La noche más larga del mundo - parte 6

Karlos y Ricardo llegan a la antigua iglesia de Verón, que apenas por fuera se nota que está tapiada en puertas y ventanas. El anciano toca una puerta por uno de los costados a modo de clave y en unos minutos alguien adentro la abre y les permite la entrada. Luego de asegurar de nuevo la puerta, Karlos empieza a sudar y encienden unas suaves luces que están en el suelo por todo el pasillo. Entonces Karlos nota que la persona que le abrió es una mujer que lo mira extraño, él se da cuenta que es porque está agarrado del brazo de Ricardo y lo suelta.

- Ricardo, regresaste – dice la mujer y lo abraza.
- Gracias, te traje a un nuevo partidario – dice el anciano.
- Bienvenido a La Resistencia. Soy Jimena.
- Yo… yo soy Karlos.

Entrando más hacia el edificio hay más luz. Adentro todo funciona gracias a un generador. Todo está organizado: una parte donde hay literas, otra donde funciona una cocina y una bodega llena de comida, en otro lado hay una mesa grande con un tablero y mapas de la ciudad, una habitación cerrada y lo que le llama la atención a Karlos es una caja grande con el símbolo de la Cruz Roja. Cuando entran los tres, algunos que estaban sentados se levantan, demostrando que todos respetaban a Jimena. En el trayecto, Ricardo le comentaba a ella el por qué había traído a Karlos. Jimena se demuestra ansiosa y hace reunir a algunos hombres y mujeres alrededor de la mesa.

- Compañeros de lucha. El hombre recién llegado, llamado Karlos, nos llevará hasta un lugar donde podremos continuar con nuestra misión de recuperar la ciudad y librarnos de los Trilac.

Mientras ella hablaba, Karlos se acerca a la caja que le llamaba la atención y un hombre le pregunta qué es lo que desea. Él dice que quiere algo de clonazepam, y el otro saca de su bolsillo un frasco. Mientras le pregunta si está nervioso, le pasa cinco pastillas, pero Karlos no responde, se traga una y guarda las demás, luego se sienta en un rincón.

Jimena se le acerca y le pregunta la manera de llegar a la Megatienda y él le dice que primero quiere llegar a su casa. Uno de los que la acompañan le pregunta si realmente es Karlos de la Vera Cruz, el policía más valiente de Verón, porque parece un ratoncito asustado. Karlos se asusta y lo golpea en la boca y los demás los separan y tranquilizan. Luego se acerca al mapa de la ciudad, pero no parece reconocerlo. Jimena le muestra donde quedan algunos lugares, como la iglesia donde están, la estación de bomberos, la primaria y la estación de policía.

- Me ubiqué – dice Karlos – La calle Leviator pasa por este lado, así que la Torre Azul está aquí, y este espacio grande debe ser la Megatienda.
- Si pasamos por este lugar llegaremos en casi una hora – repuso alguien, haciendo una línea imaginaria.
- ¿Qué lugar es? – preguntó Karlos.
- El cementerio – respondió Jimena.
- ¡No! No podemos pasar por ahí – dijo Karlos enérgicamente – escuché que esos hombres se reunirían allí – mintió.

Los demás se miraron pensativos. Después decidieron que si rodeaban el cementerio y llegarían en tres horas. Unos estaban desconfiados y dijeron que hablarían con los vigías que estaban en el campanario con potentes binoculares que podían ver en la oscuridad.

Luego de que hubo acabado la reunión, Jimena lleva a Karlos a una parte diciéndole que duda de su versión. Lo lleva a la puerta de la habitación cerrada y le pregunta si es cierto lo que dijo del cementerio. Karlos responde que sólo quiere llegar a su casa. Jimena abre la puerta y lo hace entrar rápidamente. Adentro están un par de estudiantes de medicina haciendo una autopsia.

- Quiero que veas a qué nos enfrentamos – dijo ella.
- ¿Qué demonios es esto? – dijo Karlos, con los ojos abiertos y rodeando lentamente la mesa.
- Definitivamente no son humanos – dice uno de los médicos, como dándole un reporte a Jimena, ignorando a Karlos – No tienen la mayoría de los órganos comunes. Conservan sólo un estómago y un hígado primitivo. Su nariz tiene bastantes receptores, así que pueden guiarse por el olfato, ya que sus pupilas son casi inútiles y bastante sensibles a la luz ordinaria. Su sangre se coagula inmediatamente mueren, poniéndose rígidos y encogiéndose.
- Además no es sangre común. Es un tipo de mezcla, y esta se debe comúnmente a que consumen gran cantidad de sangre de todo tipo y carne cruda. Miren sus dientes, afilados como los de un chacal. Este revoltijo de sangre coagulada emite una fragancia que atrae a sus iguales, como les pasa a las abejas.
- ¡Pero ¿Qué es?! – repitió Karlos, alterado.
- Son esas cosas que están allá afuera, los Trilac – dijo el otro médico – ¿No los habías visto antes?
- No pude ver nada allá afuera. Luché con uno – de inmediato los tres giraron su vista hacia él – pero era mucho más grande que este, además tenía alas y volaba.
- ¡Karlos! Toma seriedad de la situación…
- Señorita, si nos disculpa – dijo uno de los médicos, volteando un poco el cadáver y señalando su espalda – No parece tan lejano lo que explica el caballero. Observen esto – el hombre señaló un par de cosas que salían de su espalda, como dos dedos pequeños y delgados, doblados en forma de triangulo cada uno hacia un lado – parecen haber sido órganos vestigiales de alas.
- Aunque yo pienso que también son cicatrices de alas que fueron cortadas al nacer – dijo el otro.

Karlos no dejaba de observarlo ni de darle vueltas a la mesa. Preguntó que cómo lo habían atrapado, y uno de los médicos le dijo que fue porque “esa cosa” entró al patio de su casa y su padre le pegó un hachazo en la cabeza. Después lo mantuvieron en un contenedor de helados por obvias razones, pero cuando se dieron cuenta que no era humano, empezaron a estudiarlo. La conversación fue interrumpida por un golpeteo en la puerta y el médico les dijo que debían limpiarse antes de salir de allí, para evitar que el olor del cadáver atrajera los de su clase. Karlos se dirigió a la salida, pero lo detuvieron. El médico señaló la mancha que tenía en el pecho y él le dijo que esa ya se había secado. Jimena medio abre la puerta y le avisan que los vigías han visto que los Trilac están rodeando la iglesia. Ella dice que seguro se dieron cuenta que los han visto y que inicie la evacuación.

- ¿Hace cuánto tenías esa mancha? – le preguntó el médico.
- Hace unas horas, cuando me atacaron.
- Tú los trajiste hasta aquí.

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