momento logró ver a la persona que la había capturado. Sus ojos se parecían mucho a los que vio sobre el ser que lo había levantando antes.

Luego un estruendo y una luz enorme: la iglesia explotó y el tipo que tenía a Jimena la soltó y desapareció como asustado. Karlos alcanzó a ver a la mujer que yacía sobre el suelo, y luego todo se oscureció de nuevo. Trató de correr hacia donde recordaba haberla visto, pero terminó estrellándose contra una pared.

Se sintió nervioso, y sacó la tercera pastilla. De pronto, sintió una mano en el hombro. Del susto saltó y volvió a estrellarse con la pared. La pastilla la había perdido.

- Tranquilo, soy yo – dijo Ricardo.
- Jimena, ¿dónde está ella?
- Ya la he levantado. Venia siguiéndolos, porque no los escuché con los demás. Supongo que van hacia la emisora donde está su hermano.
- Si, así es – respondió Karlos, un poco más calmado.
- ¿Jimena le dijo que esto era peligroso? Por eso nadie más quiso acompañarla.
- ¿Peligroso? ¡Qué va! Me han atacado dos o tres veces, y aquí sigo.

Ricardo entendió el sarcasmo de Karlos y sonrió. Jimena empezó a despertar. Ella se sintió mareada al principio, pero luego recordó todo lo que había pasado y se disculpó, pues ya había peleado contra algunos Trilac antes y los había derrotado, cortándoles la garganta con un afilado cuchillo que siempre cargaba en su cintura.

Caminaron un par de minutos y llegaron al edificio donde quedaba la emisora independiente, que en realidad era sólo un edificio de cinco pisos, propiedad de la escuela secundaria de Verón. El estudio estaba en el último piso. Empiezan a subir las escaleras corriendo y de forma extraña, como si estuvieran compitiendo, Karlos llega primero al quinto piso y empieza a tocar las paredes del pasillo, hasta tocar una puerta. Él la abre y recibe una patada en el estomago que lo tira al piso.

- ¡Alejandro Seguard Moldavia! – gritó Jimena – ¡Discúlpate con Karlos ahora mismo!
- ¡Hermana! – gritó un muchacho desde adentro de la habitación.

El joven sale de la habitación, enciende una linterna y abraza a Jimena. Luego ayuda a levantar a Karlos y le pide disculpas, siguiendo las órdenes de su hermana. Karlos reconoce la voz del joven y le dice que es un fiel oyente de su emisora, cosa que Alejandro le agradece y los hace seguir al estudio. Allí les cuenta que estaba transmitiendo usando baterías de los carros que estaban en la calle, pero no pudo continuar cuando empezaron a reunirse los Trilac afuera del edificio. Después debió dejar de transmitir cuando se agotó la última batería. También les comenta que por esa misma razón no había podido huir de allí, pero después de la explosión se dispersaron los Trilac que parecían estar vigilándolo, pero no sabía a dónde ir, pues no sabía a dónde se había movido La Resistencia.

Mientras Jimena lo pone al tanto, Karlos obtiene la linterna y empieza a leer las notas de las paredes, que son recortes y análisis de periódicos donde habla de la mala gestión del alcalde, como que había prometido el metro y para eso levantó la calle principal para construirlo, pero después de abrir el enorme hoyo se suspendió la construcción.

- Conozco una ruta para llegar más rápido a la Megatienda – dijo Alejandro – recuerdo que me tocó improvisarla cuando allí manifestaba para evitar su construcción. Tenía que venir hasta acá después de eso, lo más rápido posible.
- Siempre me pregunté por qué hacían esas protestas estudiantiles – pregunta Karlos.
- Bueno, pues no queríamos que acabara con el comercio local. Pero ahora parece que irónicamente nos va a salvar a todos en el pueblo.

Alejandro toma la linterna y quita unos viejos papeles de una pared, revelando un mapa de Verón. Él les dice que tendrán que caminar por una serie de calles que zigzaguean, algunas son estrechas, pero así evitarán ser atrapados. Jimena dice que no hay tiempo que perder y Alejandro alista una caja. Dice que mientras estuvo sin hacer nada, se preparó para cuando tuviera que huir de improviso y armar la emisora en otra parte. Karlos piensa que una antena en el techo de la Torre Azul podría funcionar y él le dice que sería perfecto, pues alcanzaría la señal a toda la ciudad.

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